Ya desde sus años al frente de la burocracia holguinera se sabía que Miguel Díaz-Canel era un dirigente fallido. Los campesinos tuvieron luces largas cuando lo bautizaron como Díaz-Condón, porque impedía que la leche entrara en la ciudad. También resultó premonitoria la compañía teatral El Portazo, que, tras su designación como presidente, le dedicó en Matanzas la canción infantil El ratoncito Miguel. Uno de sus versos parece escrito para resumir estos años de continuidad: “La cosa está… que horripila y mete miedo de verdad”. Ahora han llovido los memes por el refrito que hizo el mandatario de una frase que, evidentemente, ni siquiera entendió. En una entrevista con el medio ruso RT, el subdictador quiso citar a Eduardo Galeano, quien a su vez reproducía una reflexión del cineasta argentino Fernando Birri. Pero la versión canelista destrozó por completo el sentido de la utopía, como si el horizonte echara a correr despavorido ante la aberración que pretendía alcanzarlo. El disparate provocó burlas porque llegó en el peor momento posible. Lo pronunció el hombre que lleva ocho años al frente de un país donde prácticamente todo ha retrocedido de manera apabullante. Su Gobierno no necesita avanzar dos pasos para que la utopía se aleje diez. Le basta con anunciar una “medida económica”. Con 134.354 fallecimientos, el 2025 fue el segundo año con más muertes desde que hay registros, solo por detrás de 2021, el año del covid Díaz-Canel heredó una dictadura que ya era distópica. Le entregaron un sistema arruinado, es cierto, pero él ha demostrado un talento extraordinario para empeorar cada ruina recibida. Bajo su mandato se aplicó la Tarea Ordenamiento, presentada como la gran solución a las “distorsiones” acumuladas durante décadas. El resultado fue la pulverización de salarios y pensiones, una inflación galopante, la devaluación del peso y la consolidación de una economía de castas, donde unos compran en divisas y otros se limitan a mirar las vitrinas. El año más duro de la pandemia, pese a toda la propaganda desplegada alrededor de los candidatos vacunales, dejó la mayor cifra de muertes de la serie oficial cubana publicada desde 1970. Pero la muerte no se retiró con el coronavirus. En 2025 volvió a cebarse con los cubanos, aunque casi nadie en el discurso oficial quiera hablar de ello. Con 134.354 fallecimientos, fue el segundo año con más muertes de esa serie, solo por detrás de 2021, el año del covid. La continuidad no ha conseguido multiplicar los panes y los peces, pero sí los cadáveres. La mayor proeza de la llamada “resistencia creativa” ha sido apagar el país. El sistema eléctrico nacional ha colapsado tantas veces que ya parece incorporarse únicamente para tomar impulso y volver a caer. El turismo empezó a hundirse incluso antes de las nuevas sanciones de la Administración de Trump. Y las empresas extranjeras no se marchan solo por temor a Washington, sino también porque están hartas de lidiar con un Estado que no paga sus deudas, que congela fondos y que cambia las reglas con la misma facilidad con que sus burócratas cambian de guayabera. El régimen ya no promete alcanzar nada. Solo pide caminar hacia atrás, como cangrejos; resistir y esperar la nada, como zombis Pero Díaz-Canel no será recordado únicamente por sus fracasos económicos. Cuando el 11 de julio de 2021 miles de cubanos salieron a exigir libertad, comida y electricidad, no reaccionó como un presidente, sino como el jefe de una pandilla. Pronunció entonces su frase más auténtica: “La orden de combate está dada”. Después llegaron los golpes, las detenciones, los juicios ejemplarizantes, las condenas desmesuradas y los destierros. Aquel día quedó claro para qué servía. Raúl Castro no lo colocó en el cargo por audaz, sino por obediente. Necesitaba a alguien dispuesto a destruir un país entero antes que poner en peligro a la casta. Díaz-Canel es el fusible civil de una maquinaria militar, el rostro prescindible de un poder que utiliza apellidos sin historia para proteger los apellidos importantes. Por eso lo de la utopía no fue solo otro limonazo intelectual. Fue una confesión. El régimen ya no promete alcanzar nada. Solo pide caminar hacia atrás, como cangrejos; resistir y esperar la nada, como zombis. No ofrece fechas, resultados ni rumbo. Su única meta consiste en prolongar la obediencia y la resignación. Birri habló de la utopía como un horizonte que obliga a caminar. Galeano convirtió aquella respuesta en una de sus citas más difundidas. Díaz-Canel la transformó en la coartada burocrática del retroceso. Para él, la utopía sirve para que el pueblo deambule sin preguntar quién se quedó con sus zapatos. ¿Y para qué sirve la distopía? Para gobernar sin resultados. Para justificar cada fracaso con el fracaso anterior. Para llamar esperanza a la resignación, resistencia a la miseria y continuidad al hundimiento. Para espantar horizontes. Y, sobre todo, para que un hombre incapaz de repetir correctamente una simple cita pueda seguir presentándose como presidente de un país que nunca lo eligió.

