
Foto: Periódico Invasor
El eco de la tinta y la impronta de la verdad se silenciaron con el fallecimiento de Héctor E. Paz Alomar, periodista fundador de Invasor y uno de los pilares éticos y profesionales del gremio en la provincia y el país.
Su muerte deja un vacío irremplazable en las redacciones y en el corazón de quienes aprendieron a mirar la realidad a través de sus ojos críticos y su lente fotográfico.
Nacido en 1943 en esta misma ciudad, Paz Alomar forjó una vocación que no se limitó a las aulas. Aunque era Licenciado en Periodismo, su verdadera escuela fue la calle, el archivo polvoriento, la entrevista paciente y el cuarto oscuro del revelado.
Su trayectoria, de más de cuatro décadas, se distinguió por un rigor poco común, una ética a prueba de titulares y un dominio cabal de los géneros periodísticos. No hubo nota, reportaje o crónica que escapara a su pluma certera, ni instante fugaz que no capturara con su cámara, porque en él convivían el reportero y el fotógrafo en perfecta simbiosis.
Paz Alomar fue un maestro en el sentido más amplio de la palabra. Generaciones de periodistas avileños, desde los más veteranos hasta los más jóvenes, lo reconocieron como referente obligado, como el consultor que siempre tenía una frase justa, un dato exacto o un consejo oportuno.
Su militancia en la Unión de Periodistas de Cuba, donde ocupó diversos cargos de responsabilidad, fue el reflejo de su compromiso con el colectivo y con la defensa de un periodismo de servicio.
Investigador acucioso de la historia local, dedicó sus últimos años a desentrañar los secretos de la identidad avileña. Sus trabajos, minuciosos y documentados, se han convertido en fuente ineludible de consulta para tesis, investigaciones y todo aquel que busque comprender el alma de esta tierra.
Los reconocimientos a su obra son tan numerosos como merecidos. Entre las distinciones más significativas que atesora su legado brillan el título de Hijo Distinguido de la Provincia de Ciego de Ávila y la condición de Vanguardia Nacional, galardones que hablan de su entrega total a la comunidad y a la excelencia laboral. A ellos se suman múltiples lauros otorgados por la UPEC a lo largo de su fecunda carrera y la atención esmerado al sector azucarero, por el cual obtuvo el título de Maestro del azúcar, único con ese lauro en el territorio avileño.
Siguiendo su voluntad, sus restos fueron cremados y sus cenizas depositadas en el cementerio de la ciudad, en un acto íntimo y familiar. Su memoria, sus enseñanzas, su palabra escrita y su mirada fotográfica quedarán para siempre impresas en las páginas de Invasor y en la historia del periodismo cubano.

