Dos leyendas sitúan el origen del abanico en el lejano Oriente. Una de ellas cuenta que, durante la festividad de las antorchas, la bella hija de un mandarín sofocada por el calor se quitó el antifaz y comenzó a agitarlo delante de su nariz de tal forma que su rostro permanecía oculto a los ojos de los curiosos, pero al mismo tiempo, logró refrescarse. El gesto atrevido, pero inteligente, fue imitado por el resto de las damas que la acompañaban.
La otra leyenda llega de Japón: una noche calurosa, en el hogar de un humilde artesano de abanicos, un murciélago entró por la ventana abierta y el hombre lo trató de espantar. Al día siguiente, la curiosidad del artesano le llevó a imitar las membranas plegables de las alas del murciélago en la elaboración de un abanico. Nadie puede asegurar que sea cierta la leyenda, pero los más antiguos abanicos plegables japoneses se llaman komóri, que se traduce como murciélago.
También de Egipto llegan registros de la historia del abanico, pero con modelos y estilos diferentes. Allí se conoce como flabélum un gran abanico fijo de largo mango. En la tumba de Tutankamón se depositaron, como parte del ajuar del faraón, dos abanicos con mango de metales preciosos. Aparecen también en otros templos y panteones, decorando algunas pinturas y bajorrelieves, grandes abanicos de plumas de avestruz, semicirculares o triangulares, usados al parecer para ahuyentar insectos y disipar el calor.
A partir del siglo cinco antes de nuestra era, el flabélo egipcio llega a la Antigua Grecia con el mango más corto y manejable, de modo que pudiera utilizarse con una sola mano. Además, se tienen indicios de la existencia de estos abanicos entre los etruscos, quienes se supone que los llevaron a Roma.
El abanico, efectivamente, no ha sido solo un accesorio utilitario para aliviar el calor o alejar insectos, en diferentes culturas se le atribuye un valor simbólico: en Asia y África es un atributo que denota rango y se relaciona con el elemento aire, lo aéreo y lo celeste. Uno de los patriarcas del taoísmo lo usaba para avivar el espíritu de los muertos, considerado como su emblema, en este caso suele tener perfil acorazonado y adornos de plumas. Para el hinduismo es el estandarte de Vayu, la divinidad del viento. En el mundo occidental, este objeto pequeño y plegable es símbolo de la imaginación y el cambio que representan las fases de la Luna.
¿Ha escuchado hablar de la campiología? Es nada más y nada menos que la disciplina que estudia el lenguaje del abanico. Esta compleja disciplina estudia el lenguaje del abanico en función de su orientación y la forma de sujetarlo. Existen varias interpretaciones en las que se enlaza cada posición o movimiento del abanico con una respuesta, especialmente dentro del coqueteo. La más enrevesada de las variantes utilizaba como regla la colocación del objeto en cuatro direcciones, con cinco posiciones distintas en cada una de ellas. Con ese sistema se iban representando las letras del alfabeto. Artículos y hasta libros se han escrito explicando este complejo, pero para muchos, efectivo lenguaje.
Cuando las damas del siglo diecinueve y principios del veinte iban a los bailes, eran supervisadas por su madre o por una señorita de compañía y ahí estaba el abanico para ayudarlas a sortear la vigilancia y disfrutar la magia del enamoramiento.
Según una de las interpretaciones, elevar el abanico cerrado y colgado de la mano derecha significaba que se buscaba prometido, mientras que si lo tomaban en la izquierda dejaban claro que ya tenían compromiso. Cerrarlo apresuradamente era señal de celos y llevarlo junto al corazón indicaba que se sufría por amor.
Otra de las versiones que encontramos puede ser incluso más directa: Sostener el abanico con la mano derecha delante del rostro decía: sígame. Mantenerlo en la oreja izquierda: quiero que me dejes en paz. Moverlo con la mano izquierda alertaba: nos observan. Moverlo con la mano derecha aclaraba: quiero a otro. Arrojarlo quería decir: te odio. Dejarlo deslizar sobre la mejilla: te quiero, y presentarlo cerrado: ¿me quieres? Apoyarlo sobre la mejilla derecha era un sí y sobre la mejilla izquierda, un no. Apoyar el abanico en los labios era casi una orden: bésame. Y abierto, tapando la boca: estoy sola.
Las cubanas aprendieron rápido el lenguaje del abanico y escondían los ojos tras este accesorio para decir te quiero, incluso tenían la osadía de lanzar miradas seductoras al enamorado, cubriéndo la boca para enviarle besos. El abanico se instaló en la isla con el auge de la burguesía criolla a mediados del Siglo XIX y se convirtió en una prenda muy popular entre las damas. Nuestro baile nacional, el danzón, incluye el abanico como un accesorio casi imprescindible. Los buenos danzoneros conocen perfectamente cómo romancear a través del lenguaje del abanico y todavía se dejan caer apasionadamente mientras suena Almendra, aunque claro, con este clima, lo más común es agitarlo hasta donde den las fuerzas para espantar el calor, al menos por un rato.

