
Foto: filmaffinity.com
La miniserie de la cadena HBO, Olive Kitteridge, dirigida por Lisa Chodolenko a partir del libro homónimo de Elizabeth Strout, ganador del Premio Pulitzer, representa una de las experiencias audiovisuales más gratificantes visionadas este siglo en la teleficción estadounidense.
El material de cuatro episodios constituye, ante todo, contundente estudio de personajes, deudor (como la pieza toda) de la gran tradición novelística familiar estadounidense, que tiene en el personaje central que intitula a la serie su edificio caracterológico más sublime.
Estamos con dicho personaje protagónico de Olive –construido en composición abrumadoramente rica por esa actriz de otro mundo nombrada Frances McDormand– frente a una criatura bien compleja, fatalista, depresiva, sometida a resignaciones y resentimientos, frustraciones, dolor concentrado y fuerte malestar consigo mismo por las posibilidades perdidas, al acaso no cursar su vida hacia el destino por ella añorado; aunque de ínsita nobleza.
Entre sus elucubraciones posibles, esta maestra de un pueblito costero de Maine, Nueva Inglaterra –seguida por el relato en arco espacial de 25 años–, muy probablemente hubiera añorado otra vida diferente a la llevada junto a su bonachón esposo Henry (el Richard Jenkins de la serie Dos metros bajo tierra e imprescindible secundario de tantos filmes vuelve a estar magistral aquí) y su hijo.
Sin embargo, no es capaz de abandonar el rumbo de ese camino acaso no imaginado en su juventud, pero a la larga tomado, hacia el que, de forma paradójica, también guarda –a su manera– cariño, fidelidad e incluso podría hablarse hasta de amor.
Ella quiere, según su peculiar canon, a una familia configurada en el principal escenario de expresión de las contradicciones de alguien desarmado en su rudeza débil, desmontado en su naturaleza tan displicente e incómoda como desprovista del tipo de afectos que la puedan encender, por el guion de la dramaturga Jane Anderson.
A la Olive personaje, quien posee más capas que una cebolla blanca y es menos allanable que los burgueses viejos balzacianos, se le detesta y adora a partes intercambiables.
Capaz de ventilar mediante naturalidad brutal sus pensamientos más íntimos y elidir la dignidad de su contraparte filial, ella acaricia la rutina desde la dogmática ortodoxia ritual de quien guarda placer con el hecho de ver un escenario doméstico solo con arreglo a sus normas, en cuya consecución obnubila sentidos y puede descarriar el tacto, para apisonar, de ese modo, los sentimientos de los suyos, herirlos, lastimarlos.
He aquí los árboles sicológicos pobladores del bosque de incomunicación tendido ante su hijo Christopher, aun durante la recta de la trama cuando este se casa y tiene descendencia, bien lejos ya del hogar de la matriarca.
Mas, tras el corpachón resabioso de la vieja dama irrigan distintas corrientes de pulsiones emotivas (eso sí, nunca proyectadas, al grado debido, hacia quienes más debieron merecerlo: esposo e hijo), que tuvieron su antecedente en el romance con un compañero de claustro y aflorarán otra vez a la superficie luego de la muerte de Henry, cuando ella encuentra una tardía chispa iluminadora de su etapa final.
McDormand, en cuyo rostro encontramos el abecedario completo del arte de la interpretación, está aquí –suerte nuestra– para levantar al singular personaje, dotarlo de humanidad y verosimilitud, volverlo comprensible pese a su ingrata hechura moral, en cada momento del decurso de la existencia contada.
La actriz tres veces ganadora del Oscar, por Fargo, Tres anuncios en las afueras y Nomadland, se transustancia en la señora Kitteridge y la instituye en arte, desde dentro hacia fuera, a lo largo de los 230 minutos de esta miniserie exquisita, merecedora de varios premios Emmy, cuyas muy fílmicas formas –cual acostumbra HBO– le valieron su proyección en el Festival de Venecia.



