
Foto: Tomada de Jit
¿Quién puede remediar la suerte del arbitraje? En el beisbol parece como si los encargados de cantar las bolas o los strikes y decretar los outs o los quietos carecieran del derecho a la simpatía y al afecto…, cuando más, a un poco de respeto.
Sin embargo, existió un juez del terreno merecedor del mismo culto brindado a los más grandes peloteros: Roberto Amado Maestri Menéndez, tan querido como su segundo nombre y tan magistral como su primer apellido.
Un total de nueve décadas atrás, el 17 de octubre de 1936, debutó en la Liga Profesional y aplicó el librito en la victoria de los Tigres de Marianao sobre los Alacranes de Almendares por 2-1. Ese día comenzó a consagrar su leyenda al máximo nivel.
Nacido el 8 de diciembre de 1909, tras una carrera en la receptoría abandonada de forma precoz, probó en la función de umpire por la sugerencia de un amigo y asumió el trabajo de las rechiflas y la indiferencia en un torneo juvenil de la Unión Atlética Amateur.
En ninguna Guía Oficial aparecen estadísticas de los árbitros para realizar comparaciones y, eventualmente, elegir a los mejores, pero él estampó una huella inmarcesible en sus contemporáneos y en la crónica de su época.
Así lo recuerda José Antonio Fulgueiras en su libro Los hombres de negro, tan peculiar como imprescindible: «Dicen los expertos que venció porque conocía las reglas del beisbol, las estudiaba, oía los consejos de los más experimentados, y también porque amaba el beisbol y lo defendía a coraje limpio.
«Sabía llamarle la atención a un jugador, a tiempo y en debida forma (…) No obstante, cuando un pelotero inconforme con su decisión le retaba: “¡Te espero afuera para ver si sigues siendo tan hombre como dices!”, lo esperaba, pero sin la vestimenta de ampaya, pues aclaraba que “ya no era el umpire, sino el hombre que aceptaba el reto”».
Antes de mandar a las duchas a un protagonista intentaba ayudarlo a comprender la importancia de corregir su actitud para proteger el espectáculo. Sin embargo, en una ocasión llegó a echar del diamante al dueño del Club México y presidente de la Liga de ese país, Jorge Pasquel, quien lo contrató para la temporada de 1946.
Tras una decisión contraria a su equipo, sumada a una expulsión de su receptor y director, Pasquel bajó del palco presidencial a la grama para amenazar al principal del encuentro: «Si tienes vergüenza, lárgate del campo ahora mismo».
Maestri le respondió: «Yo me iré del campo y de México al terminarse el juego, pero quien tiene que largarse en este momento, sin perder un segundo, eres tú», reseña el libro citado.
Luego de esquivar una tentativa de apuñalamiento ejecutada por un ayudante del empresario, gracias a la intervención de otro juez de la Isla, Raúl Atán, finalizaron el desafío y Amado rompió su vinculación al certamen el día siguiente.
Existió una constante en su vida: estuvo del lado de la justicia, más allá del espacio delimitado entre las dos líneas de foul. En 1935 sufrió prisión por su labor como dirigente sindical del sector eléctrico en la huelga contra Fulgencio Batista. En la etapa final de la guerra de liberación volvió a la cárcel varios meses, en el Castillo del Príncipe, debido a su implicación conspirativa frente a la tiranía.
Quedó grabada para siempre su actitud el 23 de noviembre de 1952 y el 4 de diciembre de 1955, cuando defendió de la policía represiva a líderes de la Federación Estudiantil Universitaria, quienes divulgaron su mensaje de lucha en partidos celebrados en el actual Estadio Latinoamericano.
El 14 de enero de 1962 dirigió detrás del plato el choque inaugural de las Series Nacionales. ¿Quién más podía recibir ese premio? Lo acompañaron Rafael de la Paz, Francisco Fernández Cortón y Enrique Roger García en esa jornada imborrable.
El gran maestro falleció el 22 de septiembre de 1963, a los 53 años, cuando le quedaban muchas jugadas para cantar y lecciones de entereza para brindar. En una profesión que, inevitablemente, favorece a unos y perjudica a otros, él supo lograr lo más difícil: merecer la devoción de todos.


