
Cada 20 de octubre, al conmemorar la fecha en que el pueblo cubano hizo suya “La Bayamesa” como himno de libertad, los cubanos regresamos inevitablemente a preguntarnos sobre nuestra propia esencia: ¿quiénes somos y de dónde venimos? La respuesta no se agota en actas notariales, censos coloniales ni proclamas. Para descifrar la trama íntima que nos constituye, la ciencia contemporánea ofrece un interlocutor singular e imparcial: nuestro ADN.
Más allá de una quasi interminable sucesión de nucléotidos o una abstracción de letras que se descifran en sofisticados laboratorios a la que suele denominársele “código de la vida”, el genoma humano funciona como un testigo peculiar, un verdadero archivo histórico y social. En su secuencia se conservan, con fidelidad asombrosa, huellas de las grandes migraciones humanas, alianzas, encuentros culturales y también marcas indelebles de la dominación, la violencia y los afectos. Al dialogar con el ADN de las actuales generaciones de cubanos y cubanas, entablamos una conversación rigurosa con la memoria viva de la nación.
La abuela amerindia visibilizada por el ADN

Durante siglos, la historiografía tradicional repitió de manera categórica que la población aborigen de Cuba había sido exterminada en su totalidad durante las primeras décadas de la conquista. Sin embargo, recientes estudios genómicos han venido a desmontar radicalmente ese mito.
Nuestras investigaciones a nivel de país —publicadas en revistas científicas internacionales como PLOS Genetics y Scientific Reports— demuestran que, si bien el aporte amerindio promedio en el genoma de los cubanos, se sitúa en un 8%, la mayor sorpresa aguardaba en el análisis de los linajes maternos (un sello único y distintivo que hijas e hijos recibimos únicamente desde nuestras madres), transmitidos a través del ADN mitocondrial.
Como promedio nacional, un 35% de la población cubana —más de uno de cada tres cubanos— conserva un linaje materno que remonta, poco más de 500 años atrás, a una mujer aborigen que habitó esta isla antes o durante el contacto hispano. Más aún, investigaciones de campo recientes, realizadas en el contexto del proyecto Cuba Indígena Hoy: sus rostros y ADN en comunidades del extremo oriental como Yateras, Caridad de los Indios y La Ranchería, revelan que la proporción de ancestría aborigen global alcanza allí cerca del 20%, y la herencia materna amerindia se eleva hasta un asombroso 86%.
Familias históricas como los Rojas y los Ramírez, en las montañas más orientales de Cuba, no solo han preservado esta huella en sus genes, son también depositarias de una continuidad cultural que sobrevivió en el léxico cotidiano, las terapias naturales con plantas medicinales, la arquitectura campesina del bohío y la relación armónica con el entorno natural.
El encuentro de muchas Áfricas que ocurrió en Cuba
Al examinar la contribución africana, se incurre con frecuencia en el error de conceptualizar a África como una entidad monolítica, negra. La huella africana en el genoma nos recuerda que Cuba fue punto de convergencia trágico y resiliente de múltiples culturas y pueblos africanos.
A través de las corrientes del tráfico trasatlántico arribaron a la Isla hombres y mujeres procedentes de regiones cultural y genéticamente heterogéneas: comunidades Yoruba, Fon, Carabalí, Mandinga, Arará, Herero, Kimbundu, Ovimbundu, Esan y Nzebi, entre las más significativas. En el acervo genético cubano actual, un 39% de los linajes maternos proviene de este continente, mientras que la contribución africana al genoma autosómico promedio es del 20%, más elevado en las provincias orientales.
Cuba funcionó como un espacio donde esas diversas Áfricas no solo se encontraron con Europa y América, sino que se reinterpretaron entre sí, tejiendo estructuras solidarias, saberes, sistemas religiosos, formas musicales que hoy constituyen pilares fundamentales de la identidad cubana.
La España diversa: látigo, trabajo, amor
Por su magnitud, la ancestría de origen europeo representa el componente étnico mayoritario en el genoma cubano. Como promedio, el 70% del ADN de cubanos y cubanas es de origen europeo, principalmente de España. Pero esta aportación dista mucho de ser un bloque homogéneo, blanco. Interpretarlo de ese modo implicaría obviar la complejidad de la migración europea, su diversidad étnica, cultural y social.
La presencia española se articuló en oleadas migratorias diferenciadas a lo largo de cinco siglos. Los andaluces marcaron el poblamiento temprano y la norma lingüística; los canarios se asentaron en las zonas rurales para convertirse en los artífices fundamentales de la cultura del tabaco y la fisonomía del campesino cubano; mientras que gallegos, asturianos, castellanos y catalanes protagonizaron las masivas corrientes migratorias de finales del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX.
La idea del español colonizador ha primado en la representación de los peninsulares que llegaron a la Isla. Sin embargo, la inmensa mayoría de estos inmigrantes no vinieron como conquistadores opulentos ni altos funcionarios de la Corona. Eran jóvenes, campesinos, familias humildes que cruzaban el Atlántico huyendo de la pobreza o de la leva militar de las guerras coloniales. Venían a buscar oportunidades, a trabajar con sus manos jornadas extenuantes en el surco agrícola, en los puertos o en el comercio urbano. Otros fueron reclutados como soldados a luchar una guerra para arcas ajenas. Resultó incluso que en esa travesía vital muchos se aplatanaron. Aquí encontraron arraigo, familia y un amor definitivo que los fundió para siempre con esta tierra, como nos cuenta Barnet en su emblemática novela Gallego o nos canta Liuba en versos a su abuelo asturiano, quien puso raíz en el puerto trayéndose aquella luna con la que robó el sueño a su abuela cubana.
