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¿Sabe cuál es mi enfermedad?
La utopía.
¿Sabe cuál es la suya?
La rutina.
La utopía es el porvenir que se esfuerza en nacer. La rutina es el pasado que se obstina en seguir.
Víctor Hugo
El ser humano no logra completarse sin el derecho a soñar. En toda su existencia ha procurado mundos espléndidos y perfectos, un estado regularizado por la armonía, donde sucede la prosperidad física y moral de los ciudadanos y el disfrute colectivo de los bienes, tal como enunciara Tomás Moro en una de sus obras más lúcidas.
La utopía es la génesis de todo progreso y el carburante de nuestras apuestas por la felicidad. Esta muestra grupal, intitulada La utopía que no cesa, consumada en la Galería Cienfuegos, propone una mirada esperanzadora en torno a las aspiraciones privativas de 22 de nuestros artistas locales, consagrados o incipientes, de la vanguardia o generaciones embrionarias, en su mayoría egresadas de nuestras escuelas de arte. De una manera sutil (ora tangencial), estas fabulaciones desnudan los ardores y quimeras de cada hacedor, procurando la connivencia de los públicos.
Con estos derroteros sucede una puesta heterogénea en el ejercicio de las disciplinas (fotografía, dibujo, pintura, instalación, grabado, humor gráfico, escultura, etcétera), articulada desde las potencialidades ensayísticas de las obras, pocas veces desde el atisbo incauto, invariablemente entusiasmadas con la democracia de los significados, comprometidas con los entornos sociales y los modos agitados de pensar y socializar el arte.
Justamente, los relatos se bifurcan en varias líneas topiculares y discursivas. La más demandada son las exploraciones sobre las dinámicas del arte y los recursos del lenguaje. En este cordelero figuran los creadores abstractivistas, que a través de los años han tenido la voluntad de conseguir una marca de estilo, constatar que la abstracción no es mero retozo composicional y está abierta a entramados de tipo conceptual o argumental.
Raúl Cué Echemendía, por caso, participa con un conjunto pictórico (Saturación Hexadecimal # FF0000 (255.0.0) entusiasmado con la materia expresiva, tal cual el color y su amplio espectro de asociaciones y significados, y los intitulados a modo de suplementos verbales; al tiempo que el veterano Elías Federico Acosta se distiende en la somática de la naturaleza y el placer o la emotividad logrados con la mancha y la composición (Fitomórficos).
Leonard Anthony Santana, obsesionado con la memoria de lo irresuelto, recurre a los pendientes como metáfora del ayer y refulgencia del mañana, tomando la vestidura del abstractivismo lírico. Asimismo, el talentoso Luis A. López nos colma con un punto de giro en sus andares pictóricos, un díptico que le permite regocijarse, según nos cuenta: “con el proceso de componer y equilibrar, habitar y descubrir la infinidad de un universo abstracto”. Claramente, su fabulario alcanza a ser un modelo de precisión, racionalidad y sensorialidad.
Los creadores que apuestan por los relatos fotográficos procuran resignificar las vivencias a través de códigos metafóricos, explorando tramas sobre la identidad y el patrimonio tangible e intangible, así como la intervención de los residuos donde la reconfiguración de los propósitos narrativos. La benjamina Alejandra Rodríguez acude al imaginario de la palma y sus texturas para hurgar en los entresijos de esa identidad en resistencia, donde se localiza nuestro origen, significado y destino (Novias que esperan).
La joven estudiante de la Universidad de las Artes Diannamarys Alfonso se sumerge en el ideario martiano (Yugo y estrella) en pos de un conjunto fotográfico que igual indaga en lo esencial que somos y nuestro compromiso con las raíces (La luz en las sombras). El texto elocuencia una esmerada narratividad, casi cinematográfica, colmada por cierta condición performantica.
Por su parte, Leandro Daniel Mir, recién titulado de la Academia de las Artes Benny Moré, asume la serie fotográfica Sedimentos, indagando en los residuales como memoria del gesto artístico.
El fotógrafo Yoel de la Paz asiste con su tríptico En el umbral de los sueños y recrea el sentido de que envejecer no infiere perder los sueños sino reordenarlos en un nuevo mapa vital. La obra se articula con tres piezas que modula al estilo de un espejo roto llamado a ser reconfigurado, toda vez que la “utopía no se apaga, porque nunca fue un destino, sino un proceso”.
Alcides D. Portal, finalmente, se afana en desempolvar las singulares formas de vida y situaciones que acaecen en comunidades y sitios de la montaña, especialmente el realismo maravilloso de San Blas (Del Escambray). A todas luces, admira la línea estética de la vieja escuela, con cierto regusto por lo espontáneo, el blanco y negro y la luz natural.
