En el litoral sur de Cuba, ingeniería verde a prueba de huracanes
Cadena Agramonte Portada

En el litoral sur de Cuba, ingeniería verde a prueba de huracanes

La Habana, 9 oct.- Coincidiendo con el pico de la temporada ciclónica en el Caribe, la marejada y los vientos extremos imponen la prueba más severa a las zonas costeras.

Aunque el proyecto medioambiental “Mi Costa” fue aprobado e iniciado oficialmente en marzo de 2021 por el Fondo Verde del Clima y la Organización de las Naciones Unidas, justo ahora, en esta coyuntura meteorológica cobra un sentido de urgencia renovado comentar sobre esa muralla botánica encargada de amortiguar los zarpazos del mar.

El programa despliega sus velas a lo largo de más de mil trescientos kilómetros del litoral, cobijando a veinticuatro municipios del sur golpeados históricamente por la furia marina.

Desde las playas bajas de Batabanó hasta las costas orientales de Manzanillo, la intervención persigue la regeneración masiva del mangle rojo y la reconexión de los ríos con el Caribe.

Tras un lustro de ejecuciones continuas en el terreno, las dinámicas de restauración demuestran que devolver el pulso a los cauces salobres es el método más eficaz para contener el avance de la intrusión salina, que amenaza tierras agrícolas y asentamientos humanos.

Resulta inevitable preguntarse cómo una iniciativa ambiental de semejante dimensión logra mantener su ritmo en medio de la severa crisis que atenaza el día a día en la Isla.

Es importante recordar que el financiamiento de “Mi Costa” no depende del presupuesto estatal, sino de una inyección multilateral directa, superior a los veintitrés millones de dólares, gestionada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, que posibilita la adquisición de medios especializados, tecnología de monitoreo ambiental e insumos críticos para la operación de campo.

A lo anterior se suma la apuesta por la Adaptación basada en Ecosistemas. Si la defensa del ecosistema del litoral exigiera toneladas de cemento, acero o maquinaria pesada -recursos prácticamente inalcanzables en el contexto cubano actual-, el proyecto habría naufragado antes de nacer.

Pero  la ingeniería verde utiliza como materia prima la propia fuerza regenerativa de las plantas, las semillas locales y la restauración manual de canales hídricos por donde circula la marea. Este enfoque biológico  sustituye la infraestructura gris por soluciones vivas que no sufren el desgaste de los materiales industriales ni requieren combustibles fósiles a gran escala.

El engranaje se completa con la movilización de un capital humano altamente capacitado, que encuentra en la conservación una vía de supervivencia directa. Científicos de centros de investigación locales, junto a comunidades de pescadores y familias del litoral, asumen la custodia de los viveros subacuáticos y las franjas forestales.

Para los habitantes de estas costas, la labor no responde a una postura ecológica abstracta, sino al imperativo cotidiano de frenar el salitre que arruina el agua potable de sus pozos. La articulación del saber académico con el esfuerzo comunitario demuestra que el compromiso técnico local compensa muchas de las limitaciones materiales.

Así, en plena temporada ciclónica, mientras los mapas meteorológicos marcan las trayectorias de tormentas en la cuenca atlántica, la faja de manglares recuperados muestra la solidez de su entramado vegetal.

Cinco años después de iniciado el proyecto, la resiliencia costera en el sur de Cuba ofrece un testimonio revelador de cómo la conjunción entre fondos multilaterales, ciencia aplicada y soluciones naturales de la mano de la comunidad, logra abrirse paso contra viento y marea. (Texto y Foto: Cubasí)

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