El ajiaco completo: Árabes, judíos y asiáticos en la cazuela criolla
El sabio cubano Don Fernando Ortiz sintetizó tempranamente la cubanidad con la célebre metáfora del ajiaco: ese cocido de composición variada, en constante ebullición, donde los ingredientes se deshacen y combinan, dando de sus sustancias al caldo hasta lograr un sabor nuevo, criollo. La genética molecular contemporánea confirma la exactitud de esa intuición sociológica.
El ajiaco siguió bullendo. A la matriz aborigen, africana y española se sumaron en el tiempo otros componentes de relevancia. A mediados del siglo XIX, la llegada de más de 150 000 culíes contratados procedentes de China oriental dejó una huella perceptible tanto en la genealogía como en la cultura. A finales del XIX e inicios del XX, un nuevo pulso migratorio procedente del caribe francófono y anglófono, principalmente de origen ancestral africano, dio origen a comunidades de braceros venidos para las zafras azucareras, o de plantaciones para la producción de café en las montañas de Oriente, y aquí se mezclaron y añadieron tonos peculiares y perceptibles al ajiaco que somos.
Del mismo modo, las corrientes migratorias de comunidades árabes (principalmente libanesas, sirias y palestinas) y de judíos ashkenazíes y sefardíes, aportaron sus saberes y culturas, que matizaron el patrimonio genómico y la mezcla que es el pueblo cubano.
Relaciones de poder y el amparo de la madre: La asimetría de nuestro origen
Si el ADN testimonia la riqueza del mestizaje, también conserva la impronta indeleble de las jerarquías coloniales y las relaciones de dominación. Al analizar la herencia transmitida por el cromosoma Y —que se hereda exclusivamente de padre a hijo varón— los resultados revelan que el 81.8% de los linajes paternos en Cuba son de origen europeo, frente a solo un 19% africano y un 1% amerindio.
Esa profunda asimetría entre linajes paternos (81.8% europeos) y linajes maternos (74% no europeos: 39% africanos y 35% amerindios) refleja de forma directa el sesgo demográfico y de poder de la colonización. La inmigración peninsular fue abrumadoramente masculina, y el ejercicio del poder colonial se tradujo en el acceso desigual sobre los cuerpos de las mujeres indígenas en las encomiendas y de las mujeres africanas en los barracones de las plantaciones azucareras.
Sin embargo, reducir a estas mujeres al papel de víctimas pasivas sería despojar de sentido su enorme legado. Habría que preguntarse su papel en la construcción de lo que somos como nación, en una sociedad donde la madre ha sido históricamente el pilar afectivo, moral y organizativo de la familia —en especial en los sectores más populares—. Cuánto de la forma de ser de los cubanos, de los valores de solidaridad, familiaridad, resiliencia, es un legado de esas abuelas aborígenes y africanas que amamantaron y cobijaron tempranamente la cubanidad.
El ADN y la ilusión de la raza
Desde el punto de vista médico y biológico, uno de los aportes más trascendentales de la genética poblacional cubana es la demolición científica del concepto de ‘raza’. Los datos son incontestables: el 100% de las personas estudiadas presenta una ancestría mixta. No existe en Cuba un solo individuo genéticamente ‘puro’.
En nuestras investigaciones sobre la arquitectura genética de la pigmentación de la piel, hemos documentado la presencia de 105 tonos de piel de los 110 registrados en la escala espectrofotométrica mundial. La pigmentación es una adaptación evolutiva a la radiación ultravioleta regulada por un grupo reducido de genes, los cuales representan una fracción insignificante del genoma total.
Hemos verificado clínicamente que personas con piel sumamente clara o cabellos rubios poseen proporciones de ancestría africana o amerindia en sus genes, incluso superiores a otras personas de tez menos clara. El color de la piel es una característica epidérmica visible, pero resulta totalmente incapaz de predecir la complejidad del mapa genómico interno de un individuo.
La mezcla encontrada en el genoma cubano demuestra así lo que Fernando Ortiz sentenció desde la antropología en El engaño de las razas: “…las razas humanas no existen biológicamente; son construcciones sociales e ideológicas empleadas históricamente para justificar la desigualdad”. En Cuba, la ciencia confirma la sabiduría popular: todos somos el resultado irreversible y orgulloso de un abrazo de pueblos.
Así, cuando cada 20 de octubre vuelvan a escucharse las notas de “La Bayamesa”, recordemos que las entona un coro antiguo y plural. En cada cubano dialogan la abuela amerindia que se negó a desaparecer, la madre africana que convirtió el dolor en resistencia y los inmigrantes que hicieron de esta tierra su hogar. El ADN rescata sus huellas y nos devuelve una memoria de pueblos entrelazados en sangre y cultura.
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