La cancha siempre será política
Sobre el Mundial del 86, Eduardo Galeano escribía: « (…) Felipe González decía sí a la OTAN, la alianza militar atlántica, después de haber gritado no, y un plebiscito bendecía el viraje mientras España y Portugal entraban al mercado común europeo.
«Estallaba el escándalo Irangate, que implicaba al presidente Reagan, a la CIA y a los contras de Nicaragua en el tráfico de armas y de drogas, y estallaba la nave espacial Challenger, al despegar de Cabo Cañaveral, con siete tripulantes a bordo. La aviación norteamericana bombardeaba Libia y mataba a una hija del coronel Gaddafi, para castigar un atentado que años después se atribuyó a Irán.
«En la Copa del 86, participaron catorce países europeos y seis americanos, además de Marruecos, Corea del Sur, Irak y Argelia. En México nació la ola en las tribunas, que a partir de entonces suele mover a las hinchadas del mundo al ritmo de la mar bravía. Hubo partidos de esos que ponen los pelos de punta (…) y hubo dos goleadas espectaculares (…)
«Pero éste fue el Mundial de Maradona. Contra Inglaterra, Maradona vengó con dos goles de zurda al orgullo patrio malherido en las Malvinas: hizo uno con la mano izquierda, que él llamó mano de Dios, y el otro con la pierna izquierda, después de haber tumbado por los suelos a la defensa inglesa (…)»
Cuarenta años después, otro jefe de gobierno español, también del PSOE, gritaba no a la alianza noratlántica, mientras España aumentaba anualmente su contribución al bloque. Estados Unidos e Israel se enfrascan en una guerra casi suicida para la economía global con la República Islámica de Irán y la agenda espacial estadounidense es dominada por el hombre más rico del orbe.
Cuatro décadas después, en la primera Copa Mundial organizada por tres naciones, participaron —igualmente por vez primera— cuarenta y ocho selecciones. Europa y América, fueron los continentes más representados. Como en el 86, hubo partidos electrizantes, de los que te mantienen al borde del asiento, y más de una espectacular goleada.
Antes del arranque de la copa, los dos mejores futbolistas del siglo —Lionel Messi y Cristiano Ronaldo— acaparaban junto a las estrellas más noveles toda la atención mediática. Un defensor neozelandés, por obra y gracia de Internet, se convertía en una efímera estrella. La afición noruega extendía el paganismo con su peculiar —aunque incorrecta— representación del imaginario vikingo. Cabo Verde y su portero pusieron en vilo al mundo y, por minutos, creyeron encarnar al David que logra vencer a Goliat. En tanto Mbappé, aun con el idilio que parece tener con el gol cada cuatro años, quedó eclipsado por el mismo genio que lo dejó tendido sobre el césped de Catar, con la plata de consolación colgando en el pecho. Como en México, el Mundial fue —gane quien gane el domingo— de un argentino.
Con casi cuarenta años a cuestas, el de Rosario lideró a una Argentina sobrada de garra, aunque carente de fútbol, a una nueva semifinal del máximo torneo de selecciones. A priori, pocos hubieran admitido la idea de que el Diez, en el ocaso de su carrera y en una liga de menor rango, generase 12 acciones de gol —8 tantos y cuatro asistencias— y, mucho menos que fuese el eje central del pase argentino.
Un virtuoso, como en 1986, guiaba al país a unas semifinales contra Inglaterra. Cuarenta años después, la cancha se convertía en una oportunidad de redimir el orgullo nacional mancillado por el imperialismo británico. «Es solo un partido», insistía el seleccionador Lionel Scaloni. Pero se equivocaba. Cuarenta años después, por más pausa publicitaria y show de medio tiempo que la FIFA y los gringos pudieran adosarle al torneo, el fútbol sigue perteneciendo a los pueblos, y la pelota continúa hablando en clave política.
La gente no olvida a sus muertos, no olvida el trauma generacional, el patriotismo herido por el colonialismo. En una realidad signada aún por la guerra, la expansión imperialista y la opresión del capital, no importa cuán desclasado o apolítico pueda parecer el fútbol y sus jugadores, no importa que Messi no sea capaz de convertirse en el ícono que fue su antecesor. Estreche la mano de quien estreche, el Diez será el símbolo del que los pueblos se valdrán para redimirse frente a los gobiernos que los pisotean, estén estos en Westminster o en la Casa Rosada.
Por eso resulta tan hermoso ver, aun desde el Caribe y cualquier rincón del mundo excolonial, a una afición que grita a viva voz «¡El que no salte es inglés!», a media Escocia e Irlanda hinchando por la albiceleste, porque puede más el odio a la representación imperialista que queda significada en la bandera del corazón del imperio, y a una selección que pareció guardar todo el fútbol que trajo al Mundial para el más decisivo, complejo e importante de los partidos. Los ingleses habrán conquistado las Malvinas, como nuestras infraestructuras y nuestro cobre antaño, pero el fútbol, ese deporte cuya creación se arrogan, se los arrebató Argentina hace muchísimo tiempo. Gracias a Messi, por tal acto de justicia.



