Las derrotas del régimen cubano en la ONU

El régimen comunista cubano salió de las recientes jornadas de Naciones Unidas con varias derrotas. Una quedó registrada en el tablero de votación de su resolución no vinculante plagada de mentiras y exageraciones contra el embargo estadounidense; las otras fueron obra de la pésima conducta de sus propios representantes.
Los días 19, 27 y 28 de octubre, la delegación castrista convirtió su presencia internacional en una exhibición de pésima educación, intolerancia, prepotencia y contradicciones. Pretendía desacreditar a sus adversarios y terminó ofreciendo argumentos que fortalecen las denuncias contra su criminal dictadura. Muchos se argumentan: Si así se comportan en la Sede de la ONU, pobre de los cubanos en la Isla.
La resolución fue aprobada con 130 votos favorables, 17 contrarios y 25 abstenciones. Hace un año recibió 165 apoyos. Perder 35 votos favorables y ver crecer el rechazo constituye un retroceso político, aunque la propaganda oficial celebre la aprobación. El respaldo cayó a su nivel más bajo en tres décadas. Conviene precisar, además, que votar contra el embargo no equivale necesariamente a respaldar al régimen: este lleva años apropiándose de esa diferencia para fabricar una legitimidad que las urnas cubanas nunca le han concedido y un apoyo que solo reciben de otros regímenes antidemocráticos.
Pero el deterioro diplomático tuvo otra expresión, particularmente reveladora: las derrotas que sus funcionarios se infligieron al actuar como acostumbran frente a ciudadanos indefensos en Cuba.
La primera ocurrió el 19 de octubre, alrededor del foro «Cuba Libre: La opresión que La Habana oculta», organizado por la misión estadounidense. Allí estuvimos los cubanos María Werlau, Orlando Gutiérrez-Boronat, Emilio Morales, Luis Manuel Otero Alcántara, Juan Antonio Blanco y quien suscribe.
Los gritos de diplomáticos del régimen contra nosotros trasladaron a la sede de Naciones Unidas la práctica del acto de repudio tan conocido en la Isla. Las acusaciones de terrorismo y los insultos sustituyeron el debate que una representación diplomática debería sostener con argumentos.
Fue una derrota moral para el régimen. Ante un público internacional, aquellos funcionarios mostraron la naturaleza del poder que representan. Resulta difícil convencer al mundo de que las denuncias de intolerancia son inventadas mientras se intenta intimidar a quienes las presentan. La delegación hizo visible precisamente aquello que quería ocultar: su incapacidad para aceptar que otros cubanos hablen con libertad.
El 27 llegó otro revés provocado por su propia conducta bárbara. Durante la intervención del embajador Mike Waltz, representantes del castrismo golpearon la mesa y reclamaron cuestiones de orden. Bruno Rodríguez se desplazó hacia el podio de la Asamblea y gritó que el estadounidense mentía. El intercambio terminó convertido en un enfrentamiento verbal incompatible con la dignidad que exige aquel escenario.
Una objeción de procedimiento puede ser legítima; utilizar el tumulto para interrumpir al interlocutor revela una mentalidad de matones de la peor calaña. Acostumbrados a que sus fuerzas represivas silencien las voces incómodas en Cuba, parecen olvidar que Naciones Unidas no es una dependencia del Partido Comunista. Allí deben escuchar denuncias, soportar críticas y responder preguntas. El cargo diplomático no concede autoridad para imponer al resto del mundo los hábitos incivilizados y autoritarios del régimen.
La expulsión del diplomático Richard Tur de la Concepción, anunciada por Washington tras acusarlo de intentar agredir a un funcionario estadounidense e intentar arrebatarle su teléfono, introdujo una consecuencia concreta. La inmunidad y las credenciales dejaron de parecer un amparo ilimitado para cualquier comportamiento inaceptable.
Este 28 de octubre observamos una delegación comunista más contenida y atribuyo ese cambio a los llamados de atención y al temor a nuevas expulsiones y a perder la posibilidad de adquirir productos caros y de enviar “pacotilla” para Cuba. Cuando aparecen consecuencias que afectan la posición de los funcionarios, la disciplina de los matones de la dictadura mejora.
La pregunta resulta inevitable: ¿cuánto pesa la defensa de sus convicciones y cuánto la conservación de sus ventajas? Un destino en Nueva York permite condiciones de vida y acceso a bienes muy superiores a los disponibles para la inmensa mayoría de los cubanos. La referencia a la pacotilla desnuda esa contradicción: quienes justifican un sistema de privaciones tienen razones materiales para evitar el regreso. Si el temor a perder esas ventajas explica su moderación, su pretendida “firmeza” revolucionaria queda reducida a conveniencia personal.
Todavía falta otra derrota digna de mención. Bruno Rodríguez pidió que Orlando Gutiérrez-Boronat fuera expulsado de la sala y no consiguió su objetivo. Convirtió la presencia de un opositor que lucha por la libertad de su patria en un asunto central de su intervención y dejó expuestos los límites de su autoridad fuera de Cuba.
Puede interpretarse como improvisación y pérdida de control: un canciller prudente calcula la viabilidad de una exigencia antes de formularla públicamente. También pudo buscar propaganda con el objetivo de victimizarse. En ambos casos, el resultado fue desfavorable: Orlando permaneció firme en su asiento y la pretensión de silenciarlo fracasó.
El régimen de La Habana obtuvo la aprobación de una resolución, pero perdió apoyos y se infligió sucesivos reveses morales, políticos y diplomáticos. Sus representantes quisieron presentarnos como el problema y terminaron mostrando que el problema sigue siendo una tiranía que necesita intimidar para evitar que se escuche la verdad de la tragedia que le han impuesto al pueblo cubano. Pero el tiempo se les agota, y esa es la gran noticia:
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