Hablar de la transformación de la familia cubana exige comenzar por una constatación: la principal radiografía estadística disponible sobre los hogares pertenece a otro momento histórico.
El Censo de Población y Viviendas de 2012 permitió conocer cómo estaban organizadas las unidades domésticas del país. Reveló quiénes convivían, qué relaciones de parentesco existían dentro del hogar y cuál era la posición de cada integrante respecto al jefe o jefa de la vivienda.
Aquella información permitió constatar un rasgo hasta entonces característico de la sociedad cubana: la importancia de los hogares donde convivían varias generaciones y donde los vínculos familiares funcionaban como redes de apoyo.
Foto: tomada de Razones de Cuba
Pero esa imagen pertenece a la Cuba de hace más de una década.
Desde entonces, el país ha experimentado una aceleración de tres procesos que modifican profundamente la organización familiar: un envejecimiento poblacional cada vez más marcado, una fecundidad persistentemente baja y un movimiento migratorio que ha separado físicamente a numerosos núcleos familiares.
Por eso, la pregunta actual ya no es solo cuántas personas integran un hogar, sino qué funciones cumple cada generación dentro de una familia, que puede estar distribuida entre diferentes territorios.
La estructura demográfica cubana está modificando la relación entre generaciones.
Durante décadas, la familia podía distribuir responsabilidades entre varios adultos jóvenes y generaciones intermedias. Pero cuando hay menos nacimientos y aumenta la proporción de personas mayores, cambia el equilibrio interno ya que entonces hay menos descendientes disponibles para asumir tareas de apoyo, y más personas que pueden requerir acompañamiento.
Foto: Roly Montalván /Tribuna de La Habana
Cuba se encuentra entre los países con mayor envejecimiento en América Latina. Más de la cuarta parte de la población cubana tiene 60 años o más, y esta transformación no significa únicamente que haya más personas mayores, sino que cambia la organización económica y afectiva del hogar.
Y es esa organización la que decide quién acompaña a un adulto mayor enfermo, quién cuida a un niño pequeño, quién aporta ingresos, quién administra una vivienda y quién sostiene emocionalmente a quienes atraviesan dificultades.
El envejecimiento convierte así a las familias en un espacio donde se redistribuyen permanentemente responsabilidades.
Vínculos familiares que se transforman
Para comprender esa transformación desde dentro hay que acudir a una de las voces más autorizadas del país, la doctora en Ciencias Psicológicas Patricia Arés Muzio.
Durante casi cinco décadas, la especialista investigó las familias cubanas e insistió en que no existe una única familia cubana, sino una diversidad de familias con distintas condiciones, recursos y formas de organización.
Arés explicaba que las estructuras familiares han cambiado debido a las transiciones demográficas, a las dinámicas sociales, a las consecuencias de la pandemia, las crisis económicas y, especialmente, a la emigración.
Foto: Joaquín Hernández /Xinhua
Su aporte resulta esencial porque permite comprender algo que las estadísticas no captan completamente: La familia cubana no solo está cambiando de tamaño, también está cambiando de funciones.
Uno de los fenómenos que más ha modificado la organización familiar cubana reciente es la emigración.
Desde una perspectiva demográfica, significa pérdida de población. Pero desde una perspectiva familiar significa redistribución de roles.
Patricia Arés ha señalado que esta última oleada migratoria ha generado ausencias importantes de figuras parentales y ha debilitado algunas funciones de protección y contención dentro de los hogares, generando así una nueva realidad: Familias separadas geográficamente, pero conectadas económica y emocionalmente.
Foto ilustrativa: tomada de magnific.com
Una madre puede vivir fuera del país y continuar tomando decisiones sobre sus hijos; un hijo emigrado puede sostener parte de los gastos de sus padres mayores; una abuela puede convertirse en la figura cotidiana de crianza.
La distancia física no elimina la familia, pero sí modifica sus mecanismos de funcionamiento.
Cuando el parentesco también es estrategia de supervivencia
Las relaciones entre generaciones no son únicamente afectivas. En la Cuba actual igual constituyen una red económica.
Los vínculos familiares permiten redistribuir recursos escasos: una persona mayor puede aportar ingresos mediante su pensión; una vivienda familiar puede convertirse en el espacio donde conviven varias generaciones; un hijo emigrado puede contribuir al sostenimiento de padres o hijos; mientras un abuelo que cuida nietos permite que otros adultos puedan trabajar.
Foto ilustrativa: DREAMSTIME
Esta economía familiar -igual marcada hoy por la existencia de pequeños y medianos negocios familiares y donde el cuidado, además, tiene un valor económico aunque no sea remunerado- resulta fundamental para comprender cómo sobreviven muchos hogares, sobre todo en la actual y muy difícil coyuntura.
La imagen tradicional del adulto mayor como receptor pasivo de ayuda resulta insuficiente para la realidad cubana.
Investigaciones sobre envejecimiento activo y relaciones intergeneracionales https://revistas.uh.cu/novpob han destacado la importancia de reconocer las capacidades, experiencias y aportes de las personas mayores.
Foto ilustrativa: tomada de rcm.cu
Porque en la práctica cotidiana cubana, muchos abuelos cumplen múltiples funciones que abarcan desde acompañar en la crianza, transmitir conocimientos, ayudar a sostener emocionalmente a la familia, hasta, en ocasiones, sustituir temporalmente a padres ausentes.
Pero en esa cotidianidad de los abuelos palpita una contradicción, porque la misma persona mayor que sostiene a otros puede necesitar, a su vez, apoyo para sí misma. Ese es uno de los grandes desafíos de una sociedad envejecida.
Nueva forma de entender la convivencia
El concepto tradicional de hogar resulta cada vez más limitado para explicar hoy la realidad cubana.
Porque una familia no siempre coincide con una vivienda. Puede estar dividida entre países y, no obstante, mantener relaciones económicas y emocionales constantes.
Puede tener integrantes que nunca comparten diariamente un espacio físico, pero que continúan participando en decisiones fundamentales.
Foto ilustrataiva: tomada de es.weforum.org
Por eso, la próxima actualización estadística de los hogares cubanos tendrá el reto mayor de no solamente contar personas, sino comprender redes familiares.
Para ello será necesario conocer con mayor precisión cuántas personas mayores viven solas; cuánto han aumentado los hogares unipersonales; cuántos hogares mantienen convivencia entre varias generaciones, y cómo cambió la composición familiar después del ciclo migratorio reciente.
La transformación familiar cubana coloca en primer plano una palabra: cuidado.
Patricia Arés ha señalado que las familias también necesitan condiciones para cumplir su función protectora, pues las crisis económicas afectan la convivencia, la atención a niños y adolescentes y la capacidad cotidiana de responder a necesidades básicas.
Sin dudas, la familia sigue siendo una de las principales redes de protección social, pero no puede asumir sola todas las tensiones acumuladas.
La Cuba que envejece necesita pensar no solamente en cuántas personas tendrá mañana, sino en cómo garantizará que esas personas puedan cuidarse mutuamente.
El gran cambio demográfico cubano no ocurre solamente en los registros estadísticos, también, y quizás sobre todo, sucede puertas adentro.
Está en la casa donde una abuela cría a sus nietos porque sus hijos emigraron, en el hogar donde una persona mayor vive sola, en la familia que mantiene comunicación a través de una pantalla, en quienes siguen unidos aunque ya no puedan vivir juntos.
Aún así, la familia cubana contemporánea no es menos familia por haber cambiado. Es una familia que se adapta a su nueva realidad: más envejecida, más dispersa y obligada a crear nuevas formas de autosostenerse y sostener sus vínculos.


