El Cangrejo rompe el tabú de los presos políticos en Cuba – CiberCuba
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El Cangrejo rompe el tabú de los presos políticos en Cuba

​​​​​​​Durante décadas, el régimen negó su existencia y castigó a quienes denunciaban sus encarcelamientos. Ahora el nieto de Raúl Castro habla de liberarlos “bajo las condiciones adecuadas”, como si la libertad de cientos de cubanos fuera patrimonio negociable de la familia gobernante.

Raúl Guillermo Rodríguez Castro y Raúl Castro © Cubadebate
Raúl Guillermo Rodríguez Castro y Raúl Castro Foto © Cubadebate

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Raúl Guillermo Rodríguez Castro no dijo exactamente que en Cuba haya presos políticos.

El nieto de Raúl Castro, conocido como ‘El Cangrejo’, eligió una fórmula más cautelosa y, por eso mismo, más reveladora: el régimen estaría dispuesto, “bajo las condiciones adecuadas”, a liberar a personas “consideradas presos políticos”.

El rodeo pretende conservar una distancia mínima respecto a la realidad. Los presos serían políticos únicamente para quienes los “consideran” así, no para el Estado totalitario que los condenó.

Pero la segunda parte de la frase destruye esa precaución: si el gobierno puede liberarlos como resultado de una negociación política, resulta muy difícil seguir sosteniendo que su encarcelamiento carece de naturaleza política.

La declaración de ‘El Cangrejo’ no supone una conversión democrática ni un reconocimiento de las injusticias cometidas. Es algo distinto: una grieta en una de las negaciones más persistentes del discurso oficial cubano.

Apenas tres meses antes, Miguel Díaz-Canel había declarado ante la televisión estadounidense que en Cuba no había presos políticos. Los encarcelados, según la versión habitual del régimen, eran personas condenadas por vandalismo, violencia o delitos comunes.

Ahora aparece un coronel del ministerio del Interior, cuidador de su nonagenario abuelo, sin oficio ni beneficio, y sin cargo representativo alguno, dispuesto a discutir las condiciones para liberar a quienes oficialmente no existen.

Negar, reclasificar, negociar

La manipulación de la categoría de preso político es casi tan antigua como el propio régimen.

El dictador Fidel Castro construyó buena parte de su retórica sobre una sustitución deliberada: los opositores encarcelados no eran presos políticos, sino “contrarrevolucionarios”, “mercenarios”, agentes enemigos o personas sancionadas por delitos contra la seguridad del Estado.

Al cambiarles el nombre, el poder pretendía borrar también la motivación de sus condenas.

Sin embargo, Castro no fue coherente ni siquiera con esa negación. En noviembre de 1978, durante un proceso de excarcelaciones y diálogo con la administración de Jimmy Carter, declaró que los 3.600 prisioneros que serían liberados representaban alrededor del 80% de los presos políticos existentes entonces en Cuba. La mayoría, añadió, estaban clasificados por el régimen como “contrarrevolucionarios”.

La contradicción muestra que el castrismo nunca ha tenido un problema real para identificar a sus presos políticos. Su problema ha sido admitir públicamente que los encarcela por razones políticas.

Cuando la categoría implica responsabilidad, desaparece. Cuando los presos pueden ser excarcelados para obtener una ventaja diplomática, mejorar la imagen internacional o facilitar una negociación, reaparece.

Organizaciones de derechos humanos como Human Rights Watch (HRW) denunciaban ya a finales de los años noventa que las autoridades cubanas recurrían a juegos de palabras para afirmar que el país no tenía presos políticos, aunque sus leyes castigaban la oposición abierta y las cárceles albergaban disidentes condenados por ejercer derechos fundamentales.

“Dame la lista”

Raúl Castro llevó esa puesta en escena a uno de sus momentos más recordados durante la visita de Barack Obama a La Habana, en marzo de 2016.

El periodista Jim Acosta le preguntó en una conferencia de prensa conjunta por qué Cuba no liberaba a sus presos políticos. Raúl respondió en tono desafiante: “Dame ahora mismo la lista de los presos políticos y los libero inmediatamente”.

Después insistió: que le dieran los nombres y, si estaban presos, quedarían libres antes de terminar la noche.

La fanfarronada pretendía producir la impresión de que no existía nadie a quien liberar. Convertía al periodista en responsable de demostrar lo que el propio Estado conocía perfectamente: los nombres de las personas que había detenido, procesado, condenado y encerrado.

Raúl no estaba solicitando información. Estaba representando ignorancia y perplejidad ante la osada ocurrencia de preguntar por los presos políticos.

Las listas existían. Las habían publicado organizaciones cubanas e internacionales, familiares y grupos de derechos humanos. Pero el general exigía una lista como quien reclama una prueba imposible, protegido por un sistema que monopoliza los tribunales, las cárceles y la información sobre los reclusos.

