El 31 de octubre de 1976 quedaron constituidos los Órganos Locales del Poder Popular. Medio siglo después, ese entramado sigue siendo el eslabón más cercano a la vida cotidiana del cubano.
Su significado no reside en la existencia de la institución en sí, sino en un intento sostenido durante 50 años: que el poder parta de la circunscripción, que el delegado cargue con las mismas dificultades que sus vecinos y que, en medio de esas dificultades, se mantenga el acompañamiento al pueblo, es algo muy significativo.
Los delegados no son designados por aparatos superiores, surgen de la elección directa de los vecinos en cada circunscripción, en asambleas abiertas.
No hay aquí un mecanismo que filtre nombres desde arriba ni una lista de partido que ordene el voto. La Ley Electoral cubana es explícita en un punto que conviene subrayar: el Partido Comunista no propone, no nomina ni promueve candidatos a delegados municipales; esa facultad la ejercen los propios electores en reuniones públicas de su demarcación.
En cada circunscripción deben postularse al menos dos candidatos y hasta ocho, y ninguno puede hacer campaña a su favor: la propaganda electoral, tal como existe en otros sistemas, aquí no tiene cabida.
El candidato solo resulta electo si obtiene más del 50 % de los votos válidos, y el escrutinio se realiza de forma pública en el propio colegio electoral, con las urnas exhibidas vacías antes de sellarse y cuidadas, en su generalidad, por niños.
Cada circunscripción elige a su delegado, quien es, a la vez, miembro de la Asamblea Municipal y la voz directa de su comunidad ante el Gobierno. No hay filtros intermedios entre el elector y el elegido. El delegado vive en la misma cuadra, padece los mismos apagones, las mismas colas, las mismas carencias de agua o de transporte, de ahí que conoce desde su circunscripción y desde sus propias funciones todo lo que le corresponde hacer en el acompañamiento al pueblo.
Desde 1976, en todos los procesos electorales de delegados municipales, la participación de los electores indica que el mecanismo, concebido hace medio siglo, ha sido viable y efectivamente utilizado por los cubanos.
En un contexto de escasez material y tensiones energéticas, la labor de este hombre o mujer de pueblo, desborda el marco de las sesiones y las votaciones. Se trata de asuntos concretos: el suministro de agua a un barrio, la recogida de desechos, el funcionamiento de un punto de venta de alimentos, la atención a un anciano que vive solo, el ojo avizor sobre el niño que no va a la escuela, o sobre los padres que maltratan a sus hijos…
En julio de 2025 la Asamblea Nacional aprobó documentos dirigidos a fortalecer el ejercicio de la rendición de cuentas por los Órganos Locales del Poder Popular, y en ellos se reconoce que la función de control no corresponde solo a los Órganos Locales; también los delegados de base, los presidentes de consejos populares y la población en general, en el propio acto de recibir un servicio, tienen capacidad de controlarlo.
La lógica es clara: la democracia participativa no se agota en el voto, se ejerce en la intervención cotidiana sobre los asuntos públicos.
Son 50 años transcurridos por caminos escabrosos. El periodo especial y las crisis sucesivas erosionaron la capacidad de los órganos locales para resolver problemas concretos. Reconocerlo no debilita el balance; al contrario, da crédito a quienes aún sostienen el trabajo de base en condiciones adversas.
La conmemoración no puede quedarse en el rito. En la audiencia parlamentaria por el cincuentenario, en febrero de 2026, se planteó con claridad: la efeméride «tiene que ser, primero, un ejercicio de conciencia y de compromiso» y «no puede ser una suma de consignas».
Y revitalizar la participación tiene que ver, en el fondo, con la unión de los cubanos, por encima de la escasez material, tensiones energéticas y presión externa sostenida.
Ahí está el punto de unión entre participación y unidad. La unidad no brota como sentimiento espontáneo; se practica en la resolución conjunta de problemas concretos.
El mejor homenaje en estos 50 años de existencia institucional es la voluntad de, entre todos, hacer mejor lo que nos corresponde y, sobre esa base, mantener abierta la posibilidad del diálogo y la rendición de cuentas.
Para un país sometido a presiones externas y a limitaciones internas de recursos, ese arraigo en la circunscripción constituye la forma más elemental de la democracia participativa. Su resistencia dependerá de que en cada circunscripción siga habiendo un delegado dispuesto a tocar la puerta del vecino, que es su propio elector.
Que este 31 de octubre sirva para honrar a quienes han hecho posible estos 50 años, y para renovar el compromiso con esa democracia que se construye desde abajo, con el pueblo y para el pueblo. Ese es el legado que no podemos perder.


