
“¿Con qué armas nos vamos a levantar contra los españoles?”, peguntó el joven conspirador camagüeyano Francisco de Agüero y Aguilera a Carlos Manuel de Céspedes, durante una visita al ingenio azucarero La Demajagua, en Manzanillo, pocos días antes del estallido de la guerra independentista.
El tema afloró ante la perspectiva de la proximidad de la revolución y la inquietud de muchos por la poca existencia de armamentos.
“Ellos las tienen”, respondió Céspedes con mucha calma. Quería decir de modo eufemístico que había que quitársela a los batallones hispanos. Agüero, conspirador desde la época de su pariente Joaquín de Agüero, sonrió y le señaló: “Usted es más arrestado que yo”.
En la hora decisiva de la patria, cercana la batalla emancipadora, Céspedes mostraba un alto espíritu patriótico, una decisión inflexible de seguir adelante afrontando todas las dificultades y una visión singular sobre los métodos de lucha revolucionaria.
UNA JUNTA DECISIVA Y OLVIDADA
Ese 1 de octubre 1868, en horas de la tarde, Céspedes y Agüero se encaminaron al ingenio Rosario de Cálix, propiedad de Jaime Santiesteban. Allí se congregaron algunos conspiradores de Manzanillo y Bayamo, entre ellos, Francisco Javier y Pedro María de Céspedes, Manuel de Jesús Calvar (Titá), Juan Fernández Ruz, Manuel Socarrás, Ángel Maestre, Juan Hall, Manuel Izaguirre, José Antonio Pérez, Emilio García, Evaristo Camps, Francisco Agüero y José Joaquín Garcés.
La inmensa mayoría clamaba por tomar las armas en el acto porque temían que la demora diera lugar a detenciones y prisiones. Los más exaltados eran Fernández, Maestre, Hall y Garcés, que estaban dispuestos a alzarse dentro de dos semanas, incluso sin tener la orden de los directivos revolucionarios. No podían esperar la festividad navideña.
Los datos de esta junta, pocas veces mencionada en las biografías de los padres fundadores y en las cronologías históricas, los aportó con rigor en un amplio relato el coronel mambí José Joaquín Garcés, participante directo en los hechos.
Los reunidos tomaron el acuerdo de adelantar la rebelión para el 14 de octubre e incluso antes, si alguna causa apremiante y justificada lo impusiera.
Aquellas resoluciones debían ser avisada a Francisco Vicente Aguilera y a Perucho Figueredo, en Bayamo, mediante Manuel Anastasio Aguilera, que debían dar cuenta a Mármol, en Jiguaní; Julio Grave de Peralta, en Holguín, a través de Francisco Agüero; Vicente García y los suyos, mediante Titá Calvar; y Salvador Cisneros, en Camagüey, a través del médico Magín Díaz.
NECESIDAD DE PRECIPITAR LA INSURRECCIÓN
Tan pronto Aguilera conoció la decisión de Céspedes y sus seguidores, realizó un intercambio de criterios con Pancho Maceo y otros. Ninguno estaba de acuerdo a ir a la guerra sin armas suficientes ni extender la conspiración a todo el país.
El 2 de octubre, en la mañana, Céspedes recibió un correo de Aguilera desde el ingenio Santa Gertrudis, donde había llegado la noche anterior. Le solicitaba que fuese a verlo con urgencia, que tenía importantes asuntos que comunicarle.
Una vez juntos, Aguilera mostró su preocupación ante el paso de alzarse el 14 de octubre. Casi todos con los que había hablado coincidían en calificarla de locura. Pidió a Céspedes que mantuviera a sus hombres tranquilos hasta el 24 de diciembre.
Muy preocupado, le razonaba: “Falta comprar armas y organizar expediciones en los Estados Unidos”. Por eso, le pedía sujetar a los más exaltados hasta que él regresara de los Estados Unidos con una buena cantidad de armas y pertrechos.
El abogado le esbozó el alto espíritu bélico de su gente, a los que apenas podía refrenar. Insistió Aguilera en la necesidad de esperar los resultados de su viaje.
Intransigente en su posición, Céspedes le expresó: “Todo lo sé, pero no es posible aguardar por más tiempo. Las conspiraciones que se preparan mucho, siempre fracasan, porque nunca falta un traidor que la descubra. Yo estoy seguro de que todos los cubanos seguirán mi voz”.
