La destrucción de la sociedad civil: Cuando el Estado convierte a todos en dependientes
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Por Jorge L. León

Toda democracia necesita algo más que elecciones. Necesita ciudadanos capaces de organizarse libremente para defender sus intereses, expresar sus ideas y participar en la vida pública sin depender del poder político. A ese conjunto de instituciones, asociaciones y espacios independientes se le conoce como sociedad civil.
Cuando esa sociedad civil desaparece, la democracia comienza a perder uno de sus pilares fundamentales.
La experiencia cubana constituye uno de los ejemplos más ilustrativos de este proceso en América Latina. Después de 1959, el nuevo poder revolucionario no se limitó a controlar el gobierno. Poco a poco absorbió o eliminó prácticamente todas las organizaciones independientes existentes. Sindicatos, asociaciones profesionales, federaciones estudiantiles, organizaciones campesinas, medios de comunicación, cooperativas y numerosas instituciones cívicas fueron sustituidas por estructuras subordinadas al Estado y al Partido Comunista.
El resultado fue que millones de ciudadanos dejaron de pertenecer a organizaciones creadas por la sociedad para convertirse en integrantes de organizaciones creadas por el propio poder.
Cuando el Estado monopoliza la representación de los trabajadores, de los estudiantes, de las mujeres, de los campesinos, de los artistas e incluso de numerosos espacios comunitarios, desaparece la autonomía social. Ya no existen interlocutores independientes capaces de cuestionar las decisiones gubernamentales ni de defender intereses distintos de los oficiales.
Este fenómeno produce una transformación profunda. El ciudadano deja de verse como protagonista de la vida pública y comienza a percibirse como un simple receptor de decisiones tomadas desde arriba.
La dependencia sustituye a la participación. La obediencia reemplaza al debate. La iniciativa individual termina siendo considerada sospechosa.
Con el paso de los años, esta estructura genera otro efecto menos visible, pero igualmente dañino: la pérdida de confianza entre los propios ciudadanos. Cuando todas las organizaciones responden al poder, muchas personas dejan de creer en la utilidad de asociarse libremente. La apatía y el aislamiento terminan convirtiéndose en mecanismos de supervivencia.
Por eso resulta tan difícil reconstruir una nación después de décadas de autoritarismo. No basta con cambiar un gobierno. También es necesario reconstruir la confianza entre los ciudadanos, devolver la autonomía a las instituciones y recuperar la cultura de la participación libre y responsable.
La historia demuestra que ningún país puede aspirar a una democracia sólida cuando toda la vida social depende del Estado. Una sociedad fuerte necesita instituciones fuertes, asociaciones independientes, universidades libres, prensa libre, sindicatos autónomos, organizaciones religiosas respetadas y ciudadanos capaces de actuar sin pedir autorización al poder político.
Esta constituye una de las lecciones más importantes que deja la experiencia cubana para América Latina.
Las democracias no mueren únicamente cuando desaparecen las elecciones. También comienzan a debilitarse cuando la sociedad deja de organizarse por sí misma y acepta que sea el Estado quien decida qué organizaciones pueden existir y cuáles deben desaparecer.
La libertad política no se sostiene únicamente desde los gobiernos. Se sostiene, sobre todo, desde una sociedad civil viva, independiente y capaz de defender la dignidad de los ciudadanos frente a cualquier intento de concentración del poder.
Porque cuando desaparece la sociedad civil, el ciudadano queda solo frente al Estado. Y un ciudadano solo siempre es más vulnerable que un pueblo organizado.
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