
La geografía adquiere sentido moral, cuando la historia irrumpe en sus parajes: una batalla, un desembarco, una derrota, un pacto traidor, una protesta, un grito durante muchos años anónimo de «aquí no se rinde nadie», pero que finalmente halló cuerpo y voz, un abrazo de «ahora sí ganamos la guerra» cuando apenas quedaban tres fusiles. Cintio Vitier nos enseñó a entender esa relación misteriosa de la poesía y los actos, de la naturaleza y la historia, que copa cada espacio del territorio que habitamos y lo convierte en Patria. En su libro Ese sol del mundo moral descubre el instante superior de esa relación en el relato de una muchacha que fue protagonista y testigo de la historia la noche del 25 de julio de 1953, en la Granjita Siboney:
«Aquella noche fue la noche de la vida –recordaba Haydée Santamaría– porque queríamos ver, sentir, mirar todo lo que tal vez nunca más miraríamos, ni sentiríamos, ni veríamos. Todo se hace más hermoso cuando se piensa que después no se va a tener. Salíamos al patio, y la luna era más grande y más brillante; las estrellas eran más grandes, más relucientes; las palmas, más altas y más verdes».
Haydée no dejaba de mirar a Abel, a Fidel, y sabía que algunos, quizá ella misma, tendrían que morir. Cintio entonces concluye: «La naturaleza y el hombre, la belleza y el bien, se fundían en esta mirada (…) en aquel umbral del peligro y de la muerte».
Pero no fue la única vez. No existen fotos de aquel momento. Solo palabras que se desplazan al leerlas como imágenes en movimiento. Las fotos vendrán después, y son terribles. Hombres caídos, o heridos y luego asesinados, como José Luis Tassende, erguido en un rincón del Hospital Civil, que mira sin miedo a la cámara, la misma mirada que veremos años después en el Che herido de La Higuera. Del tirano vendría la orden: por cada soldado caído en combate, asesinar a diez prisioneros. Siempre se equivocan los cobardes, las ideas no se matan.
Pero aquella muchacha que en la noche primera se extasiaba ante la belleza de la naturaleza, que era también la de sus compañeros de combate, recibió en la celda que compartía con Melba, el castigo más cruel: hasta allí llevaron los ojos de Abel, su hermano, porque mirar de frente la verdad y la belleza era delito, y los restos de los genitales cercenados de su novio Boris Luis Santa Coloma. Pero no habló. La historia de Cuba es pródiga de ejemplos supremos. Céspedes no accedió a deponer las armas cuando a cambio le ofrecían la vida de su hijo prisionero: «Oscar no es mi único hijo, lo son todos los cubanos que mueran por nuestras libertades patrias», respondió. Y se convirtió en el Padre de la Patria. Como aquella mujer que entregó a la gesta independentista, uno a uno, a todos sus hijos, y cuando le dijeron que había muerto el mayor, instó al pequeño a tomar su lugar. Por eso Mariana es hoy la Madre de todos los cubanos. Martí, que llevaba el anillo de compromiso con la Patria, fundido con el hierro de las cadenas que laceraron para siempre su tobillo adolescente en las canteras de San Lázaro, su traje pobre y sus zapatos descocidos, fue el Apóstol de la independencia, el autor intelectual del ataque al cuartel Moncada. No dejaron que Fidel tuviera en prisión sus obras, pero no importó. Él lo dijo: «Traigo en mi corazón las doctrinas del Maestro y en el pensamiento las nobles ideas de todos los hombres que han defendido la libertad de los pueblos». Y otra vez la mirada en una foto icónica, esta vez doble: Fidel erguido, desafiante, con los ojos puestos en la Revolución que entonces muchos creían imposible, y en la pared, tras él, levemente inclinado, como para ver mejor, un dibujo de Martí. Ellos defendían su legado, su vigencia, en el año de su centenario.
