
Para estar más cerca de él, escucharlo y verlo mucho mejor, cobijado por esa grandeza de campesina raíz, decidí sentarme a sus pies, frente a él, en el piso del balcón.
Acomodado como todo un rey en su trono (sobre un viejo banquito, testigo de más historias que mil libros), mi padre remolcaba hasta el presente montones de vivencias, estimulado por ese placer que casi nadie puede explicar cuando la pasión por los hijos y por los nietos deja sin riendas al corcel de los recuerdos.
Lo veía tan divino que, sin sospecharlo él, tomé cuidadosamente la cámara y accioné el obturador, bien abajo, casi a ras de suelo.
Días después, trabajando en el photoshop imágenes captadas en jornadas anteriores, algo me estremeció por dentro. Era aquella foto robada a la candidez de mi viejo, allá en el humilde pueblo de Bolivia, al norte de Ciego de Ávila, refugio que halló a finales de los años 60’, tras la ruptura matrimonial
Mis ojos quedaron apresados por el impacto de aquellos puños, en el más cercano plano ante la mirada.
Creo que jamás me había detenido a contemplar las manos de mi padre, contradictoriamente nudosas, muy fuertes, impresionantes para un hombre de pequeña estatura, ya jubilado por demás.
Fue entonces que empecé a comprender cuánta belleza había y sigue habiendo en ellas: las mismas que desde muy temprana edad trabajaron con adulta (tal vez brutal) intensidad, en las rudas faenas del campo, las que chapearon potreros, sembraron viandas, granos y frutales, ordeñaron vacas con la luna rozando la cabeza, estrecharon otras manos, obsequiaron hasta lo que en casa faltaba o no alcanzaba, se ciñeron al volante de camiones cargados de caña a punta de estaca o de bolos de madera rolliza por peligrosos caminos de montaña…
¡Cómo no lo supe antes, caramba! Meses atrás, un viejo amigo de mi padre me había adelantado algo de lo que él jamás me habló, por pura y proverbial modestia: la cantidad de gente que, con esas mismas manos, salvó de la muerte o de la tortura, antes de que cayeran en las sangrientas garras de los esbirros de la tiranía.
Por ello, un primo suyo, rebelde, lo convenció de que más importante que sumarse a ellos en la Sierra, era continuar como casquito (soldado) en aquel cuartel militar, en Bayamo, para estar al tanto de informaciones importantes, ayudar con algunas medicinas, proyectiles… lo que pudiera.
De manera que esas manos fueron testigos, protagonistas, de lo que jamás les interesó decir.
Un amarillento diario, tal vez más dibujado que escrito por la pobre caligrafía de ellas, conserva en algún apacible sitio familiar la constancia de aquellos momentos.
De manera que, una vez más di gracias al bendito poder del lente fotográfico y no tuve más remedio que inclinarme sobre el teclado para desprenderme unos párrafos, así, tan sencillamente como la vida toda de ese hombre que ven en la foto o como la anónima inmensidad de esas manos, extremadamente tiernas a la vez, que jamás he considerado únicas ni exclusivas en Cuba.
