Una travesía que trascendió lo deportivo y convirtió a la delegación cubana en símbolo de resistencia rumbo a los X Juegos Centroamericanos y del Caribe San Juan 1966
Cuando sucedieron estos hechos, hace 60 años, quien ahora escribe tenía siete. Y, como quizá les ocurra a muchos lectores, vuelven a mi memoria imágenes, vistas después, en blanco y negro: figuras entrenando sobre la cubierta del Cerro Pelado, aviones sobrevolando el buque, el paso incierto hacia las lanchas, el desfile inaugural.
Aquellas escenas estaban cargadas de la tensión de una época en la cual el deporte no podía escapar a la política. Cuba navegaba para afirmar su presencia. Ese principio –bien establecido por las autoridades deportivas de Puerto Rico– era defendido con firmeza: la sede sostenía que todos los países miembros de Odecabe tenían derecho a competir. El obstáculo surgía en otro punto: el gobierno de Estados Unidos.
Dos breves recordatorios: no olvidemos que Puerto Rico es colonia de Estados Unidos; el nombre de la embarcación se deriva del combate dirigido por Fidel en la Sierra Maestra, en 1958.
El Cerro Pelado dejó de ser transporte: se volvió patria flotante. Sobre su superficie, la preparación adquirió un carácter casi épico. Los corredores medían pasos en trayectos improvisados; los boxeadores golpeaban el aire; los luchadores ensayaban llaves sobre un suelo movedizo con cada oleaje. No había condiciones ideales, pero sí una voluntad férrea.

El sol caía a plomo. Nadie aflojaba. Cada práctica tenía algo de desafío moral: trabajar sabiendo que, al final del trayecto, tal vez no se les permitiría competir. Y, aun así, cada ejercicio era ya una conquista.
Desde el aire, los aviones estadounidenses añadían una nota inquietante. No eran paisaje: recordaban vigilancia. El mar, amplio y aparentemente libre, estaba atravesado por límites invisibles. Dentro del buque, la respuesta era una sola: sostener la disciplina y la dignidad.
El sonido del casco golpeado por el agua, las conversaciones breves, las miradas perdidas. Algunos pensaban en sus familias; otros, en la posible competencia; todos compartían la misma incertidumbre.
Luego llegó otro tramo tenso: el paso a las lanchas. El mar se movía con fuerza imprevisible. El equilibrio se ponía a prueba en cada descenso. No era metáfora: era riesgo concreto. Algunos resbalaron. Uno de ellos, cuando logró pasar, respiró hondo y dijo: “Ya no nos paran”.
San Juan apareció como destino y desafío. El calor distinto, las miradas cruzadas, la mezcla de curiosidad y tensión. Y después, el instante esperado: el desfile inaugural.
La delegación cubana entró al estadio no solo como representación deportiva, sino como testimonio de resistencia. Aquella caminata tenía un peso distinto. No era el inicio de una competencia: era la culminación de un cruce lleno de obstáculos. Y también era respuesta a la solidaridad de los boricuas, quienes habían defendido nuestra presencia desde el primer día.

Más allá de los resultados de esta décima edición (celebrada del 11 al 25 de junio), la victoria esencial ya estaba lograda: estar allí. Haber atravesado el mar, la incertidumbre y las presiones, y presentarse con la frente en alto.
Llegaron a la sede enemigos de la Revolución, amenazaron y agredieron a directivos y hasta atletas, se organizaron secuestros… entre las muchas hostilidades enfrentadas.
Con el tiempo, aquellas imágenes han ganado profundidad, son escenas que condensan una época. El Cerro Pelado se vuelve símbolo de una voluntad colectiva negada a ceder.
En pleno mar, al regreso, Fidel abordó el buque y compartió la superficie con los atletas, allí donde se había trabajado y resistido. Caminó entre ellos, habló, escuchó. Un gesto directo: reconocer que aquella travesía había sido una victoria de todo un país.

Por eso, cuando se evocan los Juegos de San Juan 1966, no basta con hablar de marcas o medallas. Se debe hablar de la estrategia para impedir se negara un principio; del apoyo boricua; de un barco y de un grupo de hombres y mujeres que trabajaron contra el viento y la duda.
Antes de competir, ya habían vencido.
La entrada La defensa de un derecho se publicó primero en Revista Bohemia.
