La Guerra Fría es un concepto que aparece con cierta recurrencia en la realidad reciente de Estados Unidos, al definir las acciones y direcciones de su política exterior, extendiendo su presencia a la historia contemporánea y a la dinámica que caracteriza en la actualidad a las relaciones internacionales. En estas, se ha naturalizado el conflicto armado, la injerencia basada en el uso de la fuerza, la escalada y la amenaza belicista, junto al crecimiento de las cifras que conforman el presupuesto militar de las grandes potencias. A la vez, la periferia subdesarrollada o tercermundista, se inserta, como zona o espacio de disputa geopolítica, en la lógica competitiva de tales potencias. En resumen, en el escenario actual prevalecen como tendencias la agresión y la confrontación, como las que comenzaron a gestarse ochenta años atrás.
No es necesario mencionar acontecimientos o contextos de crisis, sobradamente conocidos por los lectores, donde se evidencia lo aludido, en particular, desde el primer gobierno de Donald Trump, como resultado de las elecciones de 2016, y de nuevo, durante su segundo mandato, iniciado a partir de su victoria en la contienda presidencial de 2024, se habla en los medios de comunicación y en los textos académicos de otro período de Guerra Fría, en el que renacen los viejos códigos y las percepciones de amenaza que comenzaron a articularse en 1946. Ahora, desde luego, se reajustan a un entorno diferente, en el que el añejo pretexto –el peligro del comunismo–, es sustituido por otras construcciones ideológicas: aquellos Estados que tanto en documentos como las Estrategias de Seguridad Nacional de 2017 y 2025, se identifican como “anti norteamericanos”, vinculados al terrorismo, al narcotráfico o los que se catalogan como “fallidos” y “revisionistas”, que atentan contra la identidad cultural y la seguridad del país, disputándole su lugar protagónico en la hegemonía global. Junto a ello, persisten alianzas estratégicas, como la que se mantiene con el Estado Sionista de Israel y gobiernos latinoamericanos de derecha, como los considerados como parte del “Escudo de las Américas”, así como confrontaciones con gobiernos y procesos como en el mundo árabe, visualizados como enemigos. Entretanto, al interior de la sociedad estadounidense, se desata una atmósfera represiva contra los movimientos sociales y las reacciones que manifiestan rechazo a las políticas de Trump, que recrea los tiempos del macartismo, apelando a la violencia policial, a la legitimidad de la tenencia y empleo de armas de fuego, unido a la discriminación racista y xenofóbica, con sentimientos reforzados de odio, que se focaliza sobre todo en los inmigrantes y las llamadas minorías étnicas.
Las raíces o bases ideológicas que sostuvieron la narrativa de la Guerra Fría desde 1946 y se complementaron en 1947, propiciando una práctica que transitó con rapidez de la retórica discursiva inicial a un clima factual mundial, promovido desde Estados Unidos, son, de nuevo, el soporte de la proyección de ese país en un tablero que involucra a todas las latitudes, imponiendo un lenguaje guerrerista, que repite, con mayor peligrosidad y profundidad, el clima de tensión y temor que definió al sistema internacional desde la segunda posguerra.
Como síntesis de un proceso histórico que cristaliza durante la segunda posguerra mundial, la Guerra Fría inaugura una etapa de tirantez político-diplomática y de presiones psicológicas en las relaciones internacionales, cuyo origen se ubica, como ya se señaló, en 1946, adquiriendo su configuración acabada el año siguiente, en medio del entrelazamiento de declaraciones, discursos y decursos, que dan cuerpo a la política exterior norteamericana, bajo el supuesto de “contener” la expansión del comunismo soviético, lo cual se extiende hasta finales del decenio de 1980 e inicios del de 1990, al desintegrarse la Unión Soviética y desplomarse el socialismo como sistema basificado en Europa del Este.
Así, se formalizaría y emprendería, tanto a nivel doctrinal como práctico –con los antecedentes del lanzamiento el año anterior de las bombas atómicas en Hiroshima y Kagasaki–, una proyección externa que mezclaba lenguaje agresivo, amenazas militares y expresiones de la fuerza ideológica y material, entronizando la lógica de “amigos y enemigos”, “aliados y rivales”, entre dos mundos contrapuestos: “Oriente” y “Occidente”; el “Este” y el “Oeste”; el “mundo libre” y el de la “cortina de hierro”; el capitalismo y el socialismo. Aunque conocido ese proceso, no resulta ociosa una mirada retrospectiva a lo acontecido hace ocho décadas. Quizás convenga retener, al menos, las principales bases ideológicas mencionadas, que dieron sentido a la referida política, toda vez que se reactualiza en el presente, con una renovada hostilidad, que sobrepasa la retórica y pone en peligro la paz mundial.
El 5 de marzo de 1946, el ex primer ministro británico, Winston Churchill, pronunció un discurso que pasaría a la historia, durante su visita a Estados Unidos, por invitación del presidente Harry Truman, en el Westminster College, en la ciudad de Fulton, en el estado sureño, profundamente conservador, de Missouri, en el que expuso su visión del orden mundial de la posguerra e hizo un llamamiento a países de Europa Occidental y a Estados Unidos para que se unieran contra la presunta amenaza que constituía la Unión Soviética para el “mundo libre y democrático”. Su alocución fue considerada como el comienzo de una lucha contra el comunismo y de un nuevo conflicto, con armas diferentes a las convencionales o de una “guerra caliente”. Según Churchill, era imposible mantener la paz y proteger las libertades democráticas a menos que se formara una «unión fraternal de países de habla inglesa». Afirmó que la principal amenaza al orden mundial provenía de la Unión Soviética, que proyectaba una «sombra oscura» y por primera vez en el discurso político, mencionó la “cortina de hierro” o «telón de acero» que ocultaba los horrores dentro de la sociedad soviética, que podrían extenderse por Europa y el mundo, estableciendo regímenes tiránicos.