Diez años después, su nieto modifica la retórica familiar. Ya no pregunta con sorna dónde están esos presos. Habla de las condiciones para liberarlos.

Una verdad perseguida desde abajo

Lo llamativo no es que ‘El Cangrejo’ haya revelado algo desconocido.

Generaciones de cubanos han denunciado la existencia de presos políticos. Lo han hecho familiares ante las puertas de las cárceles, opositores, periodistas independientes, organizaciones de derechos humanos, expresos, artistas, religiosos y ciudadanos sin militancia alguna. Miles han exigido la revisión de los procesos, la anulación de las condenas o una amnistía.

Madelyn Sardiñas Padrón fue detenida en Camagüey en 2023 por escribir en Facebook que en Cuba había presos políticos. Su caso resume una paradoja esencial: la misma verdad que impulsa la denuncia de una ciudadana frente a una estación policial permite ahora a un Castro presentarse como negociador internacional.

Para los cubanos sin poder, nombrar a los presos políticos ha significado vigilancia, interrogatorios, pérdida del empleo, actos de repudio, cárcel o exilio. Para un integrante de la familia gobernante, admitirlos indirectamente puede convertirse en una demostración de pragmatismo.

En Cuba, la verdad no depende únicamente de los hechos. Depende también del apellido de quien la pronuncia.

¿Cuáles son las “condiciones adecuadas”?

La parte más grave de las palabras de ‘El Cangrejo’ no está en “personas consideradas presos políticos”. Está en las “condiciones adecuadas”.

¿Adecuadas para quién? ¿Para los presos y sus familias? ¿Para que se anulen las condenas arbitrarias? ¿Para que terminen la vigilancia, el hostigamiento y las amenazas de reingreso en prisión? ¿Para que quienes fueron desterrados puedan regresar?

¿O adecuadas para que la cúpula obtenga combustible, alivio de sanciones, inversiones, reconocimiento internacional o garantías de supervivencia?

‘El Cangrejo’ no habló de revisar los procesos judiciales, investigar torturas, reparar a las víctimas o devolver derechos. Habló de liberar personas si se dan determinadas condiciones

No reconoció que la libertad les pertenece. Insinuó que el poder puede devolvérsela si recibe algo a cambio.

Esa formulación convierte a los presos en capital negociador. Dejan de ser oficialmente inexistentes para convertirse en posibles piezas de una transacción.

Una narrativa que empieza a descomponerse

La frase de ‘El Cangrejo’ debe leerse dentro de la crisis más amplia del discurso oficial.

Durante décadas, el régimen pudo sostener simultáneamente que en Cuba no había hambre, desempleo, racismo, emigración política ni presos de conciencia. La propaganda no necesitaba parecer verdadera: bastaba con que ninguna voz pudiera contradecirla públicamente sin pagar un precio.

Ese monopolio se ha debilitado.

La crisis económica, los apagones, la emigración masiva, el acceso a las redes sociales y la creciente desconfianza ciudadana han ensanchado la distancia entre la realidad y el relato. El poder continúa reprimiendo, pero ya no logra controlar con la misma eficacia el significado de lo que sucede.

De esa descomposición surgen extraños afloramientos. El gobernante designado por Raúl Castro niega los presos políticos en abril y su nieto preferido habla en julio de las condiciones para liberarlos.

El discurso no se abre porque el régimen haya abrazado la verdad, sino porque sus diferentes necesidades empiezan a producir contradicciones imposibles de ocultar.

‘El Cangrejo’ necesita mostrarse flexible ante Washington sin cuestionar el artefacto que pretende heredar, llamado «revolución». Para hacerlo, admite parcialmente una realidad que el régimen sigue negando. Su frase no representa una ruptura con el sistema, sino el esfuerzo por salvarlo mediante un lenguaje menos rígido y más negociador.

Pero una vez pronunciada, la admisión no puede retirarse del todo.

Fidel llamó contrarrevolucionarios a los presos cuando necesitaba criminalizarlos y presos políticos cuando necesitaba excarcelarlos. Raúl exigió una lista para fingir que no existían. ‘El Cangrejo’ ya no se atreve a repetir aquella negación con la misma seguridad: ofrece liberarlos cuando aparezcan las “condiciones adecuadas”.

El tabú se ha roto, aunque sea de manera oblicua.

Y detrás del rodeo aparece la verdad que tantos cubanos han pagado con vigilancia, cárcel y destierro: en Cuba hay presos políticos.

No necesitan condiciones adecuadas para ser liberados. Necesitan que termine la injusticia que los llevó a prisión.

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Iván León

Iván León

Licenciado en periodismo. Máster en Diplomacia y RR.II. por la Escuela Diplomática de Madrid. Máster en RR.II. e Integración Europea por la UAB.






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Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.



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