Melba y Haydée son retratadas juntas tras los barrotes de la cárcel, ellas son las mujeres del Moncada. En la Isla que nos quisieron arrebatar con la Enmienda Platt y que después los rebeldes la llenarían de escuelas y de estudiantes cubanos, latinoamericanos, árabes y africanos y la llamarían «de la Juventud», estuvieron presos los sobrevivientes. Hay fotos. En una de ellas, un muchacho muy delgado, de pulóver blanco, mira fijo a la cámara. Sus ojos entreabiertos, más que mirar, sueñan. Es Raúl, el hermano menor de Fidel, el mismo que sostuviera la bandera cubana en 1952 durante el entierro simbólico de la Constitución del 40, y que bajara la escalinata de la Universidad en enero de 1953, en la primera marcha de las antorchas que homenajeara a Martí. Algunos de ellos, meses después, asaltarían el cuartel Moncada. Era un grupo de jóvenes que en sigilo se había preparado, como diría Cintio Vitier, «para realizar el acto –lo único “grande” que se podía hacer “aquí”–, que barrería el círculo vicioso de las palabras y las “actitudes”, para abrir por la brecha de la dignidad, el coraje y el sacrificio la posibilidad de la lucha revolucionaria definitiva». Dicho en palabras de Fidel: «Era necesario enarbolar otra vez las banderas de Baire, de Baraguá y de Yara. Era necesaria una arremetida final para culminar la obra de nuestros antecesores, y esta fue el 26 de Julio (…) Era necesario formar de nuevo el Ejército Mambí».
La dialéctica de lo posible y lo imposible había recorrido la historia de Cuba: los reformistas, desconfiados del pueblo, creían que lo posible era la autonomía o en su lugar la anexión, y la historia demostró que el único camino posible era la independencia; los neocolonizados de la República trunca pensaban que no era posible enfrentar al ejército y a los norteamericanos, y la generación del Centenario demostró que lo justo y lo posible, era precisamente desafiar el imposible. Donde no hay imposibles que vencer no hay revolucionarios. El Che lo explicaría así, de manera escueta, en el Diario de Bolivia: el 26 de julio fue «una rebelión contra las oligarquías y contra los dogmas revolucionarios».
De la cárcel, amnistiados por la presión popular, salen hacia México, donde se reagruparían los combatientes, algunos nuevos, como ese argentino asmático llamado Ernesto Guevara de la Serna, que Raúl y Ñico López presentarían a Fidel. En México se reunirían algunos de los combatientes más relevantes de la lucha que vendría, entre ellos Juan Almeida, Ramiro Valdés, Jesús Montané, Pedro Miret, Julio Díaz, Armando Mestre, hombres del Moncada y del Granma. «Si salgo, llego; si llego, entro; si entro, triunfo», dirá Fidel. Años después, al partir hacia «otras tierras del mundo», el Che Guevara escribiría estas palabras ampliamente conocidas:
«Me recuerdo en esta hora de muchas cosas, de cuando te conocí en casa de María Antonia, de cuando me propusiste venir, de toda la tensión de los preparativos. Un día pasaron preguntando a quién se debía avisar en caso de muerte y la posibilidad real del hecho nos golpeó a todos. Después supimos que era cierto, que en una revolución se triunfa o se muere (si es verdadera). Muchos compañeros quedaron a lo largo del camino hacia la victoria».
La muerte, no como fin, sino como posibilidad en la dura y heroica tarea de rescatar la vida, la patria; la patria o la muerte, como Fidel dijera después, siempre con la convicción de la victoria. Durante la travesía, un hombre cayó al mar. Fidel ordenó detener los motores e iniciar la búsqueda, a pesar del riesgo que ello significaba. Desde entonces quedó claro: la vida de un hombre valía tanto como la de todos los hombres. En Alegría del Pío, delatados y sorprendidos por el ejército, se derramó la primera sangre. Y Almeida selló con su grito el destino de aquellos hombres, del pueblo cubano, que jamás se rendiría. Los expedicionarios se dispersaron, hasta que Raúl y Fidel se reencontraron en Cinco Palmas. Después del abrazo, el diálogo entre los hermanos es parte de la historia:
–¿Cuántos fusiles traes? –preguntó Fidel
–Cinco –respondió Raúl
–¡Y dos que tengo yo, siete! ¡Ahora sí ganamos la guerra!
Muchos años después Raúl dijo: pensé que mi hermano estaba loco. Y era cierto, aquellos hombres y mujeres padecían la locura asertiva de los revolucionarios, de los que cambian el mundo. La habían heredado de Mella, de Guiteras, de Martí, de Maceo, de Céspedes. Era la generación del Centenario de Martí, al que no dejaron morir. Nosotros somos la generación (en singular, porque todas las edades caben en esa definición) del centenario de Fidel. Somos los hijos de Fidel, de aquel 26 de julio, de las victorias y las derrotas de una Revolución que se inició en 1868 y nunca claudicó, de los imposibles vencidos, de los sueños cumplidos y por cumplir. No nos detendremos.
