Tres años después, la iniciativa se presenta como una comunidad de crecimiento, enfocada en la inteligencia emocional, el diálogo, la educación financiera y el diseño de proyectos de vida para un sector poblacional marcado hoy por decisiones escolares o vocacionales, migración de personas cercanas, aumento en el consumo de drogas y dificultades para vislumbrar su porvenir.Su fundadora, la conferencista motivacional Noslen Vázquez Rojas, quien coordina además otros dos proyectos denominados Voces Vivas y Mujeres con valor, explicó a Sputnik que la idea nació de una preocupación íntima: es madre de tres hijas y, en el momento de la fundación de Alma, dos de ellas transitaban por la compleja etapa de la adolescencia.Aquellos encuentros, además de otorgarles esas herramientas, les permitieron comprender sus emociones, cambios, miedos y la complejidad de una etapa marcada por la búsqueda de identidad. «Nos dimos cuenta de que el joven sí necesita educarse financieramente para en el futuro ser un adulto más organizado, pero lo primero es ganar en inteligencia emocional», afirmó.De la casa a una comunidadEl proyecto también surgió, según Vázquez, de la necesidad de recuperar un espacio similar a lo denominado en Cuba como círculos de interés, que permitieron en décadas anteriores a varias generaciones explorar sus capacidades, profesiones y aspiraciones: «Durante tres años hemos educado a chicos entre 12 y 18 años, no solo para que mañana sean buenos empresarios».Noslen contó, además, que el grupo reunió a muchachos que salieron de la drogadicción y transmitieron su experiencia; ellos realizan en la actualidad labores de bisutería, artesanía, cantan, tocan instrumentos y, desde el arte y la creación, «han aprendido que ese no era el camino».»Cuando tú logras entender el proceso que estás viviendo, alivias las tensiones de pensar: ‘Yo estoy loco, no me adapto, no soy lo que esperan de mí’. Cuando entiendes lo que ocurre en tu cerebro, respiras: no me sucede solamente a mí, es parte de lo que experimentan quienes transitan por este momento», señaló.Alma trabaja, según su fundadora, con herramientas para que los involucrados aprendan a «accionar y no solamente reaccionar». A su juicio, la idea no es evitar los errores —que forman parte del aprendizaje—, sino acompañar el proceso de equivocarse con referentes, amistades y otros adultos de confianza a quienes acudir, si bien el proyecto incluye a madres, padres y otros familiares.Un refugio ante la incertidumbreLa cotidianidad también entra en las conversaciones del grupo: apagones prolongados, dificultades con el agua, crisis económica y un entorno informativo acelerado. Por tanto, los asistentes comparten una realidad próxima; no se trata de consejos emitidos desde la distancia.»Hablamos de coexistir en realidades similares. De cómo reciben que los padres estén estresados por la situación en la cual se vive y que muchas veces repercute en ellos. Entonces, puedes contarle a tu amigo y que él te diga: ‘A mí también me pasa’. En esa complicidad sienten que no están solos. A veces, ser escuchados ya representa una forma de sostén», agregó.La consolidación de Alma también ha dependido de alianzas comunitarias. Durante su primer año fue itinerante, pues realizaron las actividades en parques, en portales prestados o en la calle; «lo que no hicimos fue detenernos» y, posteriormente, tuvieron una sede por dos años.De igual manera, los emprendimientos privados han aportado recursos, productos, servicios, espacios y experiencias de vida; incluso, algunos han ofrecido oportunidades laborales a jóvenes mayores de 18 años, con el propósito de que puedan continuar sus estudios sin renunciar a ellos por razones económicas.Escapar de la compleja realidadChristian Alberto Bermúdez llegó al proyecto por recomendación de una amiga de su madre. Describe para este medio que, antes de incorporarse, transitaba por una adolescencia sin objetivos definidos, una percepción clara de responsabilidad ni de crecimiento personal.Para el joven, el proyecto le ha aportado conocimientos, oportunidades y contactos que lo acercan a sus metas, y destacó que, sobre todo, encuentra un ambiente muy sano. «Entras a un entorno donde no hay problemas ni preocupaciones; existen sueños, amor, esperanza y una visión mejor del futuro. Eso me ayuda a escapar, aunque sea por un momento, del entorno en el cual estamos».Por su parte, Helen Infante Castillo, estudiante de primer año de Economía en la Universidad de La Habana, indicó a Sputnik que, desde hace dos años, Alma se transformó en una familia para ella y en «un respiro» frente a las dificultades de la cotidianidad.En su caso, el proyecto influyó en la elección de su carrera, tras recibir un curso de contabilidad impartido como parte de las actividades del grupo. «Me ha permitido crecer mucho y conocerme a mí misma. Hablamos de cosas típicas de nuestra edad: problemas en la escuela, lo que queremos estudiar, las parejas, amistades, inseguridades y aquello que queremos crear en el futuro».Desde su perspectiva, el trabajo con la inteligencia emocional no es accesorio: «El mundo se está sumiendo cada vez más en el caos y eso afecta a los adolescentes. Ellos van a ser el futuro. Si hay una manera de cuidarlos, ayudarles a encontrar su vocación y otorgarles recursos para sostenerse y aportar a la sociedad, entonces Alma es un espacio necesario».Alma resume una filosofía que los jóvenes han hecho propia: «Si lo sueñas, lo creas; si lo crees, lo logras». Por tanto, no se trata de negar los caminos difíciles que atraviesan hoy muchas familias cubanas, la idea es encontrar, incluso dentro de ese contexto, un lugar para escuchar, descubrir capacidades y convertir en propósitos las inquietudes de las nuevas generaciones.

