La edad que no se fue
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La edad que no se fue

Dicen que todos los adultos llevan un niño por dentro. Yo creo que es verdad. Lo compruebo en cada golosina que me despierta la mirada, en los deseos fervientes de reír, en las mentiras piadosas que me invento, en la necesidad de recibir el abrazo de mi madre y la aprobación de mi padre, en el tiempo que me arreglo para jugar con mi hija…

Y es bueno que sea así. Reconectar con la inocencia de la infancia resulta el bálsamo más efectivo para las carencias del corazón, en medio del desorden que es esta vida de persona grande.

Por eso los niños –el suyo interior y el que alegra o encrespa sus mañanas- son el mejor regalo en estos días de turbulencias. Cuántas veces hemos acudido a esas manos pequeñas y expresiones sabias que solucionan problemas con abrumadora sencillez.   

Porque ya lo aprendimos con El Principito, nuestros niños deben ser muy indulgentes con los adultos dadas las limitaciones nuestras para creer en la fe y apoyarnos en la imaginación.

Por eso estaremos siempre en deuda con ellos. Veo los esfuerzos de un país que no tiene a su alcance la posibilidad de regalarles el verano que merecen. En cambio, sonríen sin cuestionar, ni perderse en caminos materiales.

Ellos necesitan del abrazo, de la calma que proviene de una mano que no mira la hora, del tiempo que alguien les regale. Necesitan que les crean cuando dicen que su avión de papel voló hasta la luna, que la princesa vive detrás de la cortina, que el pastel de barro es el mejor de los postres.

En el Día de los Niños, esas ficciones se hacen visibles en plazas y patios, en salones improvisados y en parques que vuelven a latir. Los grupos artísticos que enseñan a cantar, a bailar, a recitar; los instructores que devuelven la risa con una marioneta o una canción; las familias que juntan esfuerzo y poco dinero para que haya una merienda compartida.

Esta no es una fiesta sin sombras, lo sabemos: hay limitaciones; pero el jolgorio existe porque hay quienes se empeñan en construirlo.

Pienso en esos profesores que ofrecen su sábado, en las maestras que ensayan coreografías hasta tarde, en el vecino que presta mesas y sillas, en el muchacho que trae sus bicicletas para que las prueben los más chiquitos.

Pienso en la creatividad: en juegos reinventados con cajas y cuerdas, en obras de teatro hechas con cartones, en talleres donde una hoja en blanco se vuelve mapa, personaje y posibilidad.

También esta es una jornada para escuchar. Hay que abrirse a las pequeñas reivindicaciones. Darle dignidad a la curiosidad. Mostrarles que su pregunta importa y que su mirada tiene peso. Cuando los niños sienten que sus inquietudes son tomadas en serio, aprenden a confiar en la palabra adulta y a buscar soluciones colectivas en lugar de resignarse. Esos son los adultos que queremos mañana.

Celebremos, entonces, pero no olvidemos que la fiesta debe empujar a la acción. Defender la infancia significa garantizar salud, alimentación, estudio y espacios seguros donde crecer.

Para ello están nuestras políticas públicas, para la atención integral de la niñez, adolescencia y juventud; pero también hacen faltan redes ciudadanas. Porque los niños no necesitan sólo un día de alegrías, necesitan un ambiente de protección. Mientras tanto, dejemos que la edad que no se fue —esa voz pequeña y valiente— nos recuerde cómo reír sin condiciones y cómo creer, todavía, en lo imposible.

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