Hay obras que se construyen desde el oficio , y hay obras que nacen del amor. «Planeta Varón» pertenece a esta segunda categoría, y eso se respira en cada rincón de la puesta en escena. La dirección artística compartida entre Alberto Corona y Liliana Lam no es un simple crédito compartido: Es el fruto de dos personas que han decidido acunar juntas un hijo que ya camina por sí solo, mira al frente y sonríe al futuro.
Lo que Corona y Lam han logrado es una muestra de amor fraguada a cuatro manos, cuatro ojos y dos corazones que laten al mismo compás. Esa comunión se traduce en una puesta en escena donde cada decisión parece consultada, cada movimiento acordado, cada silencio compartido. La dirección no se impone, se teje, y el resultado es un organismo vivo que respira con una organicidad que solo el trabajo en pareja puede alcanzar.
No es casualidad que los monólogos hablen de masculinidades en crisis justo cuando la obra misma es parida por una pareja que ha sabido trascender las lógicas tradicionales del poder y el ego en la creación artística. Aquí no hay un director y una directora; hay un nosotros que se expande hasta convertir el escenario en un territorio de confianza absoluta.
Pero «Planeta Varón» no sería lo que es sin el trabajo sonoro que envuelve cada parlamento. La musicalización en vivo, cortesía de un Chelo y un violín y sus brillantes interpretes , se convierte en un personaje más de la función. No hay aquí un acompañamiento decorativo; estamos ante una partitura que toma protagonismo, que empuja al espectador de un estado emocional a otro en un juego constante con los sentimientos.
La sonoridad perfecta que construyen estos músicos no es un fondo, es un frente. El violín llora cuando el actor no puede hacerlo, susurra cuando la palabra se quiebra, y se alza triunfal cuando la verdad finalmente se impone. Esa presencia imprescindible convierte cada función en una experiencia única, donde lo musical y lo actoral dialogan en igualdad de condiciones.
El trabajo actoral merece un capítulo aparte. Alejandro Phillips, Lenier Domínguez, Ernesto Pazos y el consagrado Carlos Solar , este último con esa organicidad que solo los grandes actores poseen, conforman un cuarteto que no interpreta, que vive. En cada uno de ellos habita su monólogo con una honestidad que desarma, que hace olvidar que estamos ante una ficción.
Pero hay una quinta actriz muy visible que los sostiene: Yasira Ferrera, quien conduce la escena con una elegancia y frescura que engarza cada pieza en un todo coherente. En esta puesta cada intérprete encuentre su propia verdad sin que el conjunto pierda unidad. Esa guía, sutil pero firme, es la que permite que Carlos Solar pueda desplegar todo su oficio sin que parezca oficio, que Lenier Domínguez explore registros inesperados, que Ernesto Pazos se desnude sin pudor y que Alejandro Phillips sostenga el peso de su monólogo con la solidez de quien sabe que la verdad no se ensaya, se habita.
Al final de la función, uno comprende que «Planeta Varón» ya no pertenece del todo a sus creadores. Como todo hijo que crece, la obra ha adquirido vida propia. Camina sola, mira al público de frente, y sonríe al futuro con la seguridad de quien sabe que tiene algo importante que decir.
Eso es posible porque Alberto Corona y Liliana Lam han sabido poner su amor al servicio de algo más grande que ellos mismos. Han creado un espacio donde las masculinidades pueden ser cuestionadas sin amenazas, donde los hombres pueden llorar sin vergüenza, y donde el arte se convierte en ese territorio de libertad que todos necesitamos.
«Planeta Varón» es, en definitiva, un acto de amor, amor entre sus directores, amor de los actores a sus personajes, amor de los músicos a su arte, y amor al público que tiene el privilegio de ser testigo de este pequeño milagro escénico. Es muy meritorio el reconocer a Hamlet Paredes Grau en su rol de asistente de dirección, mantenido la vitalidad y la visión de Corona y Lam
Porque cuando el violín y el Chelo funden el sonido con la voz quebrada de un actor que finalmente se atreve a decir la verdad, uno comprende que el arte, cuando nace del amor, puede cambiar el mundo. O al menos, puede cambiar la mirada de quienes lo habitan.


