¿Exactamente qué significa “terrorismo de izquierda”? Según Donald Trump
CubaPeriodistas Portada

¿Exactamente qué significa “terrorismo de izquierda”? Según Donald Trump

(A propósito de la reunión convocada el 16 /7/26 por USA contra el “terrorismo trasnacional de izquierda extrema”)

Desde una perspectiva semiótica crítica, “terrorismo de izquierda” opera gracias a una distorsión ideológica dinámica entre hechos, sujetos y valores sometidos a la lógica de la burguesía. La palabra “terrorismo”, históricamente asociada con el uso sistemático de la violencia contra civiles para producir intimidación política, se desplaza de su densidad jurídica e histórica hacia una función puramente mediático-emotiva. El significado deja de depender de actos verificables para depender de identidades previamente estigmatizadas desde, por ejemplo, el macartismo. Son clasificaciones ideológicas donde la designación antecede a la prueba. Primero se estigmatiza al enemigo; después, cualquier conducta del enemigo confirma retrospectivamente la etiqueta. Se trata de una inversión característica de los discursos de polarización extrema: la identidad produce la culpabilidad y no al contrario. Sin descuidar que, también, es un plan de negocios.

En el diccionario imperial, cada nueva categoría criminal amplía presupuestos, multiplica licitaciones, justifica desarrollos tecnológicos y fortalece complejos industriales especializados en vigilancia, ciberseguridad, armamento y administración penitenciaria. La expresión “terrorismo de izquierda” no funciona únicamente como una categoría descriptiva. En el universo discursivo de Donald Trump y de quienes reproducen y radicalizan su retórica, constituye sobre todo un signo de satanización diseñado para inventar enemigos y reorganizar el campo de las percepciones, redistribuir los afectos colectivos y establecer una gramática de moral burguesa donde los adversarios dejan de ser interlocutores para convertirse en amenazas existenciales. Su eficacia no depende de la precisión conceptual, no les importa ni tienen capacidad intelectual para tanto; les encanta principalmente su extraordinaria capacidad para condensar miedos, prejuicios y ansiedades en una fórmula de apariencia evidente. Es un significante cuya potencia reside precisamente en su elasticidad estigmatizante. Puede abarcar desde organizaciones armadas hasta estudiantes universitarios, periodistas críticos, sacerdotes, monjas, sindicatos, movimientos feministas, ambientalistas, activistas antirracistas o cualquier forma de disenso susceptible de ser inscrita, por los fanáticos de las derechas, dentro de una narrativa de desestabilización nacional.

En esa arquitectura narrativa, “izquierda” tampoco designa una tradición intelectual o política específica. Desaparece la complejidad histórica de un conjunto heterogéneo de luchas sociales legítimas, corrientes filosóficas, sociales y económicas para transformarse en una esencia homogénea dotada de una voluntad maléfica única.

La diversidad interna queda abolida. Marxistas, liberales progresistas, socialdemócratas, ecologistas, organizaciones de derechos humanos o simples críticos del gobierno se diluyen dentro de una misma figura fantasmática. La izquierda deja de existir como pluralidad para convertirse en una abstracción amenazante cuya principal función consiste en explicar cualquier conflicto social como resultado de una conspiración permanente.

Ese procedimiento posee una eficacia comunicativa notable porque simplifica el mundo hasta hacerlo emocionalmente administrable. Allí donde existe la lucha de clases, desigualdades estructurales, disputas económicas, tensiones culturales o conflictos institucionales, aparece un relato único: la nación estaría siendo atacada por un enemigo interno que utiliza la protesta como fachada y el caos como estrategia. La complejidad desaparece. La incertidumbre encuentra un culpable. La ansiedad obtiene un rostro reconocible. La política deja de ser el espacio de la deliberación para convertirse en una guerra moral entre patriotas y enemigos infiltrados. Y lo pasan por la tele.