El otro nutriente ideológico que a nivel teórico articula el enfoque embrionario sobre la “amenaza” comunista (es decir, las percepciones acerca del presunto y nuevo enemigo de la paz mundial, de los valores occidentales y, sobre todo, de los intereses hegemónicos estadounidenses) se halla también en el mismo año. Se trata del célebre telegrama o memorándum de las ocho mil palabras, enviado por George Kennan, un diplomático ubicado en la Embajada norteamericana en Moscú, el 22 de febrero de 1946, en el que argumentaba la peligrosidad de lo que llamó “una zona de influencia soviética” que avanzaba por el Mediterráneo, cerca de locaciones de importancia geoestratégica, como Grecia y Turquía, y llamaba a detenerla, aportando con ello el principio de la necesaria “contención al comunismo” en sus fronteras. Dicho mensaje, convertido en un artículo titulado “Las fuentes de la conducta soviética”, que publicó la revista Foreign Affairs en su edición del mes de julio de 1947, bajo el seudónimo de “Míster X”, sería la base de la política exterior anticomunista de Estados Unidos durante el período de conformación y de continuidad de la Guerra Fría.
A esos soportes conceptuales iniciales se añadiría un tiempo después el no menos conocido discurso de Truman, pronunciado el 12 de marzo de 1947, definido como el exponente de la “Doctrina Truman”, al reorientar esa política, incorporando el principio de que Estados Unidos debía apoyar a los países, como los dos citados, que supuestamente enfrentaban presiones externas soviéticas, solicitando al Congreso norteamericano cuatrocientos millones de dólares para “asistir” a Grecia y Turquía.
Viene al caso precisar que, aunque el término de Guerra Fría, sumamente familiar a los lectores y ampliamente referido en novelas, películas y series televisivas relacionadas con el espionaje y episodios bélicos, y que aparece con frecuencia en la literatura historiográfica y periodística, en los textos de ciencia política y teoría de las relaciones internacionales, no siempre es utilizado con el sentido conceptual que ameritaría. Y es que, más que una sencilla combinación de palabras, expresiva de una connotación terminológica, se trata de un concepto, con una connotación específica.
El criterio al que se adscriben estas notas, es el de que la Guerra Fría designa, como concepto, la atmósfera que se afianza en el sistema internacional establecido después de la Segunda Guerra Mundial, durante los dos primeros años de la etapa postbélica (1946 y 1947), que se prolonga a lo largo de unos cuarenta años. Bautizada por el célebre publicista Walter Lippmann, y entendida habitualmente como “una situación de ni paz ni guerra, de tenso enfrentamiento entre dos coaliciones de Estados dirigidos por efectivas superpotencias (los Estados Unidos y la Unión Soviética), a la sombra del armamento más terrible que la humanidad había conocido hasta entonces: las armas coheteriles-nucleares.
Del mismo modo que ocurre en el tratamiento de otros fenómenos históricos, se ha hecho bastante común situar, en el caso de la Guerra Fría, tal como ha sido planteado, los nombrados discursos de Churchill y Truman, junto al memorándum de Kennan, como los puntos de referencia para definir el origen de esa etapa tan decisiva en el clima mundial. Así, el argumento de la “cortina de hierro”, el principio de la “contención al comunismo” y el esbozo de la denominada “doctrina Truman”, como epítome de las formulaciones expresadas entre 1946 y 1947, se asumen casi convencionalmente como las coordenadas que enmarcan el comienzo de la Guerra Fría. Y, en efecto, ahí radican sus raíces ideológicas, las que alimentan y sirven de eje al desarrollo del aparato teórico, estratégico y factual, de una etapa tensional y confrontacional, basada en una noción de bipolaridad geopolítica. Pero, como se sabe, fenómenos como ese son difíciles de atrapar con fechas o momentos tan acotados.
Las reflexiones expuestas en este artículo se han limitado al análisis de la dimensión ideológica implicada en la gestación de la Guerra Fría, pretendiendo solo llamar la atención sobre la relevancia del conocimiento histórico y de la memoria, como instrumentos indispensables en la comprensión de esa secuencia que atraviesa tiempo y espacio, entrelazando ayer y hoy. Queda pendiente, para ulteriores aproximaciones, el escrutinio de la dimensión institucional, económica, y estratégico-militar de ese fenómeno, en ese período y captado en su movimiento. Entonces se prestará atención a piezas como el Plan Marshall, la Ley de Seguridad Nacional, el Memorándum 68 del Consejo de Seguridad Nacional, la doctrina de Represalia Masiva, la OEA, el TIAR, y a procesos bélicos que evidencian que la Guerra Fría siempre estuvo acompañada, desde temprano, con procesos con guerras calientes e intervenciones militares. Unos de mayores proporciones, como la de Corea y Vietnam, y otros, como el de la invasión a Guatemala, que fue el primer episodio de la Guerra Fría en Nuestra América.
Y, no menos conveniente, podría ser la reflexión acerca de la discutible idea que se fija en casi toda la literatura a partir del proceso que Fidel calificara como el “desmerengamiento”, al referirse al fenómeno aludido con anterioridad, el de la desintegración de la Unión Soviética y la reversión del llamado “socialismo real”: la de que la Guerra Fría terminó, introduciéndose el concepto de su “fin” y el de “Posguerra Fría”, para designar la etapa que se abre entonces en las relaciones internacionales. El certificado de defunción fue precipitado.
*Investigador y profesor universitario

