Relevancia histórica y cultural, vanidad, desafueros, convergen en torno a edificios icónicos de Belém y Manaos
La noticia circuló a finales del pasado julio: dos teatros, construidos en la Amazonía brasileña, fueron inscritos en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura). Agencias de noticias, periódicos, revistas, emisoras radiales, la TV, las redes sociales, difundieron la decisión de esa entidad y detallaron los valores de las edificaciones.
Se trata de magníficas obras erigidas en el siglo XIX, con el propósito de ofrecer espectáculos de ópera. Primero surgió el Theatro da Paz (1878), en la ciudad de Belém, o Belém do Pará, por estar junto al afluente de igual nombre. Casi 20 años después, en diciembre de 1896, abrió sus puertas en la urbe de Manaos el Teatro Amazonas. Ambos edificios sobresalen por su importancia histórica (constituyen evidencia de la prosperidad económica de la región en esa época, sustentada en la extracción y exportación del caucho) y cultural, pues -además de ser significativos exponentes de las corrientes arquitectónicas internacionales- acogieron a compañías operísticas y a representantes de otras vertientes artísticas, por ejemplo, el conjunto de ballet de Anna Pavlova.

¿Cómo nacieron esos símbolos de boato y poder, si las urbes que les dieron vida se encuentran muy distantes de los principales centros poblacionales del país? Rodeadas por la selva, carecían de autopistas, carreteras y transporte aéreo. En el entorno abundaba la buena madera, pero, ¿lo demás?
Llegaría por mar y por vía fluvial; ya había ocurrido así con materiales constructivos y objetos decorativos utilizados en los palacetes y establecimientos públicos de aquellas urbanizaciones, donde los ricos miraban hacia Europa en busca de progreso y confort.

Detrás del telón
Cercana a la costa, Belém contaba con accesos más expeditos. Quizás por eso pudo ser la primera en intentar transformarse en un lugar culturalmente civilizado, según las pautas del Viejo Continente.
No obstante, al encargar la construcción del Theatro da Paz, los promotores hicieron algunas concesiones debido a las circunstancias de un medio y un clima bien diferentes a los de Londres, Roma o París. Emplearon maderas locales, aceptaron las butacas de rejilla; el fresco pintado en el techo del gran salón mostraría a divinidades griegas en medio de la selva y en compañía de un jaguar.
Sobre los avatares del inmueble desde la aparición de los albañiles, en 1869, hasta la reforma que lo engrandeciera a principios del siglo XX, aporta abundantes datos la periodista e historiadora Roseane Silveira de Souza, en su artículo Teatro de la Paz: historias invisibles…

No solo es esta la primera casa de espectáculos erigida con recursos públicos en el territorio, a la par, es una muestra de malos manejos, pues “disputas por el poder entre los ingenieros, falta de planeamiento y de fiscalización, malversación del dinero” formaron parte de sus desventuras.
Oficialmente, la sala fue recibida el 13 de febrero de 1878 por el presidente de la provincia, João Capistrano Bandeira de Mello, quien la inauguró el día 15. “La noche de la apertura acudió en pleno […] el ‘pueblo elegido’ de Belém, como era calificada la clase alta en la prensa […] Alrededor del edificio los pobladores se aglomeraron para ver el movimiento de los carros y la llegada de los convidados”. La máxima autoridad provincial fue saludada “con cohetes y por una banda de música”. El programa inaugural incluyó la puesta en escena de la ópera Los dos huérfanos, del francés Adolphe d’Ennery, representada por una compañía de Pernambuco.
En el periódico O Liberal do Pará, el periodista José Veríssimo reseñó el evento: “No hay mal que dure siempre ni bien que nunca se acabe. Este pensamiento popular es de entera aplicación aquí […] el monstruo abrió las branquias a todos los que queríamos ver lo que pasaba en sus entrañas”.
Amén de irónico, el reportero criticó abiertamente el recinto: “En medio […] de aquel esplendor, solo una cosa era fea, el teatro […] interiormente está desnudo, sin arte, sin gusto, sin riquezas, sin lujo”.
De estilo neoclásico, el inmueble ha transitado por distintas etapas. De 1887 a 1890 permaneció sometido a reformas para subsanar deficiencias y engrandecer su ornamentación; el escenógrafo pernambucano Chrispim do Amaral y el pintor italiano Domenico de Angelis, formado en la Academia de San Luca (Roma), tuvieron un papel protagónico. Otro amplio rediseño acaeció de 1904 a 1905: “los palcos y la sala de espectáculos fueron remodelados”, se añadieron elementos decorativos y se perfeccionó el sistema de iluminación eléctrica, puntualiza Silveira de Souza.
Entre las sucesivas reformas posteriores se destaca la realizada a inicios del siglo XXI: además de otras acciones, el escenario se transformó en desmontable, con la intención de que admitiera presentaciones de diversos tipos.

