El Cinematógrafo: De amantes causales y desidias cotidianas
Tras un intento de suicidio fallido, Leonard Kraditor (Joaquin Phoenix) regresa asu rutina, la misma que lo ha llevado a intentar quitarse la vida y estar bajo medicación. Vive aún con sus padres y arrastra fantasmas de una relación que no llegó a buen puerto; sin embargo, sus días pegan un giro cuando conoce a dos mujeres totalmente opuestas: Sandra (Vinnessa Shaw), la hija de un compañero de negocios de su padre, y Michelle (Gwyneth Paltrow), una nueva vecina.
Two lovers, o Dos amantes, es el cuarto largometraje del director norteamericano James Gray. Contrario a su registro hasta el momento, cargado de tramas violentas sobre mafia y policías, trae a la gran pantalla una historia de amor bastante peculiar, tomando como material clave la novela Noches blancas, de Fiódor Dostoievski, para una adaptación contemporánea con muchas libertades.

Nuestro protagonista, en esa recta cercana a los 30 años, donde las personas trazan futuros profesionales y familiares, trabaja y vive del negocio de su padre. Con una afición sana por la fotografía y ciertas habilidades para el baile, Leonard no posee ningún talento extraordinario que lo catapulte en la sociedad. Algo similar ocurre con sus dos intereses, miserables a su propia manera.
Michelle, interpretada por la siempre carismática y diferencial Paltrow, posee todos los síntomas de la inestabilidad. Avergonzada de su trabajo como asistenta legal, depende emocional y económicamente de un hombre casado y disfruta los restos de su juventud entre fiestas y drogas. Sandra, la contraparte tranquila y “sana”, es vista a todas luces como la opción correcta; pero desde su fachada de amor tranquilo se esconde alguien común e inseguro, lo que la hace aburrida e insulsa en el plano romántico.
Entre los tantos artificios solemnes y vistosos de los que puede valerse el cine—música alta, actuaciones histriónicas, planos generales costosos—, lo que distingue a Two lovers de cualquier drama es su manera cruda de contarse, sobre un relato donde no existe grandilocuencia alguna. Todo elemento aquí reside en un pequeño espacio de voces bajas y poca emoción, desde la escenografía de interiores hasta las interpretaciones comedidas. Esta costumbre del director, que es su mayor talento y punto diferencial en este filme, retrata al ser humano con una sinceridad poco usual en el séptimo arte.

Coexistiendo en la misma época de realizadores históricos como Nolan,Thomas Anderson y Tarantino; James Gray no ha alcanzado un reconocimiento justo en cuanto a premiaciones y fama. No obstante, su recorrido por distintos géneros desde perspectivas bastante originales es prueba más que suficiente de calidad. Su talento, traducido en una carrera que no se aleja de explosiones, ciencia ficción y amor, deja un sello más que admirable para una era donde consumimos más productos que filmes autorales.
Joaquin Phoenix, intérprete reconocido por su explosividad en papeles como los de Joker o Gladiator, entrega una de las actuaciones más notables de toda su filmografía. Sin gritos ni estridencias, nos hace sufrir a través de gestos, palabras y, obviamente, sus ojos, porque no hay nada más cinematográfico que la mirada.
Otra prueba de originalidad son las escenas sexuales, punto siempre incómodo y altamente innecesario desde que se hacen películas. Además de acoplarse al tono introvertido, reflejan con breve erotismo las naturalezas y miserias de sus protagonistas, dejando claro que, bien comunicada, la sexualidad puede ser una proeza narrativa de altura.

Dentro de la inevitable premisa de triángulo amoroso, razón por la cual podríamos tomarla por otro melodrama de domingo a las dos de la tarde, tiene lugar una narración sincera donde las subtramas románticas se convierten en una excusa. No debemos esperar personajes al borde de la muerte, con grandes dicotomías morales o lemas políticos: solo gente común que ha tomado malas decisiones y vive en un limbo donde los extremos no son necesarios para el sufrimiento, pues no existe peor pena que un día tras otro en la infelicidad.
Leonard no escoge entre dos mujeres, sino entre dos formas distintas de habitar el mundo. La tragedia silenciosa de Two lovers, como en la vida misma, nos recuerda que el amor viene con un precio a pagar, con sacrificios de por medio. Y entonces, aunque duela reconocerlo, la decisión ya no es del corazón, sino de las circunstancias, que hacen de sentimientos con una fuerza mayor. Como en el propio final del filme, trágico y esperanzador a la vez, terminamos abrazando la estabilidad y un futuro cómodo, pues el riesgo es doloroso y, con el paso del tiempo, inasumible.
(Por Máximo Enrique Badía Yumar)