Y con claro pensamiento estratégico, evidencia de que venía siguiendo atentamente los sucesos de la revolución de La Gloriosa, en España, recalcó: “España está revuelta ahora, y esto nos ahorrará la mitad del trabajo. Si no me hallara tan seguro del triunfo, no me arrojaría a comprometer el destino, el porvenir y las esperanzas de mi Patria”.
A no dudarlo, Céspedes quería aprovecharse de la revolución liberal española, en el sentido de la desestabilización política y militar que creaba este conflicto en la Península. A causa de los levantamientos, no habría posibilidad de enviar refuerzos militares a Cuba.
Sin embargo, Aguilera no comprendió del todo la importancia de este factor externo. Por eso, exhortó a Céspedes a que usara su influencia para contener la sublevación inmediata. Insistió en contar con más tiempo para comprar el armamento necesario, sin el cual no sería posible la guerra.
Pero Céspedes le presentó otra manera de contar con armas, una táctica arrestada para llenar ese vacío: “A un pueblo desesperado no se le pregunta con qué pelea. Estamos dispuestos a pelear y pelearemos aunque sea con las manos”.
Ante la instancia de Aguilera de revertir el acuerdo de la pronta rebelión, Céspedes accedió a convocar a una reunión para horas de la noche, con los principales dirigentes revolucionarios en Manzanillo.
LA JUNTA DEL RANCHÓN DE LOS CALETONES
El lugar escogido fue la hacienda Ranchón de los Caletones, propiedad de Titá Calvar, próxima al ingenio Santa Gertrudis. A ella acudieron una veintena de patriotas para escuchar al jefe del Comité de Oriente.
La presidencia la ocuparon Céspedes y Aguilera. Este era un derecho del jurista como jefe del Comité Revolucionario de Manzanillo y no encaminada a glorificar mucho más su personalidad.
Al empezar la sesión, la mayoría pidió el comienzo de la guerra inmediatamente, sin más dilación, incluso querían desarmar aquella misma noche la pequeña guarnición de Manzanillo.
Aguilera aclaró que sus palabras no las iba a decir en nombre de la dirección de la Junta de Oriente, sino como un patriota más, por tener muchas más experiencias que los jóvenes presentes. Explicó que no había armas ni balas suficientes y precisó: “El levantarnos en tales condiciones sería exponer a la suerte el éxito de la Revolución. La catástrofe será más lamentable, cuando más vivo y general parece el entusiasmo patriótico”.
Sugirió que para contar con unos 300 mil pesos dentro de 15 días procurasen vender a bajos precios tierras y ganados. Se ofrecía a ir a los Estados Unidos, donde encontraría por medio de esas sumas los recursos indispensables para combatir.
Algunos dijeron que estaban muy vigilados de cerca y temían que de un momento a otro las personas pudieran cometer alguna imprudencia que los denunciara. Manuel Calvar y Jaime Santiesteban señalaron que debía aprovecharse el momento de que el Gobierno español tenía pocas fuerzas militares en la Isla, las cuales podían calcularse en unas 14 mil.
Aguilera apuntó que, como consecuencia de la guerra civil en España, no podrían llegar prontamente refuerzos. Y agregó: “Yo tengo medios para saber con anticipación si por acaso España intenta enviar refuerzos a Cuba”.
Cuando Aguilera creyó que al fin dominaba a los presentes, argumentó: “Señores: es un axioma antiguo que para hacer la guerra es indispensable tres cosas: dinero, dinero y dinero. Y, puesto que nosotros vamos a hacer una guerra, veamos el dinero con qué contamos…”.
En un cálculo de la suma que podría reunirse entre los asistentes arrojaba unos ocho mil pesos. En vista de esta pingüe cantidad, pidió que siguieran vendiendo a bajo precios sus propiedades.
Sin embargo, ni hasta el 14 de octubre pudieron esperar los conspiradores. Como había previsto Céspedes, un traidor denunció la conjura y el día 8 llegaron órdenes de prisión a los principales conspiradores.
Por suerte, a la cabeza de la insurrección se colocaron hombres como Céspedes, con una clara concepción política y militar de la lucha armada en aquellas circunstancias. No hubo más remedio que arrebatarles las armas a los propios colonialistas.
FUENTES: Eladio Aguilera Rojas: Francisco V. Aguilera y la Revolución de Cuba de 1868 (1909); Eusebio Leal Spengler: Carlos Manuel de Céspedes. El diario de perdido (1993); Arturo González Quijano: Las banderas de Cuba revolucionaria. Contribución histórica-bibliográfica (1928); y José Maceo Verdecia: Bayamo (1936).
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