Difícil es plasmar en palabras un encuentro tan entrañable como lo fue El elogio oportuno, acontecido en la librería Fayad Jamís de la capital este mes, por el 75 aniversario de Jardín. Novela lírica, de Dulce María Loynaz.

Moderado por el periodista y crítico Fernando Rodríguez Sosa, en el encuentro disertó como invitada la investigadora y ensayista Zaida Capote Cruz, una de las mayores estudiosas de Loynaz en Cuba, acompañada por María del Carmen Herrera Moreno, sobrina y heredera de la autora. Allí la Editorial Letras Cubanas dispuso el texto para su venta.
Era imprescindible esta invitada para dialogar sobre Jardín: entre sus logros constan la edición crítica de esta obra, publicada en 2015 por Letras Cubanas; el rescate de la novela Ella no responde, de Matilde Serao, única traducida por Dulce María; y los libros de ensayos Contra el Silencio, Premio Alejo Carpentier 2005, y Loynacianas.
Zaida, a pesar de ser Doctora en Ciencias Filológicas, una acuciosa en los estudios del feminismo y miembro de la Academia Cubana de la Lengua, se expresa con una sencillez envidiable para adentrarnos en los misterios de esta novela, surgida en 1951 bajo el sello Aguilar, en Madrid.
«Jardín es una conquista del talento –contesta a la primera interrogante de Fernando–, en primer lugar, porque logró plasmar su época al tiempo que creaba un ambiente fantástico con un magistral uso del lenguaje».
Nos dice, además, que es una de las obras maestras de la literatura del continente, precursora del boom latinoamericano de los años 60 por su expansión editorial y crítica. Y alude a la posmodernidad de la obra, su sensibilidad y vínculos con otras obras literarias y disímiles referencias culturales.
«Siempre lamento pensar que yo fui graduada en filología y que no estudié esta novela en la universidad. Eso fue una vergüenza, Jardín no se consideraba una gran obra, ya que algunos autores alegaban ignorarla porque era de lectura enrevesada», confiesa.
De la novela, Zaida destaca como lo más interesante la capacidad de Dulce María para «metaforizar y poetizar», y recuerda cuán precioso fue trabajar con los manuscritos originales, plagados de correcciones, sustituciones e, incluso, apuntes de ciencia, recuentos de viajes y conversaciones con su hermano Enrique Loynaz Muñoz.
«Es una conquista del talento –reitera– por ser tan elaborada, tan inteligente, tan exquisita… y por referenciar problemas de su tiempo como la Primera Guerra Mundial, la construcción del canal de Panamá… en fin, como si fuese una gran enciclopedia de su tiempo».
Aunque su autora nos adelante en el prólogo que se trata de «la historia incoherente y monótona de una mujer y un jardín», en palabras de la estudiosa, no podía estar más equivocada, consciente de que realizaba un trabajo de anchura intelectual.
El mayor reto para la edición crítica que preparó –para lo que demoró cinco años cotejando el texto, solo dos menos que el tiempo tomado por Dulce María para escribirlo– lo constituyó el tema bíblico, pues confiesa que no tenía la cultura suficiente en este aspecto.

Pero su amiga Laidi Fernández de Juan ha dicho, en otra ocasión, que no hay obstáculo capaz de disuadir a Zaida de un proyecto que haya ideado. Y que, «al empeñarse en una causa, su sonrisa de muchachita desaparece, para dar lugar a una fiereza de temer».
Así que acudió a todas las vías posibles de investigación, algunas de ellas un tanto infructuosas –nos confiesa entre risas–, para desentrañar las incógnitas de esa obra, causante de no pocos desvelos.
No sabemos cómo obra el destino, ese que casi por azar puso en sus manos la papelería de Dulce María, cuando fue adquirida por el Ministerio de Cultura de Cuba. Pero gracias a esa casualidad, hoy contamos con esa magnífica edición crítica, cuyas notas al pie y manuscritos originales incorporados permiten una mayor comprensión al lector.
En tanto, Zaida no descarta que la novela siga suscitando nuevas interpretaciones en el futuro, porque defiende que «la literatura permite establecer un diálogo íntimo, y Jardín es inagotable en ese sentido».
Antes de finalizar, Fernando la interroga sobre las razones para recomendarla a 75 años de su publicación. Y ella, entre otros juicios, alude a que Jardín, como todos los grandes libros de la literatura universal, nos ayuda «a incrementar nuestra cultura, sensibilidad y valores humanos».
Como cierre a esta evocadora mañana, el periodista nos sorprende con la voz de la autora, en fragmentos de su discurso al recibir el Premio Nacional de Literatura 1987, ese premio que le ofreció Cuba para demostrarle que no la habían olvidado.
Aquel primero de diciembre de 1987, Dulce María Loynaz, pequeñita y elegante, alzó sus manos para recibir el diploma acreditativo del galardón. Era un gesto sencillo, casi frágil, pero en él cabía toda una vida dedicada a la palabra, y toda una nación que, por fin, se lo reconocía.

Más de siete décadas después de publicada su única novela, y a casi 40 años de aquella noche, el aplauso resuena con igual fuerza. Quizá porque Jardín sigue invitándonos a deambular por sus páginas, en ese vasto territorio que Dulce María Loynaz creó y que hoy nos pertenece a todos.