Los instalacionistas y escultores también irrumpen con temas poliédricos que oscilan entre la visión crítica sobre las realidades de la isla, los credos de tipo ambientalista y los saberes antropológicos y sociológicos. Vladimir Rodríguez, artista de cabecera, sondea los sentidos del poder, las estructuras sociales y la humanidad en su conjunto, explayada entre la lasitud y lo eterno, la ruina y la virtud (Cepa No 2). Para la ocasión, exhibe una obra domeñada por el dibujo, los símbolos y su entusiasmo por las grandes dimensiones.
Lizette Pérez Castro, fiel a sus entibos feministas (?), comparte una instalación que nombra El comedor de la ausencia, donde persiste su enfoque desprejuiciado sobre la crisis y sus impactos en la isla. Manejando la técnica dadaísta del objeto encontrado, la artista estructura el relato (obviamente dibujístico) con escenas que ilustran el tema de la agonía y las migraciones. Lizette concuerda con Brené Brown: “Cuando aceptamos nuestra vulnerabilidad, empezamos a vivir con menos miedo”.
Con una marca “ingenua”, el escultor José Basulto fabula sobre la urgencia de la concordia entre la naturaleza y los humanos (Último adiós y El ruedacaca), pesando su experiencia como paisano de la costa. No es fortuito que suela citar aquel viejo proverbio: “Sólo cuando el último árbol esté muerto, el último río envenenado, y el último pez atrapado, nos daremos cuenta de que no podemos comer dinero” e insista en defender la honestidad de las nubes y la viveza de la espuma, tratando de recrear los mundos donde creció y transcurre su vejez. Sus piezas revelan encanto y gracia, dominio en la moldura de la piedra y una positiva filosofía de existencia.
Dos jóvenes grabadores colaboraron con la muestra, constatando sus apegos por la linografía y xilografía, técnicas con anchurosa tradición en Cienfuegos: Diana Laura Ledesma y Jonathan Liriano Ortega. La primera, en franco aprecio de la identidad y las figuras locales, ofrece una visión privativa de su ciudad natal, esforzándose para trascender los signos propios a través de ese emporio (Cienfueguera). Liriano eligió la autorreferencialidad en pos de afrontar aquellas fobias sociales que le invisibilizaron por mucho tiempo. El tríptico Miradas cimenta través de códigos simbólicos (las máscaras en primer término) un espacio de interrogantes y correcciones psicológicas.
En la zona de los relatos pictóricos y dibujisticos también predomina la diversidad de poéticas. De modo sustancial, despuntan Alex David Medina Machado, estudiante de la Escuela de las Artes, cuyo texto visual ¿Cómo vender hielo a los pingüinos? demanda superar nuestra idea de la realidad, las apariencias, inquiriendo el surrealismo en las emociones e ideas. Esta es una representación connotada por la suspicacia y las tensiones psicológicas o la ansiedad (que es el signo de que estamos viviendo en el futuro, según expresara Eckhart Tolle). El joven artista acude a cierto tenebrismo para discursar sobre los dobles raceros y la falta de esperanza en el porvenir.
En otro esquinero, Jesús Agustín Rebull, pintor autodidacta, salta con una enunciación crítica que intenta visualizar la psicología del ser humano abatido por el entorno económico (Felices todos), las carencias y la desesperanza. Es una obra irregular, aunque suprime ciertas retóricas de su ideario, acudiendo con frecuencia a las atmósferas surrealistas y simbolistas para manifestarse.
Otros dos veteranos, Néstor Vega y Manuel Villafaña, dibujantes por excelencia, denotan su fortificada imaginería. Vega abandona de momento las abstracciones y nos place con una representación polisémica, semiabstractiva, monocromática, que intitula Hablando como los locos, signada también por el lenguaje de los comics y el humor gráfico. Villafaña, artista de la vieja escuela del humor local, acude al gracejo y cierta noción intelectual para recrear la compleja realidad que transita la Isla (Autoservicio).
A este dueto se suma el autodidacta Ernesto Álvarez Morejón, igual co-responsable del montaje de la muestra junto con Basulto Caballero, quien sorprende por la descomplejización del contenido y las atinadas soluciones en el diseño visual (El gato, el gallo y yo).
Grosso modo, agrada la presencia de seis artistas de variadas extensiones y edades, mujeres que logran colocar sus perspectivas críticas, denotando que merecen otros adjetivos y observaciones. Causa asombro que la mayoría de los graduados de las escuelas de arte representan al sexo femenino y muy pocas de ellas trascienden en las muestras expositivas. Además de las antedichas, intervienen la recién titulada Angelina del Sol (Las dos caras de la moneda) y la estudiante Diana Hernández (Abundancia), ambas interesadas en relatos verticales sobre la crisis.
La utopía que no cesa, concebida en muy escaso tiempo, luego de la posposición del Salón 5 de Septiembre, permitió conectar a gran parte de nuestros creadores en activo, tomando como eje las incertidumbres colectivas y propias, sin interferir en los estilos y sensibilidades. Visiblemente, los temas y modos de hacer constatan las utopías y certezas de 22 hacedores cautivados por los enigmas y el deseo de conceder una huella.
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