Anverso y reverso de un París amazónico
Alrededor de una década (1884-1896) duraron las faenas constructivas en el suntuoso coliseo de Manaos, más refinado que el de Belém. E incluso ya abierto al público, la decoración prosiguió.
Desde Italia habían arribado a la ciudad levantada junto al río Negro, cerca de su confluencia con el Amazonas, el mármol de Carrara, del cual emergerían las estatuas, columnas y escaleras. Gran Bretaña envió el acero para las paredes. La capital francesa aportó el mobiliario, estilo Luis XV. Renombrados decoradores brasileños y foráneos concibieron la ambientación (paneles, el telón principal, espejos, bustos, lámparas de cristal de Murano, entre otros adornos). Un guiño reverente a la torre Eiffel hizo el creador de la pintura del techo en la sala central.
Sin embargo, procediendo de igual forma que en el Theatro da Paz, Crispim do Amaral y Domenico De Angelis incorporaron en la ornamentación imágenes de los ríos locales.
Gracias a sus construcciones lujosas, los tranvías, al alumbrado eléctrico en las calles, la urbe fue llamada “el París de los Trópicos”. El auge duró poco, hacia 1920 Manaos se hallaba en plena decadencia, tras concluir la “fiebre del caucho”.

A mediados del citado decenio, el Teatro Amazonas fue clausurado. En 1966 obtuvo la categoría de Monumento Histórico Nacional, pero solo a finales de los 90, después de varias restauraciones, empezó a brindar una programación estable de música clásica.
Hoy, disímiles voces, sin dejar de aplaudir la resolución suscrita por la Unesco, nos piden no olvidar jamás que la magnificencia de los mencionados coliseos amazónicos tuvo como sostén primordial el dinero obtenido mediante la explotación, e incluso esclavitud, de los trabajadores en las plantaciones.
Varios textos ensayísticos (por ejemplo, Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano) se refieren a esas páginas nefastas de la historia sudamericana, en la cual intervinieron también empresarios foráneos. Asimismo, el tema es tratado en las novelas La Vorágine (1924, del escritor colombiano José Eustasio Rivera), Caucho (1938, del boliviano Diomedes de Pereyra), Seringal (1972, del brasileño Miguel Jeronymo Ferrante).
Manaos, publicada en 1975, se suma a ese grupo. Su autor, el canario Alberto Vázquez Figueroa, recrea el contraste entre la opulencia de los privilegiados y la miseria de la mayoría:

“La embarcación de Arquímedes –una curiara que compró a unos indios– se fue aproximando lentamente al barrio flotante y, cuando se confundió con los cientos de piraguas, lanchones y viviendas que constituían el abigarrado mundo del río, nadie pareció reparar en su presencia. Existían dos Manaos: la de tierra firme, alzada sobre una colina refrescada por los vientos del río, ciudad de piedra, aunque prevaleciera en ella la madera; y la Manaos flotante, que cada día cambiaba de forma y en la que se daban cita los habitantes de las aguas amazónicas.
“En tierra vivían los ricos caucheros, los comerciantes, los miembros del Gobierno y la Administración, y los empleados de las compañías extranjeras que habían visto en la ciudad de la selva un inmejorable negocio. Los ingleses acababan de construir un muelle flotante […] capaz para inmensos navíos […] Los alemanes proyectaban una línea de tranvías y una empresa especializada de Nueva York acababa de terminar el alcantarillado de la ciudad. Junto al dique flotante […] se alzaba un macizo edificio marrón oscuro, la mayor aduana de América, por la que pasaba obligatoriamente todo el caucho capaz de producir la selva. Frente a esa Aduana se abría una inmensa plaza, ocupada en toda su parte norte por la catedral, y subiendo luego hacia una colina, aparecía allí, en lo alto, el increíble ‘Teatro de la Ópera’.
[…] “Esa noche actuaba una compañía italiana. De la anterior, que se había atrevido a llegar hasta aquella ciudad de la selva, habían muerto, víctimas de la fiebre amarilla, el beriberi o violencias, el ochenta por ciento de sus componentes; pero eso no impedía que otras vinieran, porque sabían que en una semana en Manaos ganarían más dinero que en un año en cualquier lugar del mundo”.
Luego de escuchar cuánto los personajes se maravillan por la riqueza externa del edificio e imaginan cómo sería por dentro, el narrador describe el ambiente citadino:
“Pasaba ya de la medianoche y, aun así, la ciudad bullía de animación.
“De todas partes surgían risas, voces, música y las calles que desembocaban en la plaza Río Negro aparecían invadidas por mujeres espléndidas […]
“El Nordestino y sus compañeros iban de un lado a otro contemplándolo todo como hipnotizados, y les pareció increíble que pudiera existir una vida semejante allí, cuando a sólo unos minutos de la puerta del teatro se abría la selva”.
La entrada Europa injertada en el trópico se publicó primero en Revista Bohemia.

