La noche más amarga de Trump: la ola demócrata cambia el equilibrio de poder en Washington

Donald Trump pidió a los estadounidenses que votaran en las elecciones legislativas del 3 de noviembre como si su nombre figurara en la papeleta. La respuesta fue un severo revés para su partido: los demócratas recuperaron el control del Senado, según las proyecciones de Associated Press, y NBC News y CBS News proyectaron también una mayoría demócrata en la Cámara de Representantes. Aunque algunos recuentos continúan pendientes de cierre y certificación, el presidente afronta un vuelco político que alterará los dos últimos años de su mandato.
No fue una derrota concentrada en los distritos más competitivos. Los republicanos perdieron carreras senatoriales en Texas, Kansas, Carolina del Sur, Carolina del Norte, Ohio e Iowa y también cedieron gobernaciones importantes. El resultado cuestiona hasta qué punto Trump puede trasladar su propia capacidad de movilización a candidatos que respalda y que han hecho campaña defendiendo su proyecto político.
El mapa republicano se rompe en territorios impensables
Texas ilustra mejor que ningún otro estado el alcance del golpe. James Talarico derrotó al republicano Ken Paxton en la elección al Senado, un cargo que ningún demócrata había ganado en el estado desde 1988. Paxton contaba con el respaldo del presidente. En paralelo, Gina Hinojosa venció al gobernador Greg Abbott y se convirtió en la primera latina elegida para dirigir Texas, poniendo fin a más de tres décadas sin una victoria demócrata en la gobernación.
La noche dejó otros dos resultados históricos. En Kansas, el pastor metodista Adam Hamilton derrotó al senador republicano Roger Marshall: los demócratas no ganaban allí una elección al Senado desde 1932. En Carolina del Sur, la pediatra Annie Andrews venció a Darline Graham, candidata republicana respaldada por Trump, y consiguió el primer triunfo de su partido para esa cámara en el estado desde 1998. Estos resultados, incluidos en el balance de las conquistas del Senado, desbordaron el escenario de una simple pérdida de escaños marginales.
Roy Cooper conquistó para los demócratas el escaño que dejaba libre el republicano Thom Tillis en Carolina del Norte; Sherrod Brown venció a Jon Husted en Ohio y Josh Turek derrotó a Ashley Hinson en Iowa. En Ohio, además, la demócrata Amy Acton se impuso en la elección a gobernador a Vivek Ramaswamy, antiguo aspirante presidencial y aliado de Trump. La sucesión de derrotas abarcó regiones, perfiles y cargos diferentes.
Eso no significa que los republicanos perdieran en todas partes. En Florida, Byron Donalds ganó la gobernación y Ashley Moody conservó el escaño del Senado que había ocupado Marco Rubio. En Miami, la carrera del distrito 27 entre María Elvira Salazar y Eliott Rodríguez seguía demasiado ajustada para dar por confirmado un ganador al cierre de la información disponible. El resultado nacional debe leerse como un avance demócrata de gran alcance, no como una victoria uniforme en cada estado o distrito.
La economía y la guerra de Irán pesan en el voto de castigo
Los candidatos demócratas aprovecharon el malestar por el costo de la vida, la inflación, los efectos de los aranceles y las consecuencias de la guerra de Irán, asuntos que marcaron la campaña. Las encuestas citadas por Associated Press reflejaban un amplio descontento con la marcha de la economía y un deseo de que el Congreso ejerciera mayores contrapesos frente a la Casa Blanca. El precio de los alimentos y el combustible se convirtió en un problema que los mensajes del presidente no consiguieron neutralizar.
Las encuestas a pie de urna difundidas durante la jornada también mostraron rechazo al desempeño de las instituciones. NBC News registró una desaprobación del 59% hacia ICE y del 76% hacia el Congreso, en un ambiente de fuerte polarización sobre las deportaciones y el funcionamiento del Gobierno. No puede afirmarse que todas las derrotas republicanas respondan a una única causa: el partido presidencial suele sufrir desgaste en las elecciones de mitad de mandato. Pero la magnitud y la distribución territorial de los resultados apuntan a un malestar que supera las contiendas locales.
