IA, una revolución que ya está aquí, ¿a qué costo?
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IA, una revolución que ya está aquí, ¿a qué costo?

La inteligencia artificial (IA) dejó de ser una promesa tecnológica. Interviene en oficinas, fábricas, comercios, servicios, medios de comunicación y plataformas digitales. Su expansión está modificando la organización del trabajo y el contenido de numerosas ocupaciones. Automatiza tareas, procesa grandes volúmenes de información y permite realizar en segundos actividades que antes requerían horas de trabajo humano.

 

 

Screenshot. Imagen generada con IA

Es cierto que el cambio abre un abanico inmenso de oportunidades, pero también plantea un problema central: qué ocurrirá con los trabajadores cuando una empresa pueda hacer lo mismo con menos personas.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que uno de cada cuatro empleados se desempeña en ocupaciones que tienen algún grado de exposición a la IA generativa; aunque lo más probable es que se transformen y no que desaparezcan totalmente.

Nuevamente la tecnología marca la pauta de los cambios. Como en su tiempo sucedió con la máquina de vapor, ya nada será lo mismo después de la IA.

 

Menos puestos, nuevas ocupaciones

A pesar de los riesgos, los expertos afirman que la automatización no necesita eliminar una profesión completa para reducir el empleo. Basta con que una parte significativa de sus tareas pueda ser ejecutada por sistemas inteligentes.

Un departamento administrativo, por ejemplo, puede necesitar menos empleados para cumplir eficientemente con su encomienda. Un centro de atención al cliente puede automatizar buena parte de sus respuestas. Una empresa puede utilizar IA para elaborar documentos, analizar datos o generar contenidos que antes demandaban equipos completos.

El Foro Económico Mundial calcula que, como consecuencia de las transformaciones económicas y tecnológicas, hasta el 2030 podrían crearse 170 millones de puestos de trabajo y desplazarse 92 millones. El saldo global sería positivo, pero eso no significa que quienes pierdan su empleo puedan ocupar automáticamente los nuevos puestos.

Los empleos que desaparecen y los que surgen no exigen necesariamente las mismas competencias, no se encuentran en los mismos territorios ni ofrecen iguales salarios o condiciones. Por ello, hablar de un saldo positivo de empleos puede ocultar una realidad mucho más compleja: millones de trabajadores tendrán que adaptarse a cambios ante los cuales no todos dispondrán de igual oportunidad.

 

Trabajar más rápido

La amenaza no termina con los puestos que pueden desaparecer. La IA también puede modificar la intensidad del trabajo. Una herramienta que reduce a la mitad el tiempo necesario para realizar una tarea puede convertirse en una oportunidad para descansar, reducir la jornada o asumir actividades de mayor valor. Pero también puede producir el efecto contrario.

 

 

Screenshot. Imagen generada con IA

El trabajador no necesariamente trabaja más horas; sino a mayor velocidad, con menos pausas y bajo una presión constante por alcanzar objetivos crecientes.

No por gusto la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha alertado acerca de la intensidad laboral, la recopilación de datos y la desigualdad en los lugares de trabajo donde se utiliza IA.

A ello se suma la disponibilidad permanente que favorecen las tecnologías digitales. Cuando una herramienta permite responder, producir o supervisar en cualquier momento, también aumenta el riesgo de que las fronteras entre jornada laboral y tiempo personal se vuelvan cada vez más difusas.

 

El algoritmo como decisor

La IA también está entrando en un terreno especialmente sensible: la gestión de los trabajadores. Sistemas automatizados pueden distribuir tareas, establecer prioridades, medir resultados, seleccionar candidatos o evaluar desempeños.

Esto introduce una nueva forma de poder laboral: dictámenes que antes tomaba una persona pueden quedar determinados por un sistema tecnológico cuyo funcionamiento el trabajador desconoce.

El nuevo “decisor” carece, por ejemplo, de sentimientos como la empatía algo que, para bien o para mal, ha marcado hasta ahora las relaciones humanas.

Surgen entonces preguntas esenciales. ¿Qué criterios utiliza el algoritmo? ¿Qué información recopila? ¿Puede el trabajador conocer y cuestionar una evaluación automatizada? ¿Quién responde cuando el sistema se equivoca?

