Cuando el Estado controla el pan, controla la conciencia
El caso cubano demuestra que la democracia comienza mucho antes de las elecciones: empieza cuando el ciudadano puede vivir sin depender del poder político
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Por Jorge L. León

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“Sin libertad económica no existe libertad política”. La frase pertenece a Milton Friedman y, aunque fue formulada como una reflexión económica, contiene una profunda verdad política: un ciudadano que depende completamente del Estado para sobrevivir difícilmente puede ejercer una libertad plena frente al poder.
La libertad económica no significa solamente tener dinero o hacer negocios. Significa que una persona pueda trabajar, crear, producir, emprender y disponer del resultado de su esfuerzo sin que una autoridad política determine hasta dónde puede llegar. Esa independencia económica crea ciudadanos más fuertes, capaces de expresar sus opiniones, defender sus derechos y participar en la vida pública sin temor a perder su sustento.
Por el contrario, cuando el Estado concentra el control de la economía, termina extendiendo ese poder sobre la sociedad. Quien decide dónde se trabaja, qué se produce, qué se vende, qué se importa y quién puede prosperar, posee también una herramienta para condicionar la conducta de los ciudadanos.
La historia de Cuba durante más de seis décadas ofrece un ejemplo evidente de esa relación entre economía y política. El modelo establecido después de 1959 convirtió al Estado en el principal empleador, propietario y regulador de casi todos los espacios económicos. La iniciativa privada fue reducida durante décadas a su mínima expresión y millones de cubanos quedaron vinculados a un sistema donde el acceso al trabajo, los ingresos y las oportunidades dependía de decisiones tomadas desde el poder político.
En esas circunstancias, la dependencia económica dejó de ser únicamente un problema material y se transformó en un mecanismo de control social. Un ciudadano que teme perder su empleo, cerrar su negocio o quedar excluido de determinadas oportunidades puede sentirse limitado para expresar libremente sus críticas o exigir cambios.
No es casual que las sociedades donde existe mayor libertad económica tiendan también a desarrollar instituciones más independientes, mayor protección de la propiedad privada y espacios más amplios para la participación ciudadana. La autonomía económica fortalece al individuo; la dependencia fortalece al poder que administra los recursos.
El caso cubano demuestra una realidad difícil de ignorar: cuando el Estado controla la economía, también adquiere una enorme capacidad para influir sobre la vida política de la nación. La escasez, la burocracia y la dependencia no son solamente consecuencias económicas; pueden convertirse en instrumentos que reducen la capacidad del ciudadano para actuar con verdadera autonomía.
La democracia no comienza únicamente cuando una persona deposita un voto en una urna. Comienza mucho antes: cuando puede trabajar libremente, crear un proyecto de vida, defender sus ideas y sostener a su familia sin pedir permiso al poder.
La libertad política necesita ciudadanos independientes. Y la independencia ciudadana comienza con una condición básica: que cada persona pueda vivir del fruto de su propio esfuerzo.
Cuba confirma, una vez más, la advertencia de Milton Friedman: sin libertad económica, la libertad política queda incompleta.
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