La lectura también plantea una dificultad para la oposición. El descontento con Trump no implica automáticamente una adhesión entusiasta a todos los planteamientos del Partido Demócrata. La futura mayoría tendrá que demostrar que es capaz de atender las preocupaciones económicas que contribuyeron a su avance.
Trump se distancia de unas elecciones que quiso personalizar
El presidente hizo de estos comicios una prueba de movilización de sus seguidores. En actos de campaña les pidió repetidamente que fingieran que él estaba en la papeleta, para trasladar su tirón electoral a los candidatos republicanos. Pero al multiplicarse las derrotas escribió en Truth Social que los republicanos habrían ganado «por una mayoría aplastante» si él hubiera sido candidato. El contraste entre ambos mensajes muestra el dilema de un mandatario que reclamó protagonismo durante la campaña y después intentó separar su figura del desenlace.
Sus reacciones posteriores ampliaron esa estrategia. Trump responsabilizó a Greg Abbott de la derrota en Texas y lo llamó «RINO» —republicano solo de nombre—, pese a haber apoyado antes su reelección. También culpó a Fox News de dar demasiado espacio a los demócratas, sin aportar pruebas de que la selección de sus invitados fuese una causa de las derrotas de su partido. En lugar de concentrar sus mensajes en una explicación común, señaló a candidatos y medios concretos.
Al mismo tiempo, declaró a The New York Times que estaba dispuesto a aceptar los resultados y a trabajar con los demócratas. Esa disposición abre la posibilidad de acuerdos, aunque sus críticas a los candidatos derrotados y sus advertencias de veto anticipan una relación difícil con el Congreso entrante.
Un Congreso con capacidad para investigar y frenar a la Casa Blanca
Las consecuencias institucionales empezarán a sentirse cuando se constituya el nuevo Congreso, el 3 de enero de 2027. La mayoría demócrata del Senado podrá condicionar la confirmación de cargos federales y jueces, además de dirigir sus comités. Si se consolida también el control proyectado de la Cámara de Representantes, ese partido tendrá mayor capacidad para fijar la agenda legislativa, exigir documentos y convocar audiencias sobre actuaciones del Ejecutivo. Eso no implica que Trump pierda las facultades constitucionales de la presidencia.
El representante demócrata Robert Garcia, llamado a presidir el Comité de Supervisión de la Cámara, ya anunció su intención de investigar los negocios de la familia Trump, posibles abusos de ICE y del Departamento de Seguridad Nacional y la gestión de los archivos de Jeffrey Epstein. Se trata de prioridades y denuncias de la oposición que requerirán investigaciones y pruebas, no de conclusiones de responsabilidad penal establecidas por el anuncio.
Trump conserva una herramienta importante para negociar o bloquear proyectos legislativos: el veto. Antes de las elecciones ya advirtió que podría convertirse en el «señor Veto» frente a una mayoría demócrata. Superar un veto presidencial exige dos tercios de los votos en ambas cámaras, mucho más que una mayoría ordinaria. Así, incluso con un Congreso controlado por la oposición, los demócratas no podrán imponer sin obstáculos toda su agenda: se abre una etapa de negociaciones, choques institucionales y posibles bloqueos.
El desafío político de los dos últimos años de Trump
Las elecciones del 3 de noviembre no cambian quién ocupa la Casa Blanca. Sí alteran el margen político del presidente para impulsar legislación, proteger a su Administración del escrutinio parlamentario y presentar sus propuestas como respaldadas por una mayoría en el Congreso. Trump apostó por movilizar a su electorado personal; los resultados muestran que esa estrategia no bastó en varios de los estados más seguros para los republicanos.
El mandato presidencial concluirá en enero de 2029. Hasta entonces, el alcance real de esta derrota dependerá de cómo terminen los recuentos, de las prioridades que adopten los demócratas y de los acuerdos que la Casa Blanca sea capaz de alcanzar. El nuevo Congreso deberá responder también a una demanda expresada por numerosos electores: aliviar la presión de los precios sobre los hogares estadounidenses.
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