Cuba es un país que ha perdido a 3 478 de sus hijos mientras otros 2 099 viven con discapacidad a causa de bombas que llegaron desde el norte. Detrás de cada número hay una familia partida en dos. En tanto, como incomprensible y absurda ironía: Cuba es señalada como amenaza y patrocinadora del terrorismo cuando los actos que la han desangrado durante más de seis décadas se prepararon, se financiaron y se ejecutaron desde el seno de quienes hoy la señalan.
Piense en La Coubre, en marzo de 1960. El puerto de La Habana se convirtió en un infierno. Hubo 101 muertos y más de 200 heridos. Allí no murieron números: murieron estibadores, bomberos, socorristas, jóvenes que cargaban cajas y quedaron bajo el metal retorcido. Hubo familias que no pudieron enterrar completos a sus muertos.
Piense en el avión de Cubana de Aviación que explotó en Barbados en 1976. Hubo 73 muertos, 24 de ellos jóvenes esgrimistas que regresaban de competir, volvían con medallas y con sueños. Pero llegaron en ataúdes. Un niño de cinco años supo que su padre había muerto cuando su hermana entró al aula de preescolar y le dio la noticia. Su madre quedó sola, joven, con tres niños. Esa escena se repitió en decenas de hogares. Padres que esperaban una llegada que nunca ocurrió. Novias que esperaban un abrazo. Amigos que esperaban una llamada. Todos recibieron, en cambio, un vacío…
Piense en Fabio Di Celmo, el turista italiano que en 1997 murió por una bomba en un hotel de La Habana. Tenía 32 años. No era político, no era soldado, era solo un joven de vacaciones. Su padre murió años después sin haber visto la verdadera justicia para su hijo, esa que debió enjuiciar no solo a quien cometió el hecho sino a quienes, desde lejos, lo financiaron. ¿Cuántas vidas rotas caben en una lista de terrorismo?
Una bomba no mata solo a quien muere: marca para siempre a los que quedan. Esa es la verdadera cuenta del terrorismo de Estado.
Y mientras esas familias cubanas cargan con el peso, el país que envió las bombas las acusa de ser una «amenaza». No hay paradoja más cruel. Está documentado de sobra que organizaciones como Alpha 66, Omega 7, Comandos f4 y coru, operaron abiertamente en suelo estadounidense, acumulando armas y lanzando ataques contra Cuba, sin intervención efectiva del fbi ni del Departamento de Justicia. Luis Posada Carriles y Orlando Bosch, autores intelectuales de la voladura del avión de Cubana, vivieron y murieron tranquilamente en Miami. Ahí están las pruebas de la impunidad. Sin misterio. Sin especulación. Los terroristas vivían en Estados Unidos. El terrorismo se planificaba en Estados Unidos. Y, sin embargo, la acusada es Cuba.
Yo vi a algunos de esos terroristas, frente a frente en aquella Cumbre de las Américas de Panamá que quisieron convertir en trinchera contra esta Isla, con sus trajes impecables y sus sonrisas de campaña, haciéndose pasar por luchadores por la libertad, y puedo asegurar que ni siquiera un buen traje maquilla a los asesinos…
El terrorismo no es historia antigua. En este 2026, una embarcación salió de las costas de Florida Keys y llegó a las costas cubanas con hombres armados que abrieron fuego contra nuestros guardafronteras. La operación fue organizada y financiada desde Miami. El terrorismo no ha cesado, solo ha cambiado de forma. Sigue llegando desde el norte; sigue teniendo cómplices, financiadores y silencios.
La lista de Estados Patrocinadores del Terrorismo no es un papel inocente. Endurece el bloqueo, ahuyenta inversiones, cierra bancos, encarece alimentos y medicinas. Castiga al pueblo. ¿Cómo decirle a una madre a quien el terrorismo le arrebató a su hijo, que el Estado que protegió a los asesinos tiene una lista para juzgar, según su vara, a quienes considera terroristas?
Cada 6 de octubre y todos los días del calendario, Cuba no pide caridad; pide justicia. Pide que no se financie, no se proteja y no se premie a quienes sembraron el terror. Pide memoria. Porque mientras se acuse a la víctima de ser el victimario, esa perversa inversión del discurso tiene un saldo muy alto y doloroso para la vida de todo un pueblo.

