
Foto: Fotograma de la Película
Al cuarto de siglo de su estreno, evocamos hoy esa obra excepcional del director austríaco Michael Haneke que es La pianista (2001), Gran Premio del Jurado y Premio a la Mejor Actriz (Isabelle Huppert) y al Mejor Actor (Benoit Magimel) en Cannes.
La pianista es una película que se comunica con las sombras del alma en su visión entomológica de las dobleces humanas, de la mentira como instancia de vida y las apariencias.
Mediante una manera aterradoramente bella, constata cómo la fragilidad de la naturaleza emotiva de algunos seres puede transfigurar su mapa sentimental, conductual y volitivo de la más extrema dureza al desamparo, a partir de una vuelta de tuerca existencial forzada, a su pesar, por la propia mano de su inmadurez.
Oscura, incómoda y compleja como es la filmografía completa del autor de Funny Games, a esta película basada en una novela de su coterránea Elfriede Jelinek la puebla un personaje cautivante que pasará a la historia del cine tanto por su delineado sicológico como por la inigualable composición de la francesa Isabelle Huppert.
La profesora de piano Erica Kohut, por sí encarnada, para nada desencaja de la línea de personajes perturbadores del cine de Haneke, que van del extraño joven grabador de homicidios en El video de Benny hasta Georges, el ambiguo conductor del programa literario de Caché, u otros tantos igual de conmovedores.
Erika es una maestra experta en música y suspensa en afectos. A su elevada sensibilidad artística se contrapone una manquedad afectiva que la impulsa a mostrar la hosquedad, amargura, frustración sentimental y gelidez que solo podrían caracterizar a una humanidad tan singular cuan solitaria.
La exigente profesora de piano, quien vive en un departamento con su madre en medio de una relación fluctuante entre el amor y el agobio, es tan dura –aunque menos bella y joven– como la Isapí descrita por Herminio Almendros en Oros Viejos, la que nunca lloró.
Está angustiada y resentida de la vida; pero, por arriba de todo, lacerada por ciertas urgencias sexuales que no encuentran –en aliviaderos quizá ni intuidos dada su inexperiencia en las lides del cuerpo y las artes de Venus– algunas de sus varias formas posibles más convencionales de desencadenarse.
Erika opta por sufrir y hacer sufrir –en extraña mezcla de flagelación y sadomasoquismo– a sí misma y a Walter (Benoit Magimel), apuesto alumno que la seduce, al cual ella pretende conducir casi al plano de la esclavización, en juego de roles que se transmutará a través de la historia, de forma bien abrupta.
La cámara de Haneke observa este cuadro a través de calculado distanciamiento, y ubica al espectador en la misma posición que el filósofo Spinoza: «No me río ni lloro ante las acciones de la gente, solo aspiro a interpretarlas». E interpretar a los modos de obrar de Erika pasa por entender la diminuta, a veces evanescente, línea que separa el amor del dolor más profundo, y el deseo carnal del sometimiento o la entrega más irracionales.
Erika, pobre gente que llega a lastimar por su frigidez sentimental, sin embargo, resulta reductible a la pasión en esta fábula de orfandades y escondrijos humanos con la cual Haneke, cual suele hacerlo, habla de la retracción espiritual, el reposicionamiento ético–moral y la sensación de naufragio del individuo en la sociedad europea contemporánea.
Mas, reseñar a La pianista sin hacer punto y aparte para la Huppert rayaría lo herético. El registro de esta actriz inmortal condensa aquí los precisos requerimientos del personaje, de frigidez y ardor, de contención y desborde, de bifurcaciones espirituales… La preferida de Chabrol logra ahora una de sus sutiles metamorfosis totales.
Cual afirmase el editor y crítico Serge Toubiana, «no hay violencia ni esfuerzo en su asunción, puesto que la frontera que la separa del personaje es invisible, y se sitúa casi dentro de la actriz».


