La agresión multidimensional contra Cuba ha sido recrudecida como nunca antes desde enero de 2026 hasta la fecha por el imperio más poderoso que ha presenciado la humanidad a lo largo de la historia. De ello da fe la dura realidad cotidiana del pueblo sometido a grandes penurias.
Con el secuestro de Nicolás Maduro Moros, presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, por tropas élites del ejército de los Estados Unidos, el gobierno de la nación norteña se envalentonó con saña en sus aspiraciones de ver caer al sistema socialista de La Habana por una implosión social violenta o una catástrofe humanitaria, inclusive amenazas de agresión armada.
Para lograr sus objetivos genocidas y de dominación, desde Washington han disparado a una de las principales líneas de flotación que mantienen en funcionamiento a las sociedades modernas: la importación de petróleo y sus derivados, de los cuales la mayor de las Antillas dependía en gran medida de sus acuerdos de colaboración con Venezuela.
Primero el bloqueo a los tanqueros que salían desde las costas de la nación sudamericana y luego las órdenes ejecutivas presidenciales yanquis que impiden la llegada de esos buques a puertos cubanos bajo el riesgo de aranceles a los países implicados, ponen al gobierno cubano en una posición de complejidad extrema, limitándole de ejecutar las funciones más básicas en los frentes económicos y sociales.
De las ocho embarcaciones mensuales de combustibles que demanda la nación antillana para su normal funcionamiento de enero a la fecha solo uno de bandera rusa logró sortear el cerco petrolero decretado por la administración de Donald Trump, que en la práctica constituye un acto de guerra.
No por costumbre, la diplomacia de Cuba mantiene incesante su denuncia en escenarios multilaterales de la aberración jurídica que emplea la jurisdicción de EE.UU. como ámbito de aplicación mundial, con bases de coerción en el poderío militar, económico, comercial y financiero que aún ostenta este hegemón en decadencia.
Son medidas coercitivas unilaterales que violan la Carta de las Naciones Unidas, un cerco al más puro estilo medieval que pretende ver realizado el nefasto memorando de Lester D. Mallory para rendir por hambre, enfermedad y miseria a una población que no renuncia a su soberanía.
Pero en el caso cubano, como sucede en Palestina ocupada, Líbano, Yemen o Irán, son excepcionales los gobiernos que ofrecen una respuesta firme y digna ante agresiones y chantajes. La mayoría mira hacia otro lado por miedo o indiferencia ante un destino que no comparten, con todo que mañana pueden ser ellos los sometidos a semejante castigo colectivo.
La realidad geopolítica se impone y también el pragmatismo pesa demasiado a la hora de cruzar los océanos con apoyo material a la pequeña isla del Caribe en abierta confrontación con el imperio, que define a este hemisferio como zona de influencia avalado por la Doctrina Monroe y el corolario Trump (Donroe).
De seguro seguirán viniendo apoyos puntuales, pero más allá de ello, como revela la historia patria desde la etapa colonial, se trata de una lucha en la que dependemos fundamentalmente de la unidad y la convicción del pueblo para vencer las dificultades, por insalvables que ellas parezcan.
Para ello poseemos la brújula política y moral del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz que nos llamó a “emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; (y) desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional (…)”.
Resultan enormes los desafíos, y entre ellos la batalla económica resultará decisiva, mediada por un acoso imperial sin precedentes, y es por ello la necesidad impostergable de darle un vuelco al entramado productivo doméstico haciendo uso de mecanismos de mercado, que deben ser bien controlados para no desvirtuarse de los objetivos propuestos.
El propio General de Ejército Raúl Castro Ruz, previo a la discusión del programa de transformaciones por los diputados de la Asamblea Nacional del Poder Popular, llamó la atención sobre el tema.
Alertó que tan o más importante que su aprobación es su implementación de forma adecuada y oportuna, con prioridades bien definidas, y la participación consciente del pueblo, lo que exige actuar con los pies y los oídos pegados a la tierra para tener en cuenta las opiniones y preocupaciones de la población.
Y es que en materia económica, a causa del criminal cerco norteño e insuficiencias propias, transitamos por el filo de una navaja, una cuerda floja sin red de seguridad, en que cualquier error en la implementación puede conducir a mediano o largo plazo a consecuencias no deseadas en el proyecto de justicia social a causa de variables de corte capitalista insertadas en el sistema social y económico.
Cambios, sí, pero sin perder soberanía ni ceder ante presiones externas, la Historia ponderará en su justa medida a este valeroso pueblo, heredero de aquella legendaria obstinación española en defensa de la libertad de las ciudades de Sagunto y Numancia ante el asedio imperial.
Inteligencia, trabajo y control popular resultarán estratégicos para superar esta difícil hora por la que atraviesa la nación cubana contra el bloqueo más prolongado y cruel de la contemporaneidad. (Fuente: ACN)