La llamada gestión algorítmica obliga a actualizar derechos laborales que fueron concebidos para una organización del trabajo muy diferente.

 

 

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Desafío mayor para el Sur Global

La transformación no tendrá los mismos efectos en todos los países. Las economías con mayor infraestructura digital, capacidad científica y acceso a capital están mejor posicionadas para aprovechar la productividad asociada a la IA. Muchas naciones del Sur Global, en cambio, enfrentan limitaciones tecnológicas, educativas y financieras.

La brecha digital ampliará la laboral. Para los países menos desarrollados, el desafío de incorporar IA trasciende la incorporación de las nuevas tecnologías. Es necesario desarrollar capacidades propias, formar trabajadores y proteger los empleos durante la transición.

La educación y la capacitación permanente adquieren una importancia estratégica y no pueden convertirse en la excusa para trasladar toda la responsabilidad al trabajador. Si una empresa introduce una tecnología que transforma una ocupación, también debe asumir responsabilidades en la formación y recolocación de su personal.

 

 

¿Qué toca a los sindicatos?

Los sindicatos tienen ante sí un desafío enorme. No va de romper las herramientas de trabajo, como otrora. Ahora se trata de participar en la toma de decisiones que influyen en las condiciones en que se incorpora el desarrollo tecnológico.

La primera regla debería ser sencilla: ninguna transformación tecnológica que afecte al trabajo puede quedar fuera de la negociación colectiva.

Los sindicatos pueden exigir información anticipada sobre los sistemas de IA que serán introducidos y sus posibles efectos sobre las plantillas. También pueden negociar garantías frente a los despidos tecnológicos, planes de capacitación y recolocación, protección de salarios y mecanismos para revisar decisiones automatizadas.

La jornada laboral es otro campo fundamental. Si la tecnología aumenta la productividad, sus beneficios no deberían traducirse exclusivamente en mayores ganancias empresariales. Pueden utilizarse para reducir tiempos de trabajo, mejorar salarios, ampliar la formación y elevar la calidad del empleo.

Igualmente importante será establecer límites a la vigilancia digital y garantizar el derecho a conocer los criterios con los cuales los algoritmos evalúan a los trabajadores.

La negociación colectiva debe incorporar, por tanto, nuevos asuntos: datos, algoritmos, privacidad, vigilancia, capacitación, desconexión digital y reparto de las ganancias de productividad.

 

¿Progreso para quién?

La historia demuestra que las grandes transformaciones tecnológicas pueden liberar al ser humano de tareas pesadas y elevar extraordinariamente la productividad. También enseña que sus beneficios no se distribuyen de manera automática.

La IA puede convertirse en una herramienta para trabajar menos y mejor. O puede servir para producir más con menos trabajadores y someter a quienes permanecen a ritmos cada vez mayores. La diferencia dependerá de las reglas que se establezcan. Por eso el debate sobre inteligencia artificial no es exclusivamente tecnológico. Es también económico, político y laboral.

La pregunta decisiva no es si la IA sustituirá determinadas tareas. Inevitablemente lo hará. La cuestión es quién asumirá los costos de esa transformación y cómo se distribuirán los beneficios. Demostrado está que en esa disputa, los trabajadores y sus organizaciones no pueden ser simples espectadores.

 

 

       Empleos bajo presión de la IA

  • Entrada y procesamiento de datos: digitadores, operadores de bases de datos y auxiliares administrativos.
  • Cajeros y taquilleros: funciones de cobro, emisión de boletos y atención automatizada.
  • Empleados bancarios: operaciones rutinarias de ventanilla y procesamiento de transacciones.
  • Secretarias y asistentes administrativos: gestión de agendas, documentos, correos y trámites.
  • Trabajadores postales: clasificación y procesamiento de correspondencia.
  • Contables y auditores: especialmente las tareas rutinarias de registro, conciliación y análisis documental.
  • Agentes de atención al cliente: consultas estandarizadas que pueden ser atendidas por asistentes virtuales.
  • Traductores y redactores de contenidos básicos: producción y traducción de textos estandarizados.
  • Diseñadores y productores de contenido digital: determinadas tareas de creación, edición y adaptación de imágenes, audio y video.
  • Programadores en tareas rutinarias: generación, revisión y documentación de código en trabajos de menor complejidad.
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