La crisis del modelo y el despertar de la sociedad civil en Cuba
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Por Jorge L. León

La crisis del modelo socialista cubano no comenzó ayer. Es el resultado de décadas de decisiones económicas, políticas e institucionales que terminaron debilitando sus propios fundamentos. El sistema prometió prosperidad, igualdad y justicia social, pero construyó una economía incapaz de producir suficiente riqueza, una sociedad dependiente del Estado y una ciudadanía a la que durante mucho tiempo se negó la posibilidad de organizarse al margen del poder político.
Sin embargo, hay algo que el régimen no ha podido controlar completamente: El despertar de la sociedad civil.
Durante décadas, el Estado presentó a la sociedad como un bloque uniforme. La propaganda hablaba de “unidad”, pero esa unidad significaba, en la práctica, subordinación política. Sindicatos, organizaciones estudiantiles, asociaciones profesionales y organizaciones de masas quedaron integrados al aparato estatal y al Partido Comunista. La participación ciudadana dejó de ser una expresión libre de la sociedad para convertirse en una actividad organizada desde arriba.
Pero ninguna estructura política puede controlar eternamente las necesidades, aspiraciones y frustraciones de millones de personas.
Una economía que dejó de responder
La crisis económica constituye uno de los factores fundamentales del deterioro del modelo. La economía centralizada sustituyó progresivamente la iniciativa privada por la planificación estatal. El Estado decidió qué producir, cuánto producir, dónde invertir y, en buena medida, qué consumir. El resultado fue una economía con escasos incentivos, baja productividad, dependencia exterior y poca capacidad para responder a las necesidades reales de la población.
La desaparición del campo socialista europeo agravó dramáticamente aquella fragilidad. Cuba perdió mercados preferenciales, créditos, suministros y fuentes de combustible. La llamada “opción socialista” no consiguió demostrar que podía sostenerse por sí misma.
Posteriormente hubo períodos de recuperación, pero sin una transformación estructural de fondo. La economía continuó dependiendo del turismo, las remesas, las importaciones, la asistencia extranjera y determinadas exportaciones, mientras la agricultura permanecía incapaz de garantizar adecuadamente la alimentación nacional y buena parte de la industria perdía capacidad productiva.
Pero el problema no era únicamente económico. Era también político.
Cuando un Estado controla la mayor parte de la economía, controla una parte considerable de la vida de sus ciudadanos. El empleo, los salarios, la vivienda y numerosas oportunidades sociales quedaron vinculados durante décadas a la obediencia y a la posición política. Por eso la crisis económica terminó convirtiéndose inevitablemente en una crisis de ciudadanía.
El ciudadano que no puede decidir qué producir, dónde trabajar libremente, qué empresa crear, qué asociación organizar o qué medio de comunicación establecer tampoco dispone de una verdadera autonomía frente al poder.
Del silencio a la inconformidad
Durante mucho tiempo, el miedo fue uno de los instrumentos más eficaces del sistema. La represión, la vigilancia, los interrogatorios, la expulsión de los centros laborales, las sanciones académicas y la persecución política crearon un ambiente donde muchas personas aprendieron a callar.
Pero callar no significa estar de acuerdo. Debajo de la aparente unanimidad fueron acumulándose generaciones de frustraciones. Hijos que escucharon en sus hogares críticas que no podían repetir públicamente. Jóvenes que comenzaron a cuestionar la propaganda oficial. Trabajadores que descubrieron que sus salarios no alcanzaban para vivir. Profesionales que compararon su realidad con la de otros países. Artistas que reclamaron libertad de creación y periodistas independientes que decidieron informar fuera de los medios estatales.
Así comenzó a producirse un cambio fundamental: la sociedad empezó a perder el miedo. Ese proceso no fue repentino. Fue acumulativo. La oposición política tradicional comenzó a convivir con nuevas formas de protesta social, cultural y ciudadana. El artista empezó a convertirse en activista. El periodista independiente, en comunicador ciudadano. El usuario de Internet, en testigo de la realidad. Y el joven que protestaba en una esquina comenzó a descubrir que no estaba solo.
Internet: una ventana que el Estado no pudo cerrar
La expansión de Internet modificó profundamente la sociedad cubana. Durante décadas, el ciudadano dependió casi exclusivamente de los medios oficiales para conocer las noticias. Televisión, radio y prensa permanecían bajo control estatal. La versión oficial podía presentar una realidad muy distinta de la que las personas experimentaban diariamente.
Internet rompió parcialmente ese monopolio. Un teléfono móvil permitió transmitir una protesta, fotografiar una cola, denunciar una detención, mostrar un apagón o publicar un testimonio en cuestión de segundos. La información dejó de circular únicamente de arriba hacia abajo. Comenzó a circular también de ciudadano a ciudadano.
El Estado podía detener a un manifestante, pero tenía mayores dificultades para impedir que miles de personas vieran las imágenes de esa detención. Podía censurar un medio, pero no controlar completamente la conversación que se producía en las redes.
La sociedad comenzó a convertirse en productora de información. Y cuando una sociedad comienza a producir y compartir información independientemente del poder, empieza también a construir una esfera pública propia.
