
Foto: Dunia Álvarez Palacios
Lo que pasa es que la historia pesa mucho y pocas veces se concibe sin determinada distancia de por medio. En los tiempos más difíciles, cierta prudencia llama a alejarse cuidadosamente de ella, de la historia y, en todo caso, señalarla desde un risco, como quien ve pasar un águila por el mar y alardeando de capacidades para advertir el color de sus plumas y los porqués de sus vaivenes.
Nadie, casi nadie, quiere cargar con la probable culpa de rayar su piedra, de violentar su vuelo. Eso hacemos los olvidables, los respetables temerosos de las fuerzas telúricas que dan orden al mundo, cómodos en la cueva de una insignificancia oportunamente esgrimida, para lavarnos las manos y cuidar el rostro y el cuerpo que permitirá existir, más o menos existir, mañana y el día que le sigue.
Pero camina por el mundo gente con la misma cantidad de huesos que el resto y que, a veces sin saberlo y otras a conciencia, navegan en el vórtice de las tormentas de la historia. Para ellos y ellas, el mañana no se mide en horas inmediatas sino en tiempos que ayudan a parir; no en el yo y ni siquiera en el nosotros más cercano, sino en un nosotros que huele más a ellos, por todos los riesgos, terribles, reales, de no llegar, de no existirlo.
A esas gentes, la historia intenta tragárselas, pero difícilmente lo logra. Después de que el ser humano hace determinadas cosas y está en determinados lugares, cualitativa y cuantitativamente hablando, la historia, animal sin riendas, no lo engulle entre sus vísceras, sino que lo lleva en su boca, rumiándolo y rumiándolo.
Para deshacerse de ellos, la historia tendría que quemar demasiadas imágenes, cientos y cientos de páginas, quebrar la memoria de millones de personas, borrar la huella del sismo. Y cuando se trata de gente que traspasó el margen de lo determinado y que estuvo en todo e hizo todo, ya no hay solución posible.
La historia va así, con nombres y recuentos en su boca. Algunos dejaron la vida muchos años hace, algunos que son como leyendas, pero otros sienten, aún en vida, los dientes de la historia sobre su nombre y su cuerpo.
Y siguen… obsesionados con lo de hacer parir la era, sin falsas equidistancias ni neutralidades, solo haciendo y haciendo, sin más garantía que el siguiente hacer, mirando al mañana grande y con los pies y las manos puestas en la tierra del hoy más cotidiano.
Siguen…, después de arremeter contra un cuartel, después del Presidio, después de la marejada en altamar, después de meses y meses del hambre y los tiros en la montaña, después del dolor por quien cayó muerto a unos metros, después de reventar la columna vertebral del enemigo, después de la gloria del triunfo.
Siguen…, durante nuevas amenazas, durante el nuevo país y el nuevo mundo, durante las nuevas guerras de todo tipo, durante las crisis que les ven asomar las canas, después perder al jefe a medio continente de distancia, después de buscarlo hasta dar con sus huesos, después de regresarlo.
Siguen…, en medio del apagón, del incendio haciéndole hervir el cuello; siguen, como una flecha atravesando la humareda y señalando un camino, en el que a veces solo se tiene por pies y arma la vergüenza, y con una guapería consecuente hasta la raíz con todos sus códigos; siguen…
Y seguirán, el día después, en la boca de ese monstruo que es la historia, que está lleno de nombres que pueden ser Carlos, Lidia, Roberto, Ernesto, Haydée, Alejandro… y que también pueden ser, para los tiempos inciertos del mañana, del nosotros probable sin el yo, pero con ellos, Ramiro.