Leonardo Acosta, referente de la musicología en Cuba
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Leonardo Acosta, referente de la musicología en Cuba

«El error del purista consiste en que la pureza en el arte es un mito», afirmaba Acosta Foto: José Manuel Correa

En los años 50 del siglo pasado, cuando La Habana todavía era vista por algunos como un gigante cabaret, Leonardo Acosta se metía en los clubes del Vedado a escuchar cómo los músicos resolvían el problema de mezclar son con swing.

Esa costumbre nunca lo abandonó: fue músico, saxofonista, periodista, musicólogo y siempre un detective de las raíces culturales de Cuba. Nacido en 1933 en la capital y fallecido en 2016, Acosta creció en una familia de artistas –hijo del pintor José Manuel Acosta y sobrino del poeta Agustín Acosta– y perteneció a una estirpe de intelectuales cubanos que no creían en las fronteras rígidas entre géneros.

El error del purista consiste en que la pureza en el arte es un mito, y nada más impuro que el jazz, que desde sus inicios ya es un híbrido, una mezcla de distintas músicas, comentó en la entrevista Descargando con Leonardo Acosta, con el gestor cultural Rafael Bassi.

Recibió formación musical de Sara Rodríguez Baz, Gisela Hernández, Pedro Mercado, José Raphel, José Pérez, José Ramón Betancourt, Leo Brouwer y Federico Smith. Con Frank Emilio aprendió cómo aplicar la armonía a la improvisación de jazz y con él colaboraría después. Tocó en orquestas de jazz, como Havana Melody o la Banda Gigante de Benny Moré y acompañó a otros grandes como Rafael Somavilla y José Antonio Méndez.

Escribió durante décadas, la suya fue una firma habitual en publicaciones como Revolución y Cultura, Bohemia y la agencia Prensa Latina. Estuvo, además, entre los fundadores del Grupo de Experimentación Sonora del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic).

Demostrar que Cuba ya estaba dentro del jazz antes de que el jazz tuviera apellido, era una tarea prioritaria para Acosta. Hoy, a decir de la musicóloga Heidy Cepero, se le considera uno de los fundadores de la musicología en Cuba por su vasto aparato conceptual y amplitud de saberes.

Acosta fue autor de referentes literarios: Raíces del jazz latino: Un siglo de jazz en Cuba (2001), en el que rastreó partituras, entrevistó a músicos veteranos y comparó ritmos con una paciencia de archivero; Música y descolonización (1982), Del tambor al sintetizador (1983), Elige tú que canto yo (1992), y Otra visión de la música popular cubana (2004).

Este Premio Nacional de Música (2014), no parecía un académico de biblioteca absoluto, sino más bien escribía con el oído pegado a la calle. Le interesaba tanto el rigor documental como la anécdota del trompetista que no sabía leer música pero improvisaba con un talento innegable.

Defendía que el jazz era una música popular, no un arte de museo, y que su historia estaba llena de migraciones, préstamos y robos mutuos.

A decir del exdirector del Museo Nacional de la Música, Jesús Gómez Cairo, su legado es enorme, como instrumentista tuvo una larga trayectoria y después desde la música misma se convirtió en un investigador profundo que a lo largo de años fue desarrollando una obra musicológica de gran envergadura.

Su estilo como escritor era directo, sin florituras. Premio Nacional de Literatura en el año 2007, buscaba convencer con datos. Esa claridad lo convirtió en una referencia para generaciones de músicos y periodistas.

En un homenaje realizado en Casa de las Américas en 2016, se expresó sobre su figura: Es el musicólogo más interesante con que cuenta Cuba. (…) Él no es de los que se regodea por caminos trillados, sino que se enfoca en temas que, si bien a veces no son totalmente inéditos, aborda al revés, por decirlo de alguna manera, de lo que generalmente se hace.

Hacia el final de su vida, siguió escribiendo. No se retiró ni cuando la salud empezó a fallar. Insistió en que la música cubana y el jazz son dos nombres de una misma conversación. Quien quiera entender por qué el jazz suena a Cuba –y por qué Cuba suena a jazz– debería tomar sus escritos como bibliografía obligatoria.

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