
El dos de octubre de 1932 nació en La Habana en el seno de una familia humilde Antonio López Fernández. Su padre fue chofer de ómnibus y transportaba mercancías con un camión en el Mercado Único con el que se ganaba la vida malamente.
Inicialmente recibió clases en su propio hogar y luego estudió en una escuela pública. Sólo cursó hasta el tercer grado de la enseñanza primaria, ya que tuvo que abandonar la escuela para colaborar con el sostenimiento de su hogar.
Mientras tanto “Ñico” como le decían desde pequeño ayudaba a su padre. También realizaba múltiples trabajos: venta de billetes de lotería, limpieza de pisos, ayudante de albañil y en las tarimas del mercado vendiendo frutas. También se empleó en la tienda “El Machetazo”.
De la tienda se marchó por no soportar la explotación a la que estaban sujetos, tanto él como sus compañeros de trabajo.
Tenía un recio carácter, que lo llevaba a no aguantar actos equivocados y a criticar duramente a los compañeros que cometían errores de conducta.
Muy joven, apenas 15 años se incorpora a la juventud ortodoxa, tras la fundación del Partido del Pueblo Cubano (ortodoxo), con una destacada en las actividades y oponiéndose siempre a los elementos más conservadores que trataban de ocupar el liderazgo después de la muerte de Chibás. Para enfrentarse a ellos creó una fracción dentro del partido que se denominó Los de Abajo.
Cuando en 1952 se produjo el golpe de estado de Fulgencio Batista, comenzó a reunirse con el grupo de jóvenes que seguían las ideas de Fidel Castro sobre la necesidad de llevar adelante la lucha revolucionaria.
Ñico, estuvo responsabilizado con el asalto al cuartel “Carlos Manuel de Céspedes” de Bayamo el 26 de julio de 1953.
Tras fracasar el intento de ocupar el cuartel Carlos Manuel de Céspedes, pudo escapar de la represión desatada por las fuerzas enemigas.
Logró esconderse en la casa de unos amigos en La Habana y después de diversas gestiones salió rumbo a Guatemala. Allí conoció a Ernesto Guevara de la Serna, a quien le comentó sobre los hechos del 26 de julio de 1953 y supo de la existencia de Fidel Castro, jefe del asalto al Cuartel Moncada, en la ciudad de Santiago de Cuba. Además le entregó un ejemplar de la primera edición clandestina de La Historia me Absolverá que recogía el alegato de autodefensa de Fidel durante el juicio que enfrentaron los moncadistas.
En mayo de 1955 regresó a Cuba. Se vinculó nuevamente con Fidel Castro quién había sido liberado del presidio Modelo, en Isla de Pinos.
En julio de 1955 Fidel salió hacia México, Ñico continuó durante unos meses en Cuba preparando las condiciones para llevar adelante la lucha revolucionaria. En ese mismo año él también va México a reunirse con Fidel y los demás compañeros que comenzaron a entrenarse militarmente para retornar a Cuba.
El dos de diciembre de 1956 Ñico López llegó otra vez a Cuba al formar parte de los 82 expedicionarios que viajaron en el yate Granma desde el puerto mexicano de Tuxpán.
Tres días más tarde los combatientes revolucionarios en Alegría de Pío, fueron atacados en forma sorpresiva por soldados de la dictadura.
Durante varios días, Ñico, en unión de varios compañeros, estuvieron recorriendo la zona tratando de eludir la persecución de las fuerzas de la tiranía y de reagruparse con Fidel en las montañas de la provincia de Oriente.
Una persona residente en la zona se ofreció para ayudarlos a buscarles un guía y que pudieran internarse en la Sierra Maestra, pero en verdad los denunció al Ejército enemigo. Ñico y sus compañeros cayeron en la trampa.
Fue capturado y finalmente asesinado junto a otros expedicionarios en Boca del Toro, a unos kilómetros del entonces central Pilón, en la provincia de Oriente.
De su labor y actitud en aquellos años, expresó su amigo y compañero de lucha Raúl Castro:
(…) basta recordar cómo lo vimos en una oportunidad con doscientos pesos del Movimiento incipiente en los bolsillos y verlo caminar cuadras y cuadras, por ahorrarle los seis centavos del pasaje al Movimiento; basta recordarlo haciendo esos recorridos con sendos agujeros en sus gastados zapatos cubiertos con un cartón, cosas que sabemos por convivir con él no porque las pregonase; basta recordarlo tomándose un café con leche, como único alimento, en cualquier cafetín habanero, al final de cada jornada, a altas horas de la noche, y teniendo en el bolsillo dinero del Movimiento; basta recordarlo emprendiendo dentro de cualquier reunión una crítica firme y fraterna contra todos los errores y debilidades que los demás pudiésemos cometer; y basta recordarlo irreductible, incorruptible, en la postura que mantuvo hasta el día de su muerte (…)
Fuentes consultadas
Tribuna de la habana /Ecured/ Juventud Rebelde
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