Fue un martes. Su familia y su círculo más cercano de amigos no han olvidado el 14 de julio de 1992, cuando la noticia sacudió La Habana y viró patas arriba la habitual modorra de Jarahueca: un trágico y absurdo accidente truncó la vida de Ada Elba Pérez con apenas 30 años, en plena efervescencia creadora.
Natural de aquel poblado rural del municipio de Yaguajay, Ada Elba nació el 20 de septiembre de 1961. Desde pequeña mostró una sensibilidad especial: curiosa ante los libros y con inclinación natural por la música, recibió como regalo su primera guitarra, instrumento con el que comenzó a componer cuartetas. Su vocación la llevó a estudiar Artes Plásticas en la Escuela Provincial de Arte Olga Alonso, en Santa Clara, y luego a graduarse en Escultura en la Escuela Nacional de Arte, en La Habana.
En 1982 integró la Brigada Hermanos Saíz y, desde entonces, su obra literaria obtuvo numerosos premios en Cuba y el extranjero. Dueña de un amplio registro escritural, su producción literaria abarcó géneros tan diversos como la poesía, el cuento, la novela, el testimonio y la crítica literaria. El canto a la tierra que labra el campesino, el internacionalismo, el optimismo y el amor a su pueblo natal figuraron entre los temas recurrentes en sus obras.
Publicó los poemarios Identidad (1988), Apremios (1990) —galardonado con el Premio Luis Rogelio Nogueras— y Acecho en el ritual (1992); de manera póstuma vieron la luz La cara en el cristal (1994), ganador del Premio Abril, Travesía mágica (2001) y Fin del pájaro sur (2002).
Sin embargo, más allá de sus innegables aportes a la literatura para adultos, es su cancionero infantil la parte de su obra que más ha trascendido entre los cubanos de varias generaciones.
Títulos como El cangrejo Alejo, Ana la campana, Señor arcoíris, El vendedor de asombros y La luna aburrida han formado parte de la banda sonora de los niños cubanos. Interpretadas por la cantante Liuba María Hevia, su compañera de vida y de presupuestos estéticos, las composiciones de Ada para el público infantil fueron compendiadas en los discos Señor Arcoíris y Travesía Mágica.

Ada Elba también fue escultora. Identificada con la obra de Alejo Carpentier, realizó un busto del escritor, que se convirtió en la primera escultura dedicada en el mundo al autor de El siglo de las luces.
Con su muerte, como escribió la prensa de la época, “no solo desaparecía físicamente la exquisita poeta, sino también una de las instructoras de arte más plenas de nuestro país”. El 18 de febrero de 1993, Día del Instructor de Arte, se le otorgó post mortem la medalla Raúl Gómez García.
Pero ni sus amigos, ni su familia, ni su amada Jarahueca han permitido que la memoria de Ada Elba quede en el olvido. Desde 1997, la Bienal Identidad —con sus contratiempos y altibajos— ha insistido en reunir, en esta comunidad rodeada de monte, a escritores, artistas y amantes de la poesía para mantener vivo su legado.
Ya la propia poeta lo había advertido, premonitoriamente, en su obra: “La poesía es el cañón de la ternura… Lo importante es que en esas alas viaje la verdad”. Y en esas alas, sigue viajando Ada Elba.


