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Hace 512 años, sobre aquella conocida lomita, Fray Bartolomé de Las Casas ofrecía la primera misa. Luego de ese suceso difuminado ya por el tiempo, todo cuanto surgió después en el pueblo de San Fernando de Camarones giraría en torno a aquella incipiente ermita construida de yagua y guano. Hoy se alza como la Iglesia Católica camaronense, cuyo primeros feligreses, oriundos la mayoría de Islas Canarias, trasladaron la vocación por la Virgen de la Candelaria, readaptándola al contexto cubano con corona y una nueva pose. Y cuentan, además, que el fuerte sentido de pertenencia de los isleños hacia aquel promontorio, no permitió que reubicaran el inmueble en la plaza real, como era costumbre, durante los años sucesivos.
“Yo fui monaguillo en esta iglesia”, nos dice un camaronense de pura cepa, Raúl Cazorla Pérez. “Mi abuelo era el sacristán, un hombre maravilloso que hacía tocar las campanas como ningún otro. Convertía su repicar en vibrante música”. Escuchando en las alturas de la torre estaban las tres aludidas, cada una fechada en un siglo diferente. La más joven, de 1923, fue donada a la parroquia por la Sra. América González y Maíz de González; la predecesora había llegado en 1854, y la más longeva y bella en 1782, con inscripciones hechas a relieve en alusión de la eucaristía. Desde allá arriba no hay rincón que no se vea; todo queda expuesto o sometido a la visual de la regenta de Camarones. “En la Guerra del 95 los españoles la tomaron como cuartel debido a su posición estratégica”, asegura Cazorla; periodo nefasto para el inmueble que sufrió, como la Notre Dame de París, las penurias de la desgastante contienda. Tristemente continúa sufriendo, no ya las bombas o disparos pretéritos, sino el vandalismo, los despojos y un olvido institucional perceptible del que ha sido víctima también casi todo el pueblo durante más de una década.
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