Asistir a una función de María Elena Llorente era tener la certeza de que sería una buena función. En ella estaban garantizados el rigor técnico, la precisión estilística y una elegancia sin excesos que la distinguieron como una de las grandes intérpretes del Ballet Nacional de Cuba (BNC).

Formada por Alicia y Fernando Alonso, perteneció a la generación que, durante los años sesenta, contribuyó a consolidar una manera cubana de entender y bailar el ballet. Junto a las llamadas cuatro joyas, a Marta García y otras figuras excepcionales, Llorente fue parte de aquel grupo mítico que puso al BNC en la élite de la danza universal.
Su repertorio abarcó algunos de los grandes personajes del ballet clásico también incluyó importantes obras de coreógrafos cubanos que ampliaron el horizonte artístico de la compañía.
De Alberto Méndez interpretó Tarde en la siesta y, de modo particularmente memorable, El río y el bosque, en el que asumió el personaje de Ochún. Su interpretación fue reconocida por la intensidad y la fuerza expresiva con que encarnó aquella figura, al tiempo que conservaba el dominio técnico que caracterizaba su baile.
Esa fue una de sus grandes virtudes: no fragmentar la línea danzada, sino otorgar a cada gesto sentido, impulso y necesidad dentro de la obra. A la intérprete se sumaron después la coreógrafa, la ensayadora y, sobre todo, la maestra, cuya experiencia escénica encontró continuidad en los salones de ensayo y en la formación de nuevas generaciones.
El Premio Nacional de Danza, recibido en el 2015, reconoció una trayectoria extraordinaria sobre la escena, y una forma de asumir la danza como compromiso.
Llorente permaneció vinculada al BNC en años difíciles, cuando muchas figuras de la compañía emprendieron otros caminos, y contribuyó a la formación de bailarines, al montaje de obras y a la consolidación de un repertorio. Su legado no está únicamente en las funciones que protagonizó. Está en quienes aprendieron de ella y en una concepción del ballet fundada en el rigor, la disciplina y la inteligencia del movimiento. Lejos de los reflectores, María Elena Llorente hizo una obra grande.
