
Foto: Dietmar Koschmieder/jW
Se dice que la amistad y la solidaridad toman cuerpo cuando se comparte y se vive el dolor ajeno, o cuando en el momento preciso se hace causa de vida al lado de lo justo.
Granma, en su historia como medio, ha tenido el abrazo de muchos amigos de tantas partes, que la verdad de Cuba se multiplica como se multiplicarían los abrazos, aún en las más diversas lenguas, dentro y fuera de las paredes de una misma redacción.
Hay quien en su andar deja marca ruidosa que todos ven pasar… hay otros que hacen huella profunda en aparente silencio, pero que el sentimiento y la dicha de compartir nuestra suerte, lo llevan más allá de la cotidianidad, lo cargan en el corazón. Ulrich está, así en presente, entre esos últimos.
Casi los mismos años en que Granma Internacional me acogió como parte de su tropa, tuve la dicha de compartirlos con los alemanes, como con cariño, puertas adentro del yate, todos les llamamos.
Aunque cruzando con empuje constante la barrera del idioma, como tantos otros hicieron y hacen en las páginas de nuestro semanario, una pareja en la vida y en el trabajo continuaban el camino de sus predecesores y seguían haciendo de la defensa de Cuba razón de sus vidas.
Ulrich y Renata amaban a esta Isla irredenta mucho antes de venir a formar parte de Granma Internacional. Su labor, no se limitaba solo a nuestras páginas; la solidaridad, desde años tan difíciles y retadores como 1994, había sido el comienzo de una hoja de ruta junto a la Revolución Cubana, desde el otro lado del mundo.
Callado, jovial, el muchacho que nació en Kempen llegaba a La Habana, a admirar también su música, su cultura que tanto disfrutaba, a sufrir con el calor intenso, y a vestir con orgullo casi criollo su guayabera blanca como el más fino de los trajes.
El reto de la vida lo puso a prueba más de una vez, pero a pocas horas de que en toda Cuba se celebrara el Día de la Cultura Nacional, no pudo seguir dando la batalla ante una enfermedad que le quebró el cuerpo, pero nunca la voluntad.
Días después, el compañero de ideales y de luchas nos volvía a convocar con su valor de hombre bueno, pues había decidido, y así lo cumplió Renata con su incondicionalidad de siempre, que se quedaría junto a nosotros, en el mar profundo y hermoso del malecón habanero.
Al amor y a la lucha común no le detienen ni barreras idiomáticas ni distancias geográficas. El muchacho de Kempen se quedaría, hasta siempre, en las páginas de Granma, en La Habana, en Cuba.