San Isidro, el 11 de julio y la nueva protesta
En este proceso adquieren especial importancia las nuevas expresiones de oposición surgidas durante los últimos años. El Movimiento San Isidro mostró que una parte de la comunidad artística podía transformar una reivindicación cultural en una demanda política. Las protestas del 11 de julio de 2021 demostraron algo todavía más significativo: miles de cubanos salieron espontáneamente a las calles en diferentes lugares del país para reclamar cambios.
No fue únicamente una protesta organizada por una estructura política tradicional. Fue, en buena medida, una explosión social. La gente salió por razones diversas: falta de alimentos, apagones, deterioro de los servicios, pobreza, ausencia de libertades y agotamiento de un sistema que llevaba décadas prometiendo un futuro que nunca llegaba.
El grito de “libertad” adquirió entonces una dimensión nacional. Aquello representó un punto de inflexión. El poder descubrió que la inconformidad ya no pertenecía exclusivamente a pequeños grupos opositores. Había penetrado profundamente en la sociedad.
Y la sociedad descubrió algo todavía más importante: que podía salir a la calle.
De la oposición tradicional a la ciudadanía activa
Una de las transformaciones más importantes de la Cuba contemporánea es el surgimiento de formas de participación que no responden necesariamente al modelo clásico de partido político.
Han surgido periodistas independientes, artistas, activistas comunitarios, organizaciones de ayuda, grupos de familiares, defensores de los derechos humanos, emprendedores, comunicadores digitales y ciudadanos que utilizan las redes sociales para organizarse y expresar sus opiniones.
No todos tienen las mismas ideas. No todos pertenecen a una misma corriente política. No todos desean participar en partidos. Y precisamente ahí reside una característica esencial de la sociedad civil moderna: su pluralidad. Una sociedad civil auténtica no necesita pensar de la misma manera. Necesita tener la posibilidad de organizarse libremente.
En una democracia pueden coexistir liberales, conservadores, socialdemócratas, demócratas cristianos, republicanos, independientes y ciudadanos que simplemente desean vivir en libertad sin pertenecer a ninguna organización. El problema del modelo cubano ha sido precisamente negar esa diversidad.
Durante décadas se intentó convencer al ciudadano de que solamente existía una forma legítima de pensar: la establecida por el Partido Comunista. Pero la sociedad está demostrando que la diversidad no es una amenaza. La diversidad es la sociedad.
El ciudadano como protagonista
La gran transformación que estamos observando no consiste solamente en el crecimiento de la oposición política. Es algo más profundo: es el nacimiento de una conciencia ciudadana. El cubano comienza a preguntarse no solamente quién gobierna, sino para qué existe el gobierno y cuáles son sus límites.
Comienza a exigir derechos, no favores. A comprender que la educación, la salud, la vivienda, el trabajo y la alimentación no pueden utilizarse como instrumentos de obediencia política. Y comienza a reclamar libertad de expresión, asociación, actividad económica, religión, movimiento y participación en las decisiones nacionales.
Esta transformación es fundamental porque una democracia no se construye únicamente cambiando un gobierno. Se construye formando ciudadanos capaces de defender sus derechos y respetar los derechos de los demás.
La Cuba del futuro necesitará partidos, pero también asociaciones civiles, sindicatos independientes, universidades libres, medios de comunicación plurales, organizaciones profesionales, iglesias, empresarios, cooperativas, instituciones culturales y ciudadanos capaces de participar activamente en la vida pública.
El verdadero despertar
La crisis del modelo socialista cubano es, por tanto, mucho más que una crisis económica. Es una crisis de legitimidad. El argumento de que todas las dificultades son consecuencia exclusiva del embargo estadounidense resulta insuficiente para explicar una realidad mucho más compleja. Las restricciones externas existen y deben analizarse, pero no explican por sí solas décadas de improductividad, burocracia, centralización, corrupción, falta de incentivos y ausencia de libertades económicas.
El problema fundamental está también dentro del propio modelo. Mientras la economía se deteriora, la sociedad cambia. Una nueva generación de cubanos ha crecido conectada al mundo. Conoce otras realidades, compara, pregunta y cuestiona. Ya no acepta con la misma facilidad la explicación oficial de que el sacrificio presente conduce inevitablemente a un futuro mejor.
Ese futuro lleva más de seis décadas sin llegar. Por eso el despertar de la sociedad civil constituye uno de los acontecimientos históricos más importantes de la Cuba contemporánea.
La oposición ya no puede entenderse únicamente como la actividad de determinados líderes políticos. También está presente en el ciudadano que exige transparencia; en la madre que reclama alimentos, en el trabajador que exige mejores condiciones, en el artista que defiende su libertad creativa, en el periodista que informa sin permiso oficial y en el joven que pregunta por qué no puede decidir libremente su propio futuro.
La historia demuestra que los sistemas políticos pueden resistir durante mucho tiempo mediante la fuerza. Pero ningún sistema puede permanecer indefinidamente separado de las aspiraciones de su propia sociedad.
Cuba está viviendo, con dolor y contradicciones, el tránsito de una sociedad sometida a una sociedad que comienza a reconocerse como ciudadanía. Ese proceso todavía es incompleto. Su resultado dependerá de la capacidad de los cubanos para convertir la protesta en organización, la inconformidad en participación y el deseo de libertad en instituciones democráticas.
Porque derribar un modelo político puede ser difícil. Construir una sociedad libre, plural y responsable será todavía más difícil. Y esa será una de las grandes tareas de la Cuba que viene.
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