Cuba, ante la transición: una ruta para no perder la libertad
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Por Jorge L. León

La transición cubana no puede improvisarse el día que termine el régimen. Debe comenzar a pensarse desde ahora, porque la caída de un sistema político no garantiza, por sí sola, el nacimiento de una democracia.
Mientras CiberCuba, a través de los espacios conducidos por Tania Costa, promueve el debate sobre los posibles caminos de una transición en Cuba, considero necesario aportar otra perspectiva: ordenar los grandes desafíos del proceso y señalar los principios que deberían orientar las decisiones. No basta con imaginar el final de una dictadura; hay que preparar las condiciones para que el país pueda vivir sin ella.
La historia ofrece advertencias suficientes. Los cambios políticos pueden abrir las puertas de la libertad, pero también permitir la supervivencia de las antiguas élites, producir nuevos autoritarismos o desembocar en crisis institucionales. Cuba necesita aprender de esas experiencias sin copiar mecánicamente ningún modelo.
1. Primero, evitar el vacío de poder
Las primeras decisiones deberán garantizar la continuidad de los servicios esenciales, la seguridad ciudadana, el suministro de alimentos y medicamentos, el funcionamiento de los hospitales, la electricidad y las comunicaciones. Un gobierno provisional tendrá que disponer de autoridad efectiva, pero también de límites claros, responsabilidades definidas y un mandato temporal. La emergencia no puede convertirse en excusa para perpetuar un poder sin control.
2. Después, restablecer el Estado de Derecho
Ninguna transición será auténtica si conserva el monopolio político, la subordinación de los tribunales o la persecución de quienes piensan diferente. Se necesitarán garantías para las libertades de expresión, asociación, reunión y prensa; independencia judicial y una autoridad electoral imparcial. La legalidad no puede depender de la voluntad de un gobernante, sino de normas públicas aplicables a todos.
3. Preparar elecciones verdaderamente libres
No se trata de convocar elecciones con rapidez para exhibir una apariencia democrática. Antes deben existir pluralismo político, partidos legales, libertad de campaña, medios independientes, garantías para los candidatos y observación electoral. El objetivo será que los cubanos puedan elegir entre alternativas reales y que ningún partido, institución armada o grupo económico pueda apropiarse del Estado.
4. Transformar los instrumentos de la represión
Las Fuerzas Armadas, la policía y los organismos de seguridad deberán quedar subordinados a la autoridad civil y sujetos a la ley. No sería sensato desmantelar precipitadamente toda estructura de seguridad, pero tampoco permitir que los mecanismos represivos del régimen sobrevivan intactos bajo nuevos nombres. La profesionalidad, la rendición de cuentas y la neutralidad política serán indispensables.
5. Hacer justicia sin convertirla en venganza
Las violaciones de derechos humanos, las persecuciones políticas y los abusos de poder deben investigarse. Las víctimas merecen verdad, reconocimiento y reparación; los responsables, cuando corresponda, deberán responder individualmente ante tribunales independientes. Ni la amnistía indiscriminada ni la represalia colectiva ofrecen una solución moralmente aceptable. La reconciliación solo puede construirse sobre la verdad, la justicia y las garantías procesales.
6. Recuperar la economía sin sacrificar a los más vulnerables
La reconstrucción exigirá restablecer la producción, controlar la inflación, recuperar la moneda y el sistema financiero, atraer inversiones y abrir espacios al emprendimiento privado. También habrá que examinar las confiscaciones, las reclamaciones patrimoniales y el control militar de sectores económicos. Las restituciones o compensaciones deberán resolverse mediante procedimientos transparentes, sin nuevas arbitrariedades. Ninguna reforma será sostenible si sus costos recaen exclusivamente sobre quienes menos tienen.
7. Reconstruir la sociedad, la educación y la memoria histórica
Décadas de control ideológico han debilitado la confianza ciudadana y la autonomía de numerosas instituciones. Recuperarlas requerirá libertad académica, sindicatos independientes, asociaciones civiles, universidades plurales y medios sin censura estatal. La enseñanza de la historia deberá apoyarse en documentos, fuentes contrastables y debate crítico. No se trata de sustituir una propaganda por otra, sino de devolver a los ciudadanos el derecho a conocer, investigar y juzgar el pasado.
8. Incorporar al exilio sin establecer nuevos privilegios
Los cubanos residentes fuera de la isla poseen conocimientos, recursos y experiencias que pueden contribuir a la reconstrucción nacional. Deben existir vías para el retorno voluntario, el reconocimiento profesional, la inversión y la participación cívica. Pero la nueva Cuba no podrá dividirse entre quienes se quedaron y quienes emigraron, ni entre antiguos privilegiados y nuevos beneficiarios. La igualdad ante la ley debe ser el principio común.
9. Establecer un calendario verificable
La transición necesita etapas, objetivos públicos y mecanismos de supervisión. Las libertades fundamentales y la atención de la emergencia social deben abordarse desde el comienzo; las reformas constitucionales, judiciales y económicas requerirán preparación y debate. La autoridad provisional deberá rendir cuentas y transferir el poder conforme a un calendario razonable, sin perpetuarse alegando que el país todavía no está preparado para la democracia.
10. Garantizar que el cambio sea irreversible
La verdadera medida del éxito no será quién ocupe la presidencia ni qué partido gane las primeras elecciones. Será la existencia de instituciones capaces de impedir que cualquier dirigente vuelva a concentrar todos los poderes. La separación de poderes, los controles constitucionales, la alternancia política y la protección de las minorías deben quedar asentados en reglas que ningún gobernante pueda modificar a su conveniencia.
Una conclusión que no admite improvisaciones
Cuba no necesita cambiar un hombre por otro, una consigna por otra o una élite por otra. Necesita reconstruir la República sobre fundamentos que permitan al ciudadano dejar de ser súbdito y convertirse en titular de derechos.
No sabemos cuándo comenzará una transición ni qué circunstancias la harán posible. Sí podemos prepararnos intelectualmente para sus desafíos. La experiencia histórica enseña que las buenas intenciones no sustituyen las instituciones, que la estabilidad sin libertad puede prolongar la opresión y que la justicia sin garantías puede degenerar en revancha.
La tarea será difícil. Habrá intereses enfrentados, urgencias sociales, heridas abiertas y decisiones impopulares. Precisamente por eso se necesita una ruta que permita distinguir las prioridades de las improvisaciones y los principios de las conveniencias.
La transición no habrá triunfado cuando desaparezcan los símbolos del viejo régimen, sino cuando ningún poder pueda volver a situarse por encima de la ley y ningún cubano tenga que renunciar a su libertad para vivir en su país.
Esa debería ser la brújula de una Cuba democrática: libertad con responsabilidad, justicia sin venganza, reconciliación sin impunidad y República sin dueños.
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