Lugo, el Volga y la pasión del Victoria
Portada Victoria

Lugo, el Volga y la pasión del Victoria

En el taller del periódico, la rotativa respiraba como un animal cansado que no puede dejar de moverse; las hojas salían en tiras, el lugar olía a tinta, plomo y a café…, y en medio de ese ritual estaba Carlos Alberto Lugo Dámaso, Lugo para todos, con las manos manchadas y la paciencia de quien conoce cada tornillo del oficio. No era un periodista con credenciales, pero su presencia marcaba la puntualidad y el pulso de la redacción: llegaba antes que la luz y se iba cuando ya nadie quedaba; en ese tiempo intermedio movilizaba historias que no siempre cabían en las páginas.

Redacción digital

Llegó al Victoria desde muy joven, después de pasar el servicio militar, donde fue conductor, mecánico e instructor de tanque; entró por la puerta de atrás, por la confianza de Pedro Blanco y la exigente mirada de Nieves Varona, su directora en aquella época, y se quedó por el afecto que encontró.

En los primeros años de trabajo, desde La Habana le asignan un Volga a la dirección del medio y “nos toca la tarea de ir a buscarlo a mí y a Juventud el otro chófer”.

Foto: Cortesía del entrevistado

Lo manejó por mucho tiempo convirtiéndolo en su estandarte: lo lavaba, pulía y lo conducía con extrema precisión, porque ahora servía al sistema Informativo en la Isla y esa era su más importante misión.

En el periódico existían tres transportes: un Lada, un Lada Combi y el Volga. Se estimulaba y reconocía el trabajo, Nieves y el colectivo siempre buscaban la manera de crear iniciativas, una de ellas, recuerda… era comparar el cuidado del transporte mediante una especie de emulación. “Siempre me fotografiaban al lado del Volga, lo tenía impecable”, dice, y en él cabe la modestia de quien sabe que un carro puede ser más que un carro, la extensión de una responsabilidad superior, el vehículo que llevaba la voz del Victoria oportunamente a cada rincón.

Foto: Cortesía del entrevistado

Las coberturas fueron su gran escuela, vivió junto a los periodistas el importante proceso de creación y construcción en el Municipio de las fábricas de cerámica Segundo y Tercer Congreso del Partido. Disfrutó de las caravanas de la Brigada Carlos Roloff, aprendió a leer rutas y a escuchar a los que no hablan en titulares. Junto a Mario Arias, Jorge Gutiérrez y Pedro Blanco recorrió y visitó todos los lugares de la Isla y fue acumulando anécdotas que luego contaba con brillo en los ojos.

Foto: Cortesía del entrevistado

Recuerda el Día Nacional de la Defensa que se realizó en la carretera de El Colony como si fuera una escena filmada: subió a una enorme piedra junto a Carlos Dámaso y Honorio Cossío, para que los fotorreporteros tuvieran mejor ángulo para las imágenes, y desde allí, con el viento en la cara, entendió que su trabajo también era facilitar la mirada profesional de otros.

Las noches de tirada eran un verdadero ajetreo colectivo. Cuando la máquina se atascaba, bajaba al taller y se arremangaba; cortaba papel, empaquetaba, destrababa la rotativa y, cuando el reloj marcaba las tres o las cuatro de la mañana, se encargaba de llevar a los periodistas que no eran de la Isla a sus hospedajes. “Pasábamos mala noche, sí, pero felices cuando finalmente salía el periódico”, recuerda con una sonrisa que mezcla cansancio y orgullo. Nadie se iba hasta que la última página estuviera lista; esa era la ley no escrita que mantenía unido al equipo. En el Archivo, con Olguita y Jorge, aprendió a ordenar documentos y a leer el latido del trabajo periodístico de cualquier género. No era un lector académico, pero siempre tenía algo a mano; su humildad contrastaba con la curiosidad que lo empujaba a entender cómo se redactaba, se corregía y cómo se sacrificaban los periodistas para dar futuro a sus hijos.

Ese aprendizaje no quedó en él solo: se filtró a su casa, a su hija Liz, que eligió la cultura y se graduó en la carrera de Estudios Socioculturales para el Desarrollo bajo la guía de Mayra Lamotte. Verla seguir ese camino es, para Lugo, la prueba de que un buen oficio también educa en lo íntimo.

Foto: Cortesía del entrevistado

Lugo a sus 66 años de edad, aún hoy convive en el edificio que construyó junto a sus compañeros de la prensa y conserva la compañía de vecinos y valiosos colegas como Mayra Lamotte y Emilio Pérez.

Cuando habla del periódico no lo hace como quien enumera tareas cumplidas, sino como quien recuerda un tránsito de superación y un hogar: “Estuve trabajando durante casi 10 años, me gustaba mi trabajo, me sentía parte de todos y de todo.

Foto: Cortesía del entrevistado

“Si me entregaran otro Volga, volvería a trabajar con la gran familia del Victoria”, afirma convencido. En esa frase cabe todo: la lealtad a un colectivo, la dignidad de un oficio noble que no siempre aparece en los créditos y la certeza de que, a veces, las historias más importantes se escriben en los silencios propios entre una tirada y otra.

Colaboradora (*)Otros artículos del autor:

    None Found

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *