La sonrisa de Carlitos
Portada

La sonrisa de Carlitos

Cuba

En su historia clínica consta una discapacidad intelectual severa y epilepsia. Nadie lo imaginaría. Tan sereno, seguro y bello se ve…
Foto: Pastor Batista Valdés

De repente, una trabajadora de la institución espirituana aparece con él, sentado como todo un príncipe en una silla de ruedas. Si se tratara de una estrella de cine tal vez la alegría no fuese tan explosiva entre los presentes.

A él, sin embargo, no se le altera ni un músculo del semblante. Solo una cándida sonrisa, muy tenue pero profunda, le ilumina el rostro. Acaso sea el modo inconsciente de agradecer los besos y felicitaciones que a corta distancia le obsequian todos.

El Centro Psicopedagógico –esa otra casa donde ha encontrado el amor, la ternura, la comprensión y las atenciones que millones de seres humanos no hallan dentro del hogar familiar– está cumpliendo 36 años de purísima sensibilidad humana, pero él, Carlitos (Espinosa Pérez), arriba a sus primeros 15 calendarios de existencia.

Por ello «la nave espacial rodante» donde lo han traído se detiene frente a un cake. Mientras lo observa, las comisuras labiales se le dilatan un poquito más y la pupila aumenta el brillo natural con que suele mirarlo todo cada día.

En la mesa hay también pequeños bolsos. Contienen regalos enviados por muchachos que integran un comité de base de la Unión de Jóvenes Comunistas, así como por miembros del propio centro.

Carlitos no dice una palabra. Su mirada es la nítida e inequívoca expresión de ese abrazo que se le escapa por la niña de sus ojos para envolver a todo el mundo… sin fronteras.

En su historia clínica consta una discapacidad intelectual severa y epilepsia. Nadie lo imaginaría. Tan sereno, seguro y bello se ve…

«Llegó al centro ocho años atrás, procedente de la enseñanza especial y vaya rapidez con la que se adaptó aun cuando procedía de Trinidad, a casi 70 kilómetros de distancia.

«Es un niño muy cariñoso, tranquilo, obediente y sobre todo muy querido por todos… porque se deja querer». –me dice Mariela, mientras en silencio me pregunto si quien habla es la doctora o la madre del pequeño.

Observo la hermosa camisa a cuadros que el adolescente lleva puesta y puedo imaginar con cuánto orgullo lo deben contemplar, en cada pase, ese par de abuelos maternos, profundamente humildes, que no han podido encontrar jamás las palabras exactas con que agradecer tanto cariño y tanto cuidado hacia su nieto.

Muy lejos está él de suponer que esa mirada, esa sonrisa, ese «encanto» con que mira, echaron completamente por tierra mi intención de hacer un comentario, un reportaje u otro tipo de trabajo acerca de cómo el centro mantiene total vitalidad, gracias a la prioridad que le concede la provincia y al sensible aporte de varios organismos, en medio del momento extremadamente complejo que atraviesa el país en el orden económico.

Tampoco sabrá nunca la estiba de preguntas (para él) con que –sin remedio- tengo que volver a casa, envuelto en una extraña dicha de silencio.

«Es que Carlitos no habla» –me dijo una empleada cuando le expresé mi deseo de entrevistar al niño, al final de la celebración.

¿Quién dice que no habla? –riposté. Miren esos ojos. Observen esa sonrisa.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *