La poesía de Hugo Hodelín Santana (Matanzas, 1955) se alza en el panorama literario como un testimonio de deslumbrante honestidad, donde la crudeza del entorno urbano se funde con un rigor formal implacable y una profunda piedad humana. Distante del artificio o de la pose académica, la obra de Hodelín nace en la intemperie: entre el esfuerzo del trabajo diario, las esquinas iluminadas por la luna y la fraternidad silenciosa con los desposeídos.
En esta conversación, el poeta desentraña las claves de su proceso creativo —desde la chispa inicial que compara con una fisión atómica hasta la arquitectura del verso sostenida en la lección de Mies van der Rohe (“menos es más”)—, al tiempo que reflexiona sobre la ética del escritor, la comunicación viva con el lector y su libertad innegociable frente a las etiquetas del mercado o la crítica.
LA FISIÓN DE LA PALABRA
—En su poesía hay una tensión latente entre el impulso visceral y la filigrana de la palabra. ¿En qué momento siente que una vivencia, una imagen o una emoción deja de ser algo puramente intuitivo y exige convertirse en un poema?
—Podríamos entrar en un debate filosófico sobre el uso de la Inteligencia Artificial ante esa realidad distópica de la sociedad ya escrita por Orwell en su novela 1984, puesto que estamos corriendo al uso de la tecnología en toda la extensión del saber humano. Es algo que viene y seguirá su curso a través del tiempo. Pero dejemos eso a un lado y volvamos al asunto que nos concierne.
“El poeta tiene un componente genético que se mezcla con sus vivencias personales. Cuando yo decido escribir, es cuando se activa esa chispa escapada, como una bujía que echa a andar el motor; o digamos que es el instante en que se escribe el poema. El poema en sí ya estaba escrito en ese misterio que lo cubre, y se hace realidad en el hecho del arte de escribir. Son como átomos que van recorriendo su movimiento helicoidal alrededor del núcleo: es entonces cuando aparece un electrón libre, choca con el núcleo y explota. Es en ese preciso instante cuando se escribe el poema”.

—Tus textos suelen jugar con la concisión, la pausa y la intensidad de la síntesis. ¿Cómo trabajas el ritmo y el manejo del tiempo dentro de la página para que la brevedad mantenga una resonancia amplia en el lector?
—Eso no está dado por la extensión del poema, sino por la concisión y la síntesis. Es como dijera el arquitecto Mies van der Rohe, creador de un movimiento arquitectónico: “Menos es más”. Si lo quiero decir en diez palabras y lo puedo decir en tres, elijo tres palabras. El ritmo viene con la musicalidad del poema, aunque esté escrito en verso libre. Usted, que es músico, lo sabe: todo poema debe ser armónico al oído y a la esencia humana que dimana el verso en su composición.
ÉTICA, REALIDAD Y TRADICIÓN
—A menudo bordeas lo cotidiano con una mirada aguda que desentraña lo no dicho, a veces valiéndote de la ironía o de la crudeza lírica. ¿Qué papel juega la confrontación con la realidad en tu búsqueda poética?
—Esa es una línea muy fina que es necesario tratar con delicadeza. Entre la ironía y el cinismo solo hay un milimétrico espacio donde hay que mostrar agudeza, porque podríamos caer de un lado al otro con facilidad. Tengo una educación muy rigurosa. Mi madre era Maestra Normalista y mi padre tipógrafo de imprenta; en mi casa jamás oí una mala palabra, y en mi trato social no la utilizo. Sin embargo, aparece en mi poesía. Desde ese punto no soy un marginal, pero, como acotara un escritor y un periodista, el poeta siempre lo es.
“Soy Técnico en Construcción Civil e Ingeniero, y en ese mundo laboral se dice lo que se piensa, así que no me molesta ese ambiente. He trabajado con reclusos y nunca me han tratado de manera irrespetuosa. En la calle me siento mejor entre esa gente marginal; no lo hago por caridad, sino por mi naturaleza. Trato de ayudarlos y en mi trato no me creo superior o inferior, sino uno de ellos. Quizás, como expresé en uno de mis poemas, yo soy su poeta, o como otros me han apodado: el poeta de los desamparados. Solo trato de rescatarlos, de mostrar que esas realidades y esos seres están ahí, que nos pertenecen, que dicen lo que otros no quieren oír; que, a pesar de todo, esa realidad existe, que no podemos prescindir de eso, que nos necesitan y que debemos actuar en consecuencia sin mirar hacia otro lado”.
—Todo poeta mantiene una conversación secreta con sus maestros y lecturas de cabecera. ¿Qué voces o tradiciones literarias sientes que han dejado una huella decisiva en el tono y la estructura de tus poemas?
—Todo lo bueno que he leído ha dejado una huella inherente en mí. Los escritores del siglo XIX y XX, sobre todo los rusos y franceses. Me leí la obra completa de Pär Lagerkvist, un novelista sueco Premio Nobel que es fantástico; las siete novelas de Marcel Proust en En busca del tiempo perdido; casi la obra completa de Victor Hugo, Balzac, Flaubert, y todas las novelas de Kafka. De los rusos: Tolstói, Gógol, Pushkin, Bulgákov, Dostoyevski, Turguénev, Shólojov, Mayakovski. Los irlandeses: Yeats, Keats, Joyce; el teatro de Ibsen; Milton; Oscar Wilde; Shakespeare; los poetas españoles del 98 y el 27; Cela, Juan Ramón Jiménez, Unamuno, Azorín.
“Los norteamericanos: Fitzgerald, Hemingway, Faulkner, Pound, Edgar Lee Masters, Whitman, Updike, Chandler, Poe, Tennessee Williams, William Carlos Williams, Bukowski, Carver, Sylvia Plath. Y como autores de cabecera: Mayakovski, Pessoa y Gastón Baquero, con algo de Borges. Son poetas con los que interactúo, entro y salgo en ellos como ritmos sonantes que transcurren en mí y donde dialogo de manera más definida en los límites de sus páginas… allí donde todo duele y se quebranta”.
EL LECTOR Y LA VOZ PROPIA
—Una vez que el poema está terminado y publicado, ¿sigue perteneciendo al autor o se transforma al encontrarse con la mirada del otro? ¿Qué esperas que descubra quien se acerca por primera vez a tu obra?
—El poeta es un ser social y como tal se desarrolla en sociedad. En su obra aparece su identidad y su mirada de lo que se desarrolla en ella; no solo en su relación humana, sino incluyendo todo lo que lo rodea, a través de lo cual se compone su ser material y su ser espiritual. Lo que yo trato es de equilibrar esas dos cuestiones en una mezcla en que se diluyen ambas cosas y conforman la identidad del poeta en uno solo, como si tomara lo que más le interesa de las dos partes, que se unen y al mismo tiempo se fragmentan, como un prisma que toma esa luz y la expansiona en el verso y el poema donde se agrupan las imágenes del poeta. El éxito de mi poesía, tanto para el que la conoce como para el que la lee por primera vez, es que el lector se encuentre en el poema. Mientras más se encuentre en el poema, más logrado está el poeta y el poema, porque es la demostración viva de esa comunión.
—¿Qué piensa de enmarcar a un poeta en un movimiento o corriente determinada?
—Creo que es un intento fallido enmarcar al poeta en una corriente. El escritor en su obra tiene varios estadios: mi poesía en sus comienzos tenía un aire más lírico y a partir de ahí se fue recrudeciendo, ha ido evolucionando hacia un lenguaje más crudo, dado por la realidad que vive el poeta que ve a través de las imágenes su proyección del mundo que habita. El poeta evoca sin máscaras lo que siente. La única manera de hacer poesía es ser auténtico consigo mismo y desenmascararse de las poses que no reflejan lo que en realidad siente. No se pueden hacer concesiones; hay que tener el coraje de ser uno mismo y no un comodín manipulable. Aunque ello duela, no puedes escapar de ti mismo, sino ser ese ser que te define a ti mismo.
—¿Cómo catalogaría usted su propia obra?
—Mi obra es el testimonio transparente de esa vivencia, sin encasillamientos ni artificios. Es el reflejo de un camino donde el poeta se desnuda ante su realidad, asumiendo su voz como un servicio y un puente hacia el ser humano en su dimensión más noble y sincera.
—Ineludiblemente, la crítica tiende a compararlo con referentes de la literatura urbana marginal. ¿Cómo relaciona su poesía con la obra de Charles Bukowski?
—Bukowski es un poeta de Los Ángeles, EE. UU., y yo soy un poeta de Matanzas, Cuba. Yo ya escribía así antes de conocer la obra de Bukowski; como diría el amigo, ensayista y académico Ariel Arjona, hay más contacto entre él y yo fuera de la literatura que dentro de ella.
“Hay diferencias básicas: el volumen de su obra excede al mío, entre otras cosas. Existen puntos comunes en algunos estadios —mujeres, alcohol y otros vicios—, pero yo apuntaría que no soy Charles Bukowski: soy Hugo Hodelín. Aunque admiro su obra, me encontraría más con Mayakovski, ya en su última etapa. En definitiva, ni soy Bukowski ni soy Mayakovski; soy Hugo Hodelín. Ya el destino me colocará en el lugar exacto. En última instancia, creo que soy ese fantasma que recorre las calles de Matanzas, como la niebla y la bruma de los ríos de esta ciudad, que va conmigo hasta el último aliento”.
LA LECCIÓN DE LA AUTENTICIDAD Y EL SERVICIO
Las reflexiones compartidas por Hugo Hodelín Santana en este testimonio permiten consolidar certezas fundamentales sobre su significación humana y estética:
La poesía como puente y comunión: El valor de la creación no radica en la autoafirmación del ego, sino en la capacidad de lograr que el lector se reconozca en el poema, alcanzando así esa mística comunión entre la experiencia individual y la condición colectiva.
Rigor formal sin concesiones: La lección de la concisión (“menos es más”) y la búsqueda permanente de la armonía interior confirman que la desnudez de su verso libre se apoya sobre una exigente arquitectura verbal, donde el silencio y la palabra tienen el mismo peso específico.
Ética de la fraternidad y postura de vida: El poeta rechaza la pose o el cinismo destructivo para asumir su labor desde la piedad, la empatía y la dignidad. Hodelín se confirma como una voz de amparo que da testimonio de los marginados no como un observador distante, sino como un hermano que camina a su lado.
Resistencia al encasillamiento: La trayectoria de Hodelín demuestra la invalidez de los membretes o corrientes prefabricadas. Su única escuela es la honestidad insobornable consigo mismo y su lealtad a la palabra justa.
En última instancia, la voz de Hugo Hodelín Santana nos recuerda que el arte auténtico es siempre una forma de entrega y un acto de servicio que ilumina la penumbra del mundo. (Por: María de los Ángeles Horta Hernández)


