El abogado bayamés Carlos Manuel de Céspedes tiene para aquel 10 de octubre de 1868, 49 años. Es un hombre maduro, porta un título universitario alcanzado en España, ha viajado por otras naciones de Europa, es figura bien conocida de la sociedad bayamesa, manzanillera y oriental en general, posee prestigio profesional (tiene su bufete) y es propietario de esclavos y de un ingenio modesto, La Damajagua, próximo a Manzanillo.
Es también un criollo mal visto por las autoridades coloniales, se le considera un desafecto, ha sufrido condenas de extrañamiento temporal en Palma Soriano y en Baracoa, y hasta de reclusión a bordo de un navío en Santiago de Cuba.
Es además un masón activo, por su personalidad y oratoria tiene natural ascendencia sobre quienes le rodean y en cuanto a conspirador, está entre los primeros, que lideran reuniones, fijan propósitos nada ambiguos acerca de la necesidad de la independencia y creen firmemente que a la altura de los primeros días de octubre de 1868 ha llegado el momento de la insurrección. Las naciones de la América Latina son repúblicas independientes, también los Estados Unidos, y ni reformistas, ni abolicionistas, ni anexionistas, representantes de corrientes políticas existentes en la Isla pero en el fondo conservadoras de sus fortunas y posesiones, deciden adoptar una posición radical, la de la independencia. Aclárese que no es Céspedes el único resuelto a ello, que pertenece a un grupo dispuesto al alzamiento, al sacrificio de sus bienes y de sus vidas y que sin más dilaciones establece fechas de ruptura con la metrópoli.
Sin embargo, el tiempo apremia y cualquier movimiento que no proceda de inmediato puede ser abortado repentinamente, frustrándose empeños y perdiéndose vidas. El espionaje español funciona y su maquinaria represiva es feroz.
“Aquel 10 de octubre de 1868, Carlos Manuel de Céspedes se erige como un adelantado, como el más audaz de todos los patriotas involucrados en un alzamiento”.
Aquel 10 de octubre de 1868, Carlos Manuel de Céspedes se erige como un adelantado, como el más audaz de todos los patriotas involucrados en un alzamiento. Es la suya una audacia sustentada en un meditado programa de acción, sin margen a la improvisación ni el descuido.
El historiador Ramiro Guerra señalaba muchos años atrás diversos elementos que hacen del grito independentista de Céspedes un hecho trascendental, heroico y, repetimos, audaz. Tiene lugar en un ingenio modesto (no de los más importantes), tierra adentro en el muy vasto Departamento Oriental, lo cual dificulta la adherencia y comunicación con otros grupos potencialmente insurgentes. Y Céspedes, por demás, es un revolucionario radical. Él habla, él proclama no solo la independencia, sino la libertad e igualdad para todos los hombres, y declara libres a sus esclavos. La temeridad y convicción en Céspedes son las de quien asume el riesgo personal en primera línea y sin titubeos arremete militarmente -con un puñado de seguidores- contra el poderío español. El hombre que ha sido un aristócrata, es quien organiza una fuerza creciente a la cual se incorporan cubanos blancos, mulatos y negros como combatientes de a pie y de caballería, y revela un acierto extraordinario en la elección de los grados de mando, no solo distribuidos entre aquellos que lo secundan, sino que igualmente se apoya en la disposición de varios dominicanos con previa experiencia bélica establecidos en la región (los hermanos Marcano, Modesto Díaz y por supuesto Máximo Gómez, entre otros).

Por su interés testimonial reproducimos el retrato físico que de él ofrece el periodista irlandés James O’Kelly, quien lo entrevista en la manigua:
“Aunque el presidente Céspedes es un hombre de corta estatura, posee una constitución de hierro. Nervioso por temperamento, permanece siempre en una posición recta. Los rasgos de su fisonomía son pequeños, aunque regulares. De frente alta y bien formada, y ojos entre grises y pardos, aunque brillantes y llenos de penetración, refleja en su cara oval las huellas dejadas por el tiempo y los cuidados”.
La visión, el arrojo personal, el ímpetu (admirado por Martí), la firmeza e inteligencia política, el vigor físico e intelectual, la autoridad moral (que otros pueden censurarle en algún momento), son rasgos del carácter que vistos a la distancia de más de siglo y medio, permiten aseverar que nadie como Carlos Manuel de Céspedes reunía tantos merecimientos probados por la historia, para merecer la conducción de la naciente revolución independentista. Quizá todo ello se resuma en una cualidad decisiva: su capacidad insuperable para el liderazgo.
Otros ejemplos de excepcionalidad ciudadana ofrece Céspedes en el transcurso de los años siguientes. Como trascienden la fecha conmemorativa del 10 de octubre solo los citaremos de paso. Uno de ellos, muy singular, tiene lugar en mayo de 1870, cuando las tropas españolas toman prisionero a su hijo Oscar y a cambio de la vida de este proponen al padre que desista de su quehacer libertador. Entonces el prócer responde: “Oscar no es mi único hijo, yo soy el padre de todos los cubanos que han muerto por la revolución”, y Oscar es finalmente fusilado.
“(…) Carlos Manuel de Céspedes reunía tantos merecimientos probados por la historia, para merecer la conducción de la naciente revolución independentista. (…)”.
Momento grande es su final. La Cámara de Representantes lo ha destituido de su cargo de Presidente de la República en Armas y él acata. Escribe pues, un manifiesto al pueblo y al ejército en que expresa: “Como antes, como ahora y como siempre, estoy consagrado a la causa de la libertad e independencia de Cuba. Prestaré con todo corazón mi débil apoyo a cualquier gobierno legítimo en esa misma línea”.
Él solo enfrenta a la cuadrilla enemiga que el 27 de febrero de 1873 lo acorrala en San Lorenzo, Sierra Maestra, donde se ha retirado después de la destitución, y revólver en mano muere antes que ser apresado.
Honor muy grande el de los cubanos, quienes tenemos en Carlos Manuel de Céspedes al Padre de la Patria.
