El cielo se ha nublado sobre ‘la revolución’ – DIARIO DE CUBA
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El cielo se ha nublado sobre ‘la revolución’ – DIARIO DE CUBA

Vista de La Habana desde una ventana.

Vista de La Habana desde una ventana.

Jorge Enrique Rodríguez.
Diario de Cuba

Lunes 13 de julio de 2026

El régimen cubano pende de un hilo; mientras, el constante aumento de los precios rompe cualquier plan de contingencia del salario obrero. De esto, y de otros temas menos intrincados, hablábamos mientras un operativo policial se desplegaba contra los choferes de triciclos eléctricos, único medio de transporte público en La Habana.

Con los precios de los porteadores particulares, conocidos como boteros, puedes reservar un pasaje de avión. La exageración, típica del cubano, no distrae a la docena de observadores que ya íbamos con retraso hacia nuestros respectivos destinos. Nuestra atención, casi un acto de repudio visual, se enfoca sobre los enclenques policías.

«Ya no se fabrican policías como los de antes, como los fabricaba Batista».

Entre las carcajadas, por el choteo y la ocurrencia, también nos recordamos que somos el testimonio que ya no necesita intermediarios para replantearse y tomar el mando de la narrativa del país. Un pueblo que ya no quiere ser rehén, ni puede volver a la casilla anterior. Que quiere retornar a los hilos de la decencia y de la honradez.

Todo indica que los policías del operativo, contra los choferes de triciclos eléctricos, no se han percatado de que, desde hace un tiempito, el cielo se ha nublado sobre «la revolución».

Martes 14 de julio de 2026

Como es verano, los andancios campean a sus anchas. Aunque en la televisión nadie se pronuncia al respecto, en la calle la gente recomienda e intercambia todo tipo de precauciones, incluso entre desconocidos, como si fuese el acabose. Hervir el agua supera, por mucho, a cualquier otra prioridad que pueda prevenir el brote de dolencias estomacales.

Hervir el agua o cocinar se convierte en un sino para aquellas familias que dependen de balitas de gas o de hornillas eléctricas. El carbón es escaso, caro y lento para la cocción. Aunque en realidad no hay inventiva que deje tiempo para otras prioridades. El riesgo de contraer un andancio es poca cosa ante la urgencia de cocinar para una familia promedio.

Todo indica que el andancio va en serio, aunque en la televisión se insista en el silencio.

Hemos desandado La Habana con la idea de esquivar el calor tras un par de cocteles. En todos los bares, estatales y no estatales, la respuesta a nuestro antojo fue la misma: no tenemos hielo. De momento estaba prohibido. Ninguno de estos negocios tiene tiempo para hervir agua y su posterior congelación. Así que optan por suprimir de la carta toda oferta que implique hielo.

Nunca antes, según el resumen de mis propios recuerdos, había dedicado tantos minutos a la premura de hervir agua, ni a la extrañeza de vivir una vida sin hielo.

Miércoles 15 de julio de 2026

Un inversor de energía o planta eléctrica en Cuba conlleva, también, ese pensamiento sobrecogedor de estar o sentirse por encima de los estándares de adquisición de tus conciudadanos. De tus vecinos cercanos, particularmente.

Una planta eléctrica marca todas las diferencias. Propicia esa calidad de vida que el régimen jamás te pudo garantizar; mucho menos ahora, cuando los propios apagones se han transfigurado en la metáfora de su inexorable final. Pero también las distingue el ruido que produce su funcionamiento. Un ruido, el de las plantas, ya común en las noches habaneras. Un ruido que suscita la inquina, que echa por tierra décadas de buena vibra y vecindad.

Nadie podría suponer que, al adquirir una planta eléctrica, estaría condicionando además una bronca vecinal. El documento de garantía que acredita a una planta eléctrica no advierte nada al respecto. No puntualiza el prospecto adjunto que dos familias vecinas pueden denunciarse mutuamente, estación policial mediante, por ruido, usurpación de zonas comunes, amenazas verbales y agresión física.

