La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, FAO, ha puesto en blanco y negro una verdad incómoda y que hasta vergonzosa debiera resultar: con el ritmo actual, el mundo no erradicará el hambre para 2030.
Entre 510 y 520 millones de personas seguirán padeciendo desnutrición crónica al final de la década, más de la mitad de ellos en África.
Esa verdad, comunicada por Oleg Kobiakov, director de la Oficina de Enlace de la organización con Rusia, más que un simple ajuste técnico significa el reconocimiento de que la promesa de la Agenda 2030 se ha quedado corta frente a fuerzas más profundas y persistentes.
En 2025, 645 millones de seres humanos, el 7,8 por ciento de la población mundial, aún pasaba hambre. Hubo una mejora de 14 millones con respecto al año anterior, y de 43 millones frente al máximo de 2022, pero esa reducción resulta insuficiente.
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El informe El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2026, conocido como informe SOFI 2026, elaborado por la FAO, el PMA, la OMS, Unicef y el FIDA, muestra que los avances existen, pero caminan demasiado despacio para cerrar la brecha.
La geografía del hambre
África concentra el mayor drama con 309 millones de personas subalimentadas, el 20 por ciento de su población, mientras Asia registra 292 millones, aunque con un peso relativo menor. La inseguridad alimentaria moderada o grave alcanza a 2.100 millones de personas, mientras que 2.700 millones no pueden costearse una dieta saludable.
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Y esta cartografía de platos vacíos adquiere matices particulares al revisar la situación regional porque los avances logrados en el ámbito local se ven diluidos por shocks inflacionarios y brechas estructurales de empleo.
América Latina y el Caribe, por ejemplo, la región que es de las mayores productoras y exportadoras de alimentos del planeta, convive diariamente con la paradoja de tener a millones de sus propios ciudadanos en situación de inseguridad alimentaria. Evidencia así que la capacidad productiva de un territorio no garantiza por sí sola la seguridad alimentaria de quienes lo habitan.
La capacidad productiva de un territorio no garantiza por sí sola la seguridad alimentaria de quienes lo habitan. Foto: María Fleischmann / news.un.org
Raíces de un fracaso
El hambre no es solo falta de alimentos, es el resultado de un sistema profundamente desigual. Los conflictos armados siguen siendo el principal motor de la inseguridad alimentaria aguda: el 70 por ciento de las personas que la padecen viven en países frágiles o afectados por la violencia. Las guerras prolongadas destruyen cosechas, desplazan poblaciones y convierten el acceso a la comida en un arma.
Ataque aéreo israelí contra Teherán. Foto: Standardwhale
Así quedó subrayado por el Informe Mundial sobre las Crisis Alimentarias 2026, donde establecen de manera explícita que “el conflicto y la inseguridad son el principal impulsor de la inseguridad alimentaria aguda”.
En 2025, tales conflictos fueron el factor principal en 19 de los 47 países/territorios en crisis alimentaria, afectando a 147,4 millones de personas, más de la mitad del total de quienes enfrentaban niveles altos de inseguridad aguda.
Los extremos climáticos ocupan el segundo lugar con unos 87 millones de ciudadanos perjudicados por el hambre en 16 países; y los shocks económicos constituyen el tercero motivo.
El Programa Mundial de Alimentos igual coincide con esa apreciación y argumenta que alrededor del 70 por ciento de las personas en situación de inseguridad alimentaria aguda viven en países frágiles o afectados por conflictos.
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Estas últimas son cifras que se refieren específicamente a la inseguridad alimentaria aguda, es decir, a situaciones de emergencia donde la gente no tiene acceso inmediato a suficientes alimentos y necesita asistencia urgente. No equivalen al hambre crónica o a la desnutrición estructural que mide el informe SOFI de la FAO.
Pero no solo las guerras
La falta de voluntad política, la escasa colaboración internacional, el aumento de las desigualdades, las injusticias estructurales y los intereses de quienes concentran poder y recursos son también motores fundamentales del hambre en el mundo.
De hecho, los mismos informes de la FAO, el PMA y otros, los reconocen como causas de fondo que explican por qué el progreso es tan lento y por qué la meta de Hambre Cero para 2030 se ha vuelto inalcanzable.
Además, los conflictos bélicos se complejizan e incluso perpetúan en contextos de desigualdad extrema, debilidad institucional, corrupción, competencia por recursos y ausencia de voluntad política para resolver las causas profundas.
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Y sobre esa base de injusticia estructural impacta, por ejemplo, el cambio climático. Sequías, inundaciones y olas de calor cada vez más intensas golpean con mayor fuerza a las regiones más pobres, donde la agricultura de subsistencia apenas resiste.
A ello se suman los shocks económicos, la inflación de precios de alimentos y fertilizantes, y los recortes en la ayuda internacional, que han dejado a agencias como el Programa Mundial de Alimentos con presupuestos históricamente bajos.
Las desigualdades estructurales completan el círculo vicioso. Mientras en los países de altos ingresos casi nadie carece de una dieta adecuada, en los de bajos ingresos hasta tres de cada cuatro personas no pueden permitírsela.
La producción mundial de alimentos es suficiente, pero el acceso está distorsionado por pobreza, mercados ineficientes, infraestructuras deficientes y una distribución injusta del poder y los recursos.
Paradojas a la mesa
Justo en este contexto, el secretario general de la ONU y el director general de la FAO han nombrado a Luke Lindberg, candidato propuesto por el presidente Donald Trump, como nuevo director ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos.
Luke Lindberg, propuesto por el presidente Donald Trump y nombrado por el secretario general de la ONU y el director general de la FAO como nuevo director ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos. Foto: tomada de agrolatam.com
El nombramiento coincide con un momento de máxima tensión entre las promesas globales y la realidad de cientos de millones de personas que seguirán sin comida suficiente.
Lindberg asume el cargo cuando el PMA enfrenta recortes de financiación y una demanda que no deja de crecer.
Y la designación de liderazgos promovidos por administraciones como la de Donald Trump -conocido por su retórica aislacionista y su escepticismo explícito hacia el multilateralismo y las agendas de redistribución social, entre otros males- para presidir instancias clave vinculadas al Programa Mundial de Alimentos, plantea interrogantes éticas y estratégicas.
Porque resulta un contrasentido evidente que la conducción de las herramientas globales dedicadas a mitigar las brechas del hambre quede bajo el paraguas de visiones políticas que, históricamente, han priorizado el individualismo, el sálvese quien pueda y la competitividad por encima de la cooperación internacional.
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Tal confluencia de metas inalcanzables y liderazgos contradictorios sitúa a la comunidad internacional ante una encrucijada inevitable: admitir con dolor y casi vergüenza que el año 2030 no marcará el fin de las privaciones básicas debe entenderse como el reconocimiento formal de que los mecanismos globales de respuesta han fallado. La FAO ha dicho en voz alta y clara lo que los datos ya mostraban, que el 2030 llegará casi al doblar la esquina, y el hambre seguirá en los estómagos, en la desesperanza.


