5 de Septiembre

Hablemos de Eduardo Robreño

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Quienes lo conocieron, lo recuerdan con su desbordante cubanía, conocedor de los más disímiles acontecimientos, y capaz de contagiar a su interlocutor, con su conversación de magistrales tintes

Hay personas que son enciclopedias andantes, verdaderos reservorios de cultura. El conocimiento que atesora su memoria –con exactitud de fechas, detalles, coincidencias y rasgos de quienes protagonizaron cada historia sabida– se engrandece si están dotadas también de un verbo poderoso, que describe o narra los hechos con la palabra exacta, para sacar afuera lo que dentro se preserva.

Una de estas personalidades, que hicieron del centro de su conocimiento la cultura cubana, fue el doctor Eduardo Robreño Duprey –escritor, periodista, comentarista cultural, profesor, y crítico– nacido en La Habana, el 23 de septiembre de 1911 y fallecido el 24 de junio de 2001.

No fue para sí que guardó la erudición que llegó a alcanzar. Fue pasión suya multiplicarla en las tantas conferencias que impartió, o desde la cabina de la radio o un programa televisivo, o entre amigos y conocidos, o hacer que quedaran en no pocos libros, entre ellos, y por solo citar algunos, Como me lo contaron, te lo cuento; Cualquier tiempo pasado fue…, y Como lo pienso, lo digo.

No por azar lo sedujo el teatro. Su linaje natural estaba constituido por personalidades con desempeños dentro del mundo de las tablas y fue él dado a historiar los sucesos de antaño que tuvieron lugar en ese entorno, que le ganó también el gusto por escribir obras dramáticas.

Quienes lo conocieron lo recuerdan con su desbordante cubanía, conocedor de los más disímiles acontecimientos populares y cultos, y capaz de contagiar a su interlocutor, por esa magia cómplice que se produce cuando el hablante conoce los rasgos fundamentales del auditorio al que se dirige.

Se cuenta de él que, en el trato más cercano, este genuino conversador ponía a disposición de quien lo interpelara sus saberes, sin el menor gesto de pedantería, como si entendiera como un deber ofrecer en bandeja de plata la disolución de la duda ajena, la entrega de sus desvelos alcanzados desde el estudio constante y la disciplina.

Robreño falleció a pocos meses de cumplir 90 años. Por su contribución a la cultura de la Patria, mereció la Distinción por la Cultura Nacional, la Medalla Alejo Carpentier y, póstumamente, la Orden Félix Varela. Quedan personas que lo conocieron, pero a Robreño, y a la utilidad de su virtud, en pos de atomizar la belleza de nuestra cultura, deben conocerlo también las nuevas generaciones de cubanos, conscientes del valor que tiene, para el espíritu, preservarla.

Quienes, en honor a la fecha, lo recuerden hoy, habrán contribuido al homenaje, ese que entraña no enterrar en el olvido a nuestros maestros. Si su digno nombre exhorta a mayores miramientos, los 25 años que ya transcurren desde su deceso no serán sino un motivo para entenderlos como un adiós natural, pero nunca como una absoluta despedida.

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