Donald Trump convirtió esa lógica en uno de los ejes fundamentales de su comunicación pública y de todas sus estratagemas de confusión tóxica. Su discurso rara vez desarrolla argumentos complejos porque no tiene el nivel intelectual; privilegia secuencias de signos altamente reconocibles capaces de producir adhesión inmediata. “Law and order”, “radical left”, “socialists”, “Marxists”, “terrorists”: cada una de estas expresiones funciona como un nodo semántico que organiza una cadena de asociaciones automáticas. El objetivo no consiste en demostrar, sino en activar estereotipos culturales previamente sedimentados, como lo sabía Goebbels, por décadas de anticomunismo, excepcionalismo estadounidense y narrativas de seguridad nacional. El mensaje más eficaz no es el más verdadero, sino el que conecta con emociones ya disponibles en la memoria colectiva.

Sus seguidores más fervientes intensifican ese mecanismo hasta convertirlo en una cosmovisión totalizante. Todo acontecimiento puede ser reinterpretado como evidencia del mismo complot. Una manifestación estudiantil deja de ser una protesta y pasa a constituir una operación terrorista. Una crítica periodística se transforma en sabotaje. Una decisión judicial adversa se presenta como conspiración ideológica. La realidad ya no corrige el relato; el relato absorbe la realidad. Desde la teoría semiótica crítica podría decirse que el código termina imponiéndose sobre la experiencia, de modo que los hechos únicamente adquieren significado si confirman la narrativa previamente establecida.

Esta estrategia posee además una dimensión performativa de enorme alcance. Nombrar reiteradamente a un conjunto de ciudadanos como terroristas modifica las condiciones de su percepción pública. La palabra no solo describe; autoriza. Habilita formas extraordinarias de vigilancia, exclusión, criminalización o violencia simbólica que, en circunstancias ordinarias, resultarían políticamente inaceptables. La etiqueta prepara el terreno para justificar respuestas excepcionales. El lenguaje construye el escenario donde determinadas prácticas de poder aparecen como inevitables e incluso virtuosas. La paradoja más profunda reside en que la inflación indiscriminada del concepto termina debilitando el significado histórico del propio terrorismo. Cuando toda oposición es terrorista, el terrorismo deja de nombrar una modalidad específica de violencia para convertirse en una agresión política universal. El resultado no fortalece la lucha contra la violencia organizada; la trivializa. La memoria de las víctimas reales queda subordinada a las necesidades tácticas de la confrontación ideológica.

En términos culturales, el éxito de esta fórmula depende menos de la información que de la intoxicación ideológica histórica. El miedo que ellos fabrican habitualmente necesita imágenes simples, personajes inequívocos y relatos lineales. La expresión “terrorismo de izquierda” ofrece exactamente esa economía narrativa: un villano absoluto, una comunidad inocente y un líder dispuesto a restaurar el orden perdido. Es una dramaturgia antes que un diagnóstico. Una mitología antes que una categoría analítica. El escenario perfecto para vender toda su mercadería de espionaje, seguridad y represión.

Por ello, comprender esta expresión exige desplazar la atención desde aquello que aparentemente designa hacia aquello que efectivamente produce. No se trata únicamente de preguntar quién se llama terrorista, sino qué transformaciones simbólicas ocurren cuando esa palabra circula con tanta intensidad e impunidad. La respuesta revela que estamos menos ante una descripción objetiva de la realidad que ante una sofisticada tecnología de producción de sentido criminalizante. Su propósito fundamental de guerra cognitiva consiste en reorganizar el mapa emocional de la sociedad, convertir la discrepancia en amenaza, sustituir el debate por la sospecha y hacer del lenguaje un instrumento de movilización permanente. En esa operación, el signo deja de iluminar el mundo para disciplinarlo; deja de explicar la política para fabricar enemigos; deja de servir al conocimiento para convertirse en una máquina de poder que administra el miedo como si fuera la materia prima de la gobernabilidad. Convierte al estigmatizado en su propio agente estigmatizador.

Imagen de portada: Reuters

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *