
Foto: Tomada de Mubi
Durante años recientes, al calor de la energía liberadora de las redes sociales y el movimiento #MeToo, se puso sobre el tapete un baldón eterno de Hollywood: la manipulación, el abuso y el uso a conveniencia de las actrices, fundamentalmente desde el plano sexual, aunque también desde otros ángulos.
La historia del cine estadounidense arrostra en su backstage, en sus entretelones, la cuita eterna de la discriminación de género, el machismo y una misoginia cerval dictada por la política ultrapatriarcal de los directivos de las majors o grandes estudios.
A la pantalla asomaba la magia, el divertimento, la gracia, a lo largo de hora y media de evasión, pero dentro del camerino, en las mansiones de Los Ángeles, en las ricas casas de cita, en los hoteles de ciudades contiguas o hasta debajo o arriba de los burós de las propias oficinas, los dueños de los estudios cambiaban papeles por sexo.
Y las obligaban a adoptar sus decisiones: marcadas por el olfato mercantil; casi nunca por lo artístico, con excepciones planteadas en busca de estatuillas doradas.
De este sino se escaparon muy pocas. Hasta grandes divas como Bette Davis y Joan Crawford debieron sucumbir a las ordenanzas masculinas de los hermanos Warner u otros magnates, de esos de los cuales hablara F. Scott Fitzgerald en su inacabada The Love of the Last Tycoon, llevada al cine por Elia Kazan en 1976 y luego en el serial de Amazon Prime Video.
En la serie Feud: Bette and Joan, vista en Cuba, su creador, Ryan Murphy, ejecuta una obra audiovisual signada por la resignificación de códigos y la articulación de un sistema de subtextos que abjura tanto de algunos de los propios mecanismos de construcción/representación genérica, como del ideario social establecido tras la sujeción a patrones ideológicos condicionados y formas de conducta con arreglo a lo políticamente correcto cultivados en laboratorio por los tanques pensantes del sistema.
Él ha tejido aquí la más directa parábola que, sobre el servilismo históricamente impuesto a las actrices en La Meca, se haya hecho en cuanto va de siglo.
La rivalidad (el feud del título) entre la Davis y la Crawford, cual bien explicita Murphy aquí, no se sostuvo tanto a causa de un desdén personal innato, que lo hubo, como del atizar rencillas e incordiar a seres humanos en busca del sensacionalismo cotillero hollywoodino alentado en buena parte de los casos por los propios productores: algo todavía empleado en la actualidad en muchos ámbitos y no solo dentro del universo del cine.
La metacinematográfica serie del creador de American Horror Story se ambienta, de manera esencial, durante los días de filmación de la película Qué pasó con Baby Jane (1962), protagonizada por Bette y Joan, bajo la dirección de un Robert Aldrich (Doce al patíbulo) en horas bajas.
Se trataba de un momento bien difícil en la vida profesional de ambas intérpretes, pues, pasados sus años de juventud, luchaban a brazo partido por mantener un lugar dentro de una industria que no perdonaba entonces (ni ahora) las arrugas.
Ambas pasaban los 50, leso pecado contra el cual no servían de antídoto ni siquiera los Oscar exhibidos en la sala del hogar. Inevitable recordar a Sunset Boulevard, el clásico de Wilder.
Feud: Bette and Joan, inspirada en la novela de Jaffe Cohen y Michael Zahn, trabaja bien con el factor desesperación que recorre este arco histórico de esas divas. Murphy, sagaz director de actrices (quien cuenta aquí con dos inmensas Susan Sarandon y Jessica Lange en los roles centrales respectivos de la Davis y la Crawford), estampa un escrutinio del sufrimiento, la humillación, soledad e inseguridad experimentadas por dos máximas glorias del Hollywood clásico, en tanto consecuencia del ruin trato de la industria y el rechazo del star system a la mujer madura.
Cine dentro del cine, adscrito en su objetivo a la estética fílmica de la época aludida, ciertos engolamientos visuales, amaneramientos estilísticos, propensiones camp y caricaturas dramáticas forman parte intencionada del acercamiento a un mundo ya decadente a la sazón no solo en el orden moral, sino además en el técnico.
Murphy reconcibe con pericia el fin de una era (no solo la de las dos divas; sino la de todo un status quo dentro de Hollywood), e inicio de otra de cambios tecnológicos, nuevos paradigmas en los estudios, tendencias inéditas, epifanía (la primera) de la televisión… Lo hace de la manera idónea: cual sucesivas capas de complemento informativo y apoyatura subtextual que en ningún caso menguan el ecuador dramático de Feud: Bette and Joan.
Quizá esta serie le resulte algo difícil de metabolizar a las nuevas generaciones de espectadores, no solo a causa de su sentido meta; sino por el alejamiento actual de estas hornadas a la época de marras, esos ídolos y específicamente a la película Qué pasó con Baby Jane.
No obstante, sería formidable que hicieran un esfuerzo en apreciarla, por varias razones. Además de ver en su mejor forma a un creador tan extremadamente irregular como Ryan Murphy y a dos actrices supremas que disfrutan cada fotograma de lo rodado como la Sarandon y la Lange (más una pléyade de secundarios geniales), por el hecho de sumar elementos factuales a su cultura cinematográfica y aprehender varias de las constantes históricas de una industria que fue desde su surgimiento un feudo de grandes machos alfa, quienes no solo hicieron cuanto quisieron con sus actrices, sino además con sus guionistas.
El único problema de Feud: Bette and Joan es el sesgo tautológico de los prescindibles últimos capítulos, en los que las ideas son subrayadas y la narración manifiesta signos de cansancio.
Quizá la innecesaria elongación de Murphy pueda deberse a que la cadena FX le pidiese la cantidad de capítulos necesaria para satisfacer compromisos de parrilla. Si esta hubiese sido la razón, no debió acceder.
Lo anterior, empero, no es ni de lejos óbice para demeritar un trabajo general sugerible en muchos sentidos para el espectador.


