Las transferencias y sus demonios. Foto: Raúl Navarro González
No recuerdo la última vez que logré extraer efectivo de mi tarjeta de salario. Entre el déficit, las grandes colas de los bancos y la desaparición de las cajas extras, la tarjeta se ha vuelto una cárcel y el dinero, su prisionero involuntario. Y la verdad es que eso no fuera un problema si decir “transferencia” no sonara a “mala palabra”.
Cuando hace unos años atrás se hablaba de bancarización, se visionaba un futuro prometedor, donde no tendrías que andar con una mochila llena de billetes de cinco pesos o de 10 para comprar artículos imprescindibles para el hogar.
Bancarizar, que analizando sus proyecciones se homologa con digitalizar, se vaticinaba como un desarrollo necesario que en muchas regiones del mundo fluye con total normalidad y pone al alcance de un móvil la mayoría de los servicios o productos necesarios. El pago de los gastos del hogar (corriente, teléfono, gas, agua…) se facilitaba en demasía, evitándose los agotadores tumultos en las entidades, sobre todo en días de cierre.
En tiempos de covid se dieron pasos certeros, cuando un demandante mercado se volcó al ciberespacio ante la imposibilidad de salir de casa. Iniciativas como TuEnvío demostraron las oportunidades que brindaban las plataformas digitales y cuánto se podía hacer en este sentido. Luego de esas experiencias, la idea de bancarizar se abrazó con buenas vibras y de modo agigantado comenzó el movimiento transformador que abarcaría todas las empresas, entidades y la sociedad en general.
Todo estuviera bien si ese mercado digital que comenzó a evidenciar frutos en tiempos de pandemia no zozobrara por ineptitudes y malas actitudes. Hoy los pagos en línea andan como dinosaurios amenazados con la extinción, y su prima, la transferencia, se ha vuelto tan escurridiza que ya casi nadie la conoce.
¿Por qué en establecimientos particulares (los poquísimos que la aceptan) se hacen dos colas para pagar, y se prioriza a los que tienen efectivo? ¿Por qué acceder a la comida por Pago en Línea se ha vuelto una utopía? ¿Por qué se requiere de iniciativas como grupos de Whatsapp para divulgar los escasos lugares donde los servicios sí andan bancarizados y facilitan el día a día del matancero?
Mientras ciertos actores económicos continúen intocables y no se controlen como se debe por parte de los que les toca, un proceso que surgió para facilitarle la vida al cubano seguirá siendo un infierno más terrorífico que el descrito por Dantes.
Seguirán los jubilados, con sus tantos años de entrega, atrapados en un trozo de plástico y sus necesidades sin cubrir; las amas de casa volviéndose locas con cómo poner el bocado de comida a la mesa; y los trabajadores madrugando más de lo que les corresponde para intentar clasificar entre los 10 primeros que tienen acceso a transferencia en una mipyme cualquiera.
El error nunca ha sido bancarizar, porque bien implementado se traduciría en acomodar. Transferir no tiene por qué convertirse en una “mala palabra” cuando detrás de tal acto solo se está facilitando la vida. Control es lo que se necesita para que desaparezcan los terribles demonios que nunca debieron existir.