Tampoco yo, en años luz, podría haber pronosticado que la invitación a una taza de café, un cortadito, terminaría implicándome como testigo de una bronca campal. No supe a quienes culpar por la refriega; tampoco es la primera vez que haya escuchado sobre querellas a causa del uso de una planta eléctrica.

¿Se avecinan normativas para restringir los horarios de uso de las plantas, o el régimen prohibirá su tenencia, teniendo en cuenta su tendencia a tirar el sofá por la ventana?

Solo supe que mi cortadito se quedó a medias.

Jueves 16 de julio de 2026

Las vecinas me miran con lástima mientras repiqueteo mi cazuela. Tras casi cuarentaiocho horas consecutivas de apagón me sumo a ese idioma, o común denominador, que une a las barriadas habaneras. Todavía no logran entender, mis vecinas, cuáles motivaciones me hicieron regresar de Europa. A veces, confieso, me asalta la misma duda que a ellas.

Antes, en la tarde, había intentado cargar mi ecoflow con un colega que trabaja en el área de mantenimiento de un policlínico. Entró en pánico por dos motivos: mi condición de periodista independiente y opositor, y porque el ecoflow no lo podía disimular o esconder como a los celulares. Le dije que pagaría el triple de su tarifa. En vano.

Frente a la puerta de la consulta de oftalmología del policlínico, dos madres intercambiaban opiniones respecto a los rumores que circulan sobre la merienda escolar del próximo curso. Ni siquiera estamos en agosto y el tema del curso escolar ya ocupa un lugar cimero en las interminables preocupaciones de la familia cubana.

Según los rumores, dicha merienda consistirá en «una lata de refresco».

No me extrañaría, en lo absoluto, si algo así ocurriera.

Comunicarme con la amiga más cercana, para cargar el ecoflow, es una odisea. Enviar un sms o aventurar una llamada, ETECSA mediante, es más complicado que comprender los enunciados del dadaísmo o el nihilismo. Mi amiga gozaba, hasta hace par de semanas, el privilegio de vivir cerca de dos hospitales. Ya no, ahora anda por un circuito con nombre de nave espacial: Pz10.

Viernes 17 de julio de 2026 

Me he perdido, literalmente, el mundial de futbol. El panorama cubano, entre la incertidumbre de cuándo ocurrirá el «día D» y la tozudez de un régimen negado a su desvanecimiento, no está para celebraciones de índole alguna. Sin embargo, los magnos eventos deportivos, se dice, establecen los termómetros de felicidad de cada nación. El deporte es una industria; un negocio lucrativo como todos los negocios, en definitiva.

Robertico «El Flecha» me pregunta —Robertico me pregunta de todo porque cree que yo tengo todas las respuestas— por qué GAESA no le prestó par de milloncitos al INDER para comprar a la FIFA los derechos de transmisión del mundial. Ningún cubano sabía, nos incluimos Robertico y yo, que la FIFA donó diez millones de euros al régimen cubano para el remozamiento del estadio Pedro Marrero.

Eventos deportivos de relevancia como la Ligas de Diamante en atletismo o los Grand Slam en judo, que luego enriquecen la calidad atlética de olimpiadas y mundiales, no se transmiten en la televisión. Robertico lo reafirma con la misma tristeza que embarga a todos los habaneros que escucho comentar sobre el mundial de futbol.

Los apagones, que actualmente duran días, y el andrajo económico que marca el sino del régimen, que ya ni siquiera puede permitirse usar un termómetro para calibrar la felicidad del pueblo, impidieron mi invicta racha de no perderme un solo partido de futbol, en copas mundiales, desde México en 1986.

Salgo. Intento un control y un pase aéreo con el balón desinflado de los jimagüitas de la cuadra. En vano.        

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Fidel